
sábado, 12 de diciembre de 2009
jueves, 19 de noviembre de 2009
Derecho a la pereza
Noctámbulo y bohemio empedernido, el poeta Jacques Prevert nunca iba a la cama antes de las cuatro de la madrugada ni se levantaba hasta bien pasado el mediodía. Cierta tarde presenció un accidente de tráfico y tomaron sus datos para que hiciera de testigo. Recibió la nota del juzgado que lo citaba para una semana más tarde, a las 9 de la mañana; le advirtieron que de no hacerlo estaría quebrantando la Ley. El día señalado se despegó de las sábanas a las ocho, de muy mal humor. Salió a la calle a las ocho y media y lo deslumbró la luz solar. Experimentó un gran asombro al ver a tanta gente andando por la calle. “Nunca habría imaginado que en París pudiera haber tantos testigos”, exclamó.EL PERIÓDICO (Barcelona) 28/4/2000.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Apoyo escolar para los chicos de la Parroquia Madre del Pueblo, en la Villa 1.11.14, Viernes de 17 a 19 hs.
Apoyo escolar para los chicos de la Parroquia Madre del Pueblo, en la Villa 1.11.14, Viernes de 17 a 19 hs.¡Sumate al apoyo escolar!
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martes, 10 de noviembre de 2009
domingo, 8 de noviembre de 2009
lunes, 2 de noviembre de 2009
Pedagogía del oprimido
domingo, 1 de noviembre de 2009
Caja de recuerdos
Aunque no quiero, aunque me escapo,
Todo me lo pide; el cuerpo y el corazón.
Una obligada parada en la estación de los recuerdos,
Una voz, una mirada, una foto que no se va,
Llamas que nunca se van a apagar.
Respiro una bocanada de su perfume otra vez,
La mirada de mi perro me enseña a donde ir,
Mientras, otros dicen que el show debe continuar.
Me refugio en donde creo existir:
El alcohol, el faso, las putas, la luna,
Todas excusas vulgares para no sentir.
En el cajón de los recuerdos,
Entre cenizas te vas a hacer canción,
No hay olvido si hay amor,
No hay venenos que no vengan del corazón.
Una forma de no sentir la realidad,
Aunque la ponzoña siempre te alcanza a besar,
Son los restos de unos labios sin mar.
Lágrimas acumuladas que se vuelven vapor,
El sabio tiempo nada lo cura, todo lo omite,
Algunos callan, otros ríen para la ocasión.
Tus sonrisas bajo historias de antaño,
Los libros, el café, la birra después,
Siempre quedamos con esa sensación de no sé qué…
Quizás haya una nueva forma de pensar,
De interpretar la vida sin excusas,
¿O acaso pretendemos la inmortalidad?
En el cajón de los recuerdos,
Entre cenizas te vas a hacer canción,
No hay olvido si hay amor,
No hay venenos que no vengan del corazón.
miércoles, 28 de octubre de 2009
La noble igualdad
martes, 20 de octubre de 2009
La Liga siempre llama tres veces
Por Enrique Vila MatasEl fútbol puede hacer más soportable el tedio de lo humano, quizás porque sabe poner en práctica sobre los rectángulos de juego las estrategias tácticas más entretenidas. Tal vez por eso aún resulta más difícil comprender que hoy en día interese más lo que sucede fuera de los terrenos de juego que dentro. Interesa más, por ejemplo, el filo del canalón del sonámbulo Laporta que la poderosa ciencia futbolística que despliega actualmente el Barça.
Y lo peor es que ni siquiera hemos tocado fondo en esa cháchara demencial futbolera, un parloteo que se extiende en todas las direcciones y se persona cada día con mayor insolencia tanto en carcajeantes informativos como en las retransmisiones de partidos de fútbol por televisión. No hay forma (en TVE-1, con Zubizarreta de comentarista, son la excepción) de que nos digan con una cierta sobriedad qué sucede sobre el rectángulo de juego, qué jugadores intervienen en aquel momento o, como mínimo, tal como todavía es posible en la BBC, nos dejen oír el sonido ambiente, la ilusión abstemia de estar en el campo. Hablan todo el rato de estadísticas, de goles marcados en el siglo pasado, de la programación tan cutre de su canal, del asiento de la Bernarda, hablan de todo salvo de la jugada. Y así no es extraño comprobar, partido a partido, cómo un equipo trenza una jugada interesante y se acerca a la portería contraria y los espumosos locutores siguen perorando sobre el fracaso olímpico de Madrid, hablando de cualquier cosa menos del partido, de modo que cuando llega el gol les pilla en pleno éxtasis de copa y puro y pasan a mostrar su estupor ante las extrañas consecuencias de una jugada que simplemente no han visto y que parecen pedirnos que les expliquemos.
"Ser líder a falta de 32 jornadas es una ventaja inútil", respondió Guardiola un día antes de jugar contra el Almería y ante la posibilidad de que el Madrid, al enfrentarse al Sevilla, pudiera mostrar sus puntos débiles. Apenas fue escuchado porque todo el mundo andaba en ese momento preocupándose del vértigo profesional de Laporta. El Almería se presentó con una estrategia más antigua que el cerrojo que practicara en los años cincuenta la Real Sociedad, precursor del catenaccio. Lo sorprendente fue que no cesó de recibir elogios la táctica de Hugo Sánchez. Sin embargo, vi el partido en un canal de la televisión colombiana y allí, como eran neutrales, no cesaban de advertir que el Almería no jugaba al fútbol.
En cualquier caso, fue interesante ver cómo el entrenador barcelonista contrarrestaba sobre la marcha el obsesivo cerrojo rival. Para lo bueno y para lo malo, destacó Pedro-Pedrito-Pedro, el nuevo invento de Guardiola. "El Almería nos ha tomado la medida, pero Pep hizo una lectura adecuada del partido", declaró Laporta. Y observé que, una vez más, nadie le preguntaba, por ejemplo, si admira verdaderamente a Guardiola o, en el fondo, más bien le da dentera y desearía su perdición porque lo detesta.
Los jugadores que Guardiola descubre, llegan en el Sevilla de la mano del sagaz Monchi. Los Busquets y Pedro del Sevilla se llaman este año Konko, Zokora y Perotti. Son la cantera -en este caso, extranjera- que se saca cada año de la manga el intuitivo manager sevillano. Gracias a Monchi quizás aún nos podamos divertir en este Liga. El Madrid no se molestó este año en completar su plantilla y olvidó fichar un central y un defensa izquierdo. Aunque todo el mundo lo vio en la pretemporada, se pensó que Cristiano Ronaldo, Benzema y Kaká lo arreglarían todo. Pero Kaká, por ejemplo, se arruga en los frentes más bélicos. Y a Benzema le estorba Raúl. Con todo, como ya dijo Guardiola, ser líder a estas alturas de la Liga es pura anécdota. Nos divertiremos. Parecía todo destinado para la monótona carrera de los dos grandes, pero con un poco de suerte Konko y Zokora animarán el baile y una vez más volverá a producirse ese discreto fenómeno que se repite año tras año y que en tantas ocasiones casi nos pasa inadvertido: en algún momento de su recorrido, la Liga siempre llama tres veces.
miércoles, 14 de octubre de 2009
Cosas que a la gente no le interesan
lunes, 14 de septiembre de 2009
Sorpresas
La medianoche se aproximaba con severa inmensidad. La luna cubría una mínima parte del oscuro paisaje violáceo del cielo, pero con su luminosidad alumbraba las calles de todo ese barrio decaído. Hacía largo tiempo que no éramos tantos: diez, conté exactamente con los dedos de mis manos. Y todos hombres.
Santiago salió humedecido de una reciente ducha. Estaba radiante, espléndido, recién afeitado, perfumado. Abrió la puerta con inseguridad, entre una risa tímida y una mueca desconfiada. Cuando lo saludé, le palmeé la nuca, y pude comprobar que tenía el cabello suave como nunca. También parecía haberse pintado los labios, por lo que todos nos burlábamos de él.
Podíamos esperar cualquier cosa de Santiago: una noche, pasado de alcohol y otras sustancias, repartió besos en la boca de todos los integrantes del grupo de amigos, sin distinguir edad, color ni, principalmente, sexo. En otra salida, más precisamente en una reunión entre amigos y amigas del secundario, surgió un tópico sobre “los hombres más lindos de la división”. Como era de esperarse, sólo las chicas del curso discutían sobre los pocos privilegiados que se destacaban en medio de esa superficial conversación. Nosotros, ajenos a la situación (pero sin perder de vista ningún comentario), escuchábamos un tanto más lejos, mientras saboreábamos dos grandes de mozzarella con jamón y morrones. Inesperadamente, Santiago se paró de su lugar, levantó la mano y, otra vez con algunas copas encima, afirmó con voz suave y aguda: “Para mí, lejos, el más fachero es Hernán”. No lo dijo con pretensiones amorosas ni mucho menos, pero quedó marcada como una de las ocurrencias más salientes (y reveladoras, por qué no) del grupo de amigos.
Ingresamos a la casa de Santiago entre golpes, gritos desaforados y chistes malísimos. Alguna que otra adolescente tocada de culo, también. Abrimos las cervezas que traíamos con nosotros y empezamos a beber algunos tragos para calmar la ansiedad. Debíamos esperar por la llegada de algunos amigos más, para luego partir hacia el boliche.
El boliche que esperaba por nosotros nos resultaba desconocido. Algunos habíamos ido en pocas y circunstanciales ocasiones, pero la mayoría no recordaba qué ni cómo era ese lugar, seguramente acosados por la continuada ingesta de alcohol que habían sufrido nuestro cuerpo y nuestro cerebro en aquellos días. Sin embargo, estábamos excitados por la información (de la que muchos desconfiábamos) que había llegado a nuestros oídos: hoy, sábado, noche de canilla libre.
Cuando ya éramos más de doce, decidimos huir de la casa de Santiago, atormentados por el humo de cigarrillo, la falta de alcohol (ya nos habíamos tomado todo), y una leve calentura corporal que en pocos minutos se transformaría en necesidad.
Fuimos a la parada del colectivo, otra vez entre gritos agudos y descargadores, incipientes peleas de barrio, chistes sexuales (de los que Santiago participaba con excelentes dramatizaciones) y tocadas de culo que se multiplicaban. No éramos un grupo de adolescentes homosexuales: preferíamos tocar nalgas duras y voluptuosas de mujeres increíbles, que seguramente aguardaban por nosotros en el desconocido boliche. Pero para eso deberíamos esperar.
Después de un viaje en colectivo que transitó entre guiños de ojos, tiradas de besos, más chistes sexuales y risas agotadoras, llegamos al boliche de la incertidumbre.
El lugar era imponente, casi medieval. Inmenso, ya que ocupaba más de media manzana. Un gran operativo se había montado en la entrada del boliche: dos patrulleros de policía estaban mal estacionados en la calle, algunos oficiales por ahí (trabajando o coimeando, quién sabe), musculosos patovicas vestidos completamente de negro, con ajustadas remeras que exageraban sus ya increíbles (e inalcanzables, para mí) músculos, handys por los que los encargados del boliche les indicaban quién ingresaba y quién no, pastillas de anabólicos que caían de sus bolsillos, y botas de gran suela que los elevaba hasta superar los dos metros. Sin embargo, tras esa fachada masculina, asomaban ciertos detalles que los delataban: alguno tenía un arito en la nariz, otro se excedía con la cantidad de gel con que se peinaba el cabello, y uno intentaba ocultar un indisimulable tatuaje de Miranda! que lucía en su hombro izquierdo, el cual quedaba al descubierto cada vez que el patovica flexionaba su brazo.
La noche prometía demasiado: yendo para la entrada del lugar ya nos habíamos cruzado con dos rubias de tremendos y redondos culos, pero que lamentablemente iban hacia otro boliche. Cuando me di vuelta una segunda vez para volver a admirar sus figuras, sentí un pellizcón, grité “¡ay!”, y descubrí quién era: Juncal me había tocado nuevamente la nalga derecha.
Seguíamos excitados, ahora más que nunca, al estar tan próximos a ese boliche que saciaría todas nuestras necesidades (naturales, sexuales, alcohólicas, fisiológicas también, drogadictas quizás).
Ya en la fila para ingresar, uno de los patovicas me miraba fulero. Como si yo le provocara algo: amor u odio, no podía descifrarlo. Pero, por conveniencia, prefería que sea amor. Así podría entrar al boliche, situación que en cada noche de salida era provocadora de nervios y angustias. Cuando llegó mi turno para el momento de la verdad, entre desconfianza e inseguridad, atiné a mirarlo y sonreí. Él, serio y con terrible cara de macho, habrá pensado que lo quise seducir:
- Documento – dijo con voz ronca.
Yo se lo entregué en mano, algo nervioso y dubitativo.
- Es viejo esto – aseguró él con desprecio.
- Si, es que el nuevo lo extravié – respondí con seguridad pero con tono entrecortado y vacilante. No quería volver a quedar afuera, no, otra vez no, en esta ocasión estaba sobrio, y tenía las zapatillas adecuadas. No había motivos para no pasar.
El tipo me llevaba una cabeza. La barba candado lo condenaba: era terrible garca, pensé. Observó el documento varias veces, miró la mayoría de sus páginas, examinó la foto con cara de asco, y afirmó:
- No podés pasar con esto.
Casi me largo a llorar. Mis amigos me observaban desde adentro: todos habían pasado sin problemas. Les hice una seña desde la calle, con rostro angustiado, un nudo en la garganta y los ojos lagrimosos. Ellos se acercaron. La inmensidad del patovica nos separaba. Les comenté la situación y uno de ellos se la jugó: Ezequiel, ex barman y conocedor de la noche como pocos, acercó su boca hasta uno de los oídos del represor patova y tiró un apellido: “Meta”, dijo entre susurros. El patovica cambió su cara; su barba candado parecía evaporarse. Una sensación de miedo invadió su ahora pálido rostro, sus afeitadas cejas se levantaron con sorpresa y, cambiando su grave tono de voz por uno mucho más agudo, casi de silbato, se excusó: “Perdón, perdón”, y me dejó pasar, dándome una palmada en la espalda. Yo lo observé con cara de odio, sin comprender demasiado. Él lo miró a Ezequiel, y completó entre risas nerviosas: “Mil disculpas… y no olvide mandarle un cordial saludo al señor Meta”.
Nosotros nos fuimos rápido del lugar donde estaban los patovicas (esos inescrupulosos dictadores de la actualidad, los represores del presente), entre puteadas y un leve enojo que se calmó después de que conseguimos las entradas que aseguraban nuestra dudosa información: “Noche de canilla libre”, decía con letra enorme en los tickets.
Entramos al lugar. El boliche estaba casi completo en su totalidad. Los pocos espacios libres que quedaban se encontraban vomitados o meados, por lo que la gente los esquivaba con dudosas e imprecisas gambetas.
Sin siquiera dudarlo, fuimos directamente a la barra, que encandilaba de tantas luces y colores extravagantes. Los muchachos que repartían tragos eran igual de machos que los patovicas: anabólicos por cada músculo de su cuerpo, aritos hasta en los lugares mas recónditos, más tatuajes de Miranda! o Aerosmith, pelitos parados y demás detalles.
En la barra tuve una interesante conversación con una chica y un chico californiano que esperaban por unos tragos, los que entendieron poco y nada de mi indígena inglés, pero parecían entretenidos. Sin embargo, decidí huir prontamente cuando noté que el muchacho me observaba con ojos cariñosos. Como si se tratara de una señal sobre lo que iba a ser esa noche.
Pedimos varias cervezas. Luego de beberlas, sacamos unos tragos que nos recomendó Ezequiel, conocedor de gustos alcohólicos si los hay. Al rato de ingerirlos, tomamos más cervezas, una ronda de tequila y finalizamos descorchando un champán que en pocos minutos se acabó.
Ya estábamos listos: un leve ardor sacudía nuestras gargantas, acosadas por la bebida y el cigarrillo, y nuestra conciencia iba dejando paso a los vagos efectos del alcohol.
Luego de satisfacer nuestras necesidades fisiológicas, salimos del baño abrazados, entre arengas y gritos ensordecedores (que asustaban a más de uno), aullidos y bramidos de lo más fenomenales, y en busca de una sola cosa: mujeres. Las imaginábamos, las deleitábamos antes de entrar al boliche. Ahora, pretendíamos degustarlas. Era hora de ir a arrasar, era hora de la cacería, de salir con la lanza a conquistar ninfas, pueblos, ciudades.
Nos dispersamos por la inmensidad del boliche en busca de nuestro objetivo. Generalmente, los efectos del alcohol hacían que la conquista se tornara más simple, mucho menos compleja. Sin preludios, yendo al grano directamente.
Después de un lapso continuado de recorrer el lugar sin buena fortuna, comenzamos a impacientarnos. ¿Dónde estaban las mujeres? Algunos decían que era temprano, otros atinaban a las estadísticas, argumentando que en Buenos Aires hay más hombres que mujeres (lo cual era falso), y muchos otros no se interesaban y continuaban en la búsqueda, ya no sólo de chicas, sino también de más tragos y bebidas.
Comencé a desconfiar. El paisaje era monótono, llano, insoportable: en la pista había hombres y más hombres que bailaban descontroladamente. Y más y más rostros masculinos se cruzaban en cada ida al baño, o en la misma barra, o en el sector VIP.
Me quedé apoyado sobre una baranda del piso de arriba, tomando una cerveza con Mariano y Julián, mientras hacíamos chistes para no angustiarnos, contemplando ese panorama barbudo y asexual para nosotros.
De pronto, saqué de mi bolsillo la entrada del boliche. La examiné, como buscando una explicación a semejante desilusión. Recorrí cada letra, cada número, cada color que había en ese ticket. En el papel predominaban los variados tonos del arcoiris. Y pude descubrir un tanto más abajo del precio, una mínima leyenda en claro color rosa: “GAY NIGHT”.
Claro, cómo no nos habíamos dado cuenta. Desde el piso de arriba comencé a observar todo el boliche: entre la pista, el sector VIP y otros rincones, habría más de dos mil personas. A ojo, saqué un discreto cálculo: mil quinientos hombres (en su mayoría, claramente homosexuales), cuatrocientos travestis y otra mínima cantidad de mujeres (que seguramente eran lesbianas, porque ni una me había mirado en toda la noche, aunque así fuesen heterosexuales tampoco lo hubiesen hecho).
Había para todos los gustos: viejos de más de cincuenta comiéndose la boca, adolescentes como nosotros entrelazados en sillones, apretándose sus partes más íntimas, mujeres arrasando entre sí… hasta un chino homosexual tiraba facha desde la barra cercana a los baños.
Todo se volvió desesperación cuando comprendimos la situación. Nuestras expectativas habían sido aborrecidas, devastadas. Ya no había objetivo, no había a quién conquistar, ningún objeto de deseo que nos comprometiera a seguir en ese lugar. Ya carecía de sentido nuestra permanencia en el boliche.
Con Ezequiel y Julián comenzamos a buscar a todos para avisar sobre la inminente retirada, hasta al mismísimo Mariano que por arte de magia había desaparecido.
Cuando por fin nos reunimos, les informamos de la situación, aunque muchos no le dieron importancia y continuaron su absurda búsqueda, tal vez convencidos de que se toparían con alguna mujer que no fuese una lujuriosa adepta sexual a sus pares femeninos o con algún travesti que no se asimilara en demasía al cinco de cualquier equipo de fútbol.
A lo lejos, entre cabezas de hombres y grandes pelucas color fucsia y amarillo, lo vimos llegar a Mariano. Tenía la boca paspada y dos chupones en el cuello. Venía sonriendo.
- Me comí dos minas… - dijo con mirada altanera y soberbia, y continuó: – No sabés como me dejaron… ¡Mirá!
Con Ezequiel nos miramos a la cara. Una breve sonrisa llena de malicia y satisfacción nos invadió por completo.
- ¿Estás seguro que eran minas? – preguntamos casi al mismo tiempo.
- Si, boludo… ¿qué van a ser?
- ¿No notaste nada raro? – dije yo, divagando entre la perversión y la envidia.
- No – respondió en seco, con enojo y orgullo.
- Cuando puedas andá al proctólogo, te lo recomiendo… aunque sea por control - dijo Ezequiel con su habitual ironía. Mariano no entendía nada, pero estaba feliz.
Hablamos un rato más sobre las caras que se asomaban en la pista de baile, tomamos unas cervezas por mero gusto alcohólico, y decidimos huir, antes que Mariano se tope con alguna otra “mujer”.
De los doce que habíamos ingresado al boliche, habíamos encontrado sólo a cuatro. Entre nosotros no estaban Juncal ni Santiago. Preferí no saber qué había ocurrido con ellos, pero me atemoricé cuando escuché hablar a dos viejos sobre un “túnel” que había en la parte más oscura del boliche, en el que ocurrían actos sexuales de lo más desagradables. También preferí no seguir escuchando (quizás para no tentarme).
Cuando estábamos por llegar a la salida, sentí una palmada en el culo, acompañada de unas uñas que me pellizcaron. No miré hacia atrás, solo sonreí y continué caminando. Es que seguro era Juncal. Le encantaba tocar culos, sea quién fuera. Ése era su saludo característico. Continué caminando un poco más, y volví a sentir un pellizcón, ahora más fuerte, que me provocó dolor. Sin embargo, sonreí y me di vuelta para putearlo cariñosamente. Pero no me encontré con Juncal, sino con una figura mucho más alta (pasaba el metro noventa claramente), con grandes pechos, cara estirada, labios carnosos de mujer, pero barba afeitada de hombre. Me resultó muy conocido: claro, era un famoso travesti de la televisión, sí, era él (o ella), el que bailaba en un programa de las nueve de la noche, con vestidos cortos y ajustados tremendamente provocativos, con el que yo soñaba que jamás se le escapara algo entre sus piernas porque ésa sería la desilusión mas grande de mi vida. Aunque en televisión parecía mucho más compacto y armonioso, en televisión era perfecto. Aunque en televisión, también, me resultaba inalcanzable.
Él se acercó hasta mi oído derecho (para eso tuvo que agacharse un poco), y me dijo sin vacilar:
- Vámonos para casa.
Me asusté. Casi tanto como cuando estuve a punto de quedar afuera del boliche. Mis amigos me observaban. Ezequiel me tomó de la mano e intentaba arrastrarme para huir de esa aberrante situación. Yo quedé postrado, inútil, estático, ante la mirada de esa gigante figura que desde siempre me había resultado imposible. Ahora la tenía aquí, entre mis manos, ofreciéndome una noche probablemente inigualable.
Ezequiel continuaba tirándome del brazo, ahora con la ayuda de Julián. Los dos hacían fuerza para frenar mi anhelo, para imposibilitar el deseo del que me podría arrepentir por el resto de mi vida. Yo continué contemplando al disfrazado de mujer, que tomaba un vaso de cerveza y sonreía, esperando mi respuesta. El alcohol me hacía dudar: sobrio seguramente hubiese esbozado un rotundo no, con desprecio y repugnancia. Pero él y su estampa utópica me lo hacían pensar. Qué piernas tenía, qué buen culo. ¿Cómo no era una mujer?
Entre Ezequiel, Mariano y Julián pudieron hacerme retroceder de un fuerte tirón. El famoso seguía mirándome, riéndose, como podía reírse cuando jugaba con un niño o un bebé. Antes de que pudiera despegarme totalmente de su cercanía, él se acercó hasta mi cuerpo y metió una tarjeta con su número de teléfono en uno de mis bolsillos. Yo sonreí con nervios y desaparecí de la escena con ayuda de mis amigos. Menos mal, hubiese sido una vergüenza. Ahora no sólo serían Juncal y Santiago los tildados de afeminados: yo también figuraría en esa negra lista.
- No, en serio, gracias muchachos. Me salvaron la vida – les dije a mis amigos cuando volvíamos en el colectivo a nuestras casas, ahora mucho más tranquilos después de esa incómoda y espeluznante situación.
Al día siguiente desperté tarde. Las nueve de la noche marcaba mi reloj, puntual para la cena. Sin embargo, no tenía hambre. Me sentía extraño, inexistente. Estaba extenuado: el rigor de la noche siempre traiciona. Pero calavera no chilla, dicen.
En calzoncillos, me acerqué hasta el sillón de mi habitación, donde había dejado el pantalón de jean que había usado la noche anterior. Comencé a vaciarlo. De sus bolsillos caían llaves, el celular, la billetera, la entrada maldita del boliche, papeles varios y una tarjeta. La tarjeta, de fondo blanco y letras negras, decía: “Carlos Rodolfo Chávez – Estrella de TV”, y un tanto más abajo, en fuente cursiva y sugestiva, aseguraba: “Nina”. Di vuelta la tarjeta y encontré un número telefónico, aparentemente de celular. Rápidamente, para calmar esa angustiante sensación de vacío, tomé el teléfono y comencé a marcar. Así, pese a cualquier tipo de consecuencia, decidí llamar al travesti para invitarlo a cenar.
martes, 1 de septiembre de 2009
jueves, 27 de agosto de 2009
Leonidas Guerrero (Drama en cuatro actos)

A veinte años de una guerra se encuentran, en una celda, dos hombres en situaciones disímiles: uno, Leónidas Guerrero, esta acusado; el otro, el doctor José Velez, está para defenderlo: es el defensor oficial. Este –como toda la generación de ambos- ha sido testigo de esa guerra: pero el primero la ha protagonizado. Lo ha hecho tan bien, que se ha merecido una medalla que pocos tienen y el reconocimiento leal del antiguo enemigo inglés. Ahora, se juzga si sus merecimientos son otros –quizás una condena- por un hecho que, al doctor Velez, no le interesa demasiado conocer, pero que defenderá con su habitual eficiencia.Es el diálogo infructuoso entre dos culturas, dos cosmovisiones.Leónidas Guerrero es una mirada distinta del sistema de premios y castigos, del sistema judicial, de las miserias y glorias de la vida y de la guerra. Y la guerra a la que le tocó asistir a estos hombres que andan por los cuarenta años, es la guerra de los días de nuestra temprana juventud para aquellos que éramos muy jóvenes en los años ochenta.
Ficha Técnica
Elenco: Leonardo Alcarraz Lores (Leónidas Guerrero) y Ricardo Faurix (Dr. José Velez, defensor oficial).
Autor y Director: Daniel Ortiz
Genero: Drama
Teatro La Ratonera (Av. Corrientes 5552, Capital Federal)
Funciones: sábados 12, 19, 26 de septiembre, 3 y 10 de octubre, a las 22:45 hs.
-Estreno el 12 de septiembre (22:45 hs.)-
De cómo el señor Mockinpott consiguió liberarse de sus padecimientos
Misterio es el trabajo, el matrimonio,
la salud, el dinero, hasta el ponerse
los zapatos; en todo está el demonio:
en moverse y, en fin, en no moverse.
La liberación de los padecimientos según Peter Weiss
El autor (1916 – 1982) a través de un recorrido de once breves cuadros nos presenta a modo de farsa, los sucesos inoportunos que el Sr. Mockinpott debe afrontar. Cada uno de ellos representan una institución y su funcionamiento: el sistema penitenciario y judicial, el matrimonio, el sistema laboral, el gobierno, la religión, etc. Al tratarse de una farsa, Weiss, confía el desarrollo de la historia a personajes “tipos”, es decir, aquellos que cumplen con un rol social, claramente definido, sin cuestionamiento moral sobre sus actos. Esto se encuentra estrechamente vinculado con las intenciones políticas, didácticas y estéticas del autor alemán. Debemos aclararlo, su teatro se encuentra enmarcado dentro del plano político y por fuera de los conflictos individuales. Como dramaturgo consideró expresar de manera clara su posición crítica frente a la realidad. Una realidad que va a funcionar como motor de toda su expresión.A diferencia de otras de sus producciones, “De cómo el Sr. Mockinpott consiguió liberarse de sus padecimientos”, no posee un sistema escénico de gran complejidad, los elementos esceno-plásticos aquí utilizados son fácilmente manipulables por los propios actores. El acento se encuentra puesto - y es aquí donde radica para nosotros uno de los mayores puntos de conexión con nuestro recorrido teatral – en el cuerpo. La poética se nutre por los permanentes cruces con el cine mudo, el circo y el mundo del clown.
Ficha técnico artística
Autoría: Peter Weiss
Actuan: Darío Bonheur, Anibal Brito, Tomás Buccella, Leando Cóccaro, Carola Frank, Marcelo Gamarra, Ana Laura Jose, Julian Lastra, Manuel Murillo, Norby Ramirez
Vestuario: Daniel Godoy
Escenografía: Leandro Cóccaro, Daniel Godoy, Gustavo Gabriel Sosa
Maquillaje: Belén Anseloni
Diseño de Luces: Daniel Godoy, Manuel Rincon
Música: Leando Bisogno
Diseño Gráfico: Anibal Brito, Leandro Cóccaro
Asistencia General: Franco Toscano
Puesta en Escena: Daniel Godoy
Dirección: Daniel Godoy
Av. Corrientes 1555 Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4375-2341
Web: http://www.liberarteteatro.com.ar
Entrada: $ 30,00 - Domingo - 21:00 hs - Hasta el 25/10/2009
martes, 18 de agosto de 2009
El verdadero desencuentro entre San Martín y Bolívar
Simón Bolívar, unos años más joven, quizás más entero pero no lejos del sacrificio realizado por San Martín, arribaba desde el norte. El encuentro fue fugaz, efímero como la felicidad o los breves efectos de algún psicotrópico. Era verano de 1822, y en una ciudad caribeña como Guayaquil era fácil dejar de lado los tedios de la lucha libertadora por un rato, sobre todo cuando por la tarde atestada de calor aparecían en escena unas hermosas pobladoras originarias a refrescar sus cuerpos en lo azul de la costa, y los primeros tragos comenzaban a endulzar las bocas de aquellos dos gigantescos hombres.
San Martín: - A la mierda, esto está fuerte, eh... ¿Qué carajo es?
Bolívar: - Un poco de ron con limón y hielo… ¡No sea marica, Don José! ¡En Cuba lo toman como si fuese leche!
S. M: - Si, me sabe a leche de esclavo, la puta que los parió. ¿Es de escabiar mucho usted, Simón?
B: - Y… después de tanto sufrimiento es bueno relajarse un poco, ¿no?... Pero, como siempre le digo a mis muchachos, no hay que joder con la bebida cuando se está en medio de una campaña.
S. M: - Eso seguro, yo tenía a un par de negros choborras en el Ejército de los Andes que los tuve que sacar a patadas en el culo. Casi lo rajo al negro Cabral, ese le daba duro, pero cebaba buenos mates y gracias a eso se quedó para después salvarme la vida… Disculpe, ¿Fuma, Simón?
B: - Oh, por favor, viene bien a esta hora. Uhh… Son buenos, ¿de donde los sacó?
S. M: - Me los regaló O`Higgins, en Chile. Los conservé para un momento como este. Usted sabe, como dije alguna vez, que podremos andar en pelotas y sin dinero, pero nunca nos faltará la carne y el tabaco. Cambiando de tema, Simón, mire lo que son las negras en el mar eh, ¡qué culos! ¡qué maravilla, Simón!
B: - Ni me lo diga, Don José, ni me lo diga…
S. M: - Usted tiene fama, eh.
B: - ¿De qué? ¡No me diga que entre los soldados se anda diciendo que soy maricón!
S. M: - No, Simón, por favor, ¡todo lo contrario!... Se dice que usted, bueno, ya sabe… cómo decirle… ¡bueno, que usted es terrible putañero!
B: - Je, je, ¡un brindis por eso!... Ah, menos mal, Don José, me había asustado… Pobre Belgrano, a ese sí que le hicieron fama de puto, y eso que se garchó a medio Virreinato del Río de La Plata…
S. M: - ¡Y fumaba como un hijo de puta! Si fue él quien quiso incentivar la producción de cáñamo, y no le dieron pelota… Claro, sabían que se la quería fumar toda. ¡Qué atorrante, eh!
B: - Don José, ¿esa negra viene para acá?
S. M: - Mierda, parece que si... Y está en pelotas. Mire qué tetas, por favor. Negras, redondas, ya me imagino mamándolas como Saavedra le chupó el culo a los españoles.
B: - Vamos, Don José, sáquelo…
S. M: - ¿Que saque qué?
B: - Usted ya sabe General, ¿o no es el “Santo de la Espada”?, je, je…
S. M: - Simón, ¿no le parece un tanto inapropiado?
B: - Mire, Don José, mi viejo me enseñó algo que nunca olvidaré. Cuando tenía 13 años me llevó a un prostíbulo de mis tierras y me dijo al oído: “ante la duda, pelar poronga”. Siempre le hice caso, y de ahí mi fama, ¿vio?...
S. M: - Shh, ahí viene, Simón, ahí viene…
Cuenta la historia que después de una ronda infinita de ron, tabaco y otras sustancias, la negra, llamada Chona, convenció a los dos generales para invitarlos a una fiesta por la noche. Allí mismo, emponzoñada por esas dos figuras enormes que eran San Martín y Bolívar, la nativa decidió llevarlos a una cueva cercana a la costa, y un jolgorio de pasión sexual y efervescente adrenalina se desató durante toda la madrugada hasta que los primeros amagues del sol se hicieron gambeta y chocaron contra las pupilas dilatadas de los tres hedonistas.
Algunos serios historiadores dicen que el desencuentro entre los dos grandes libertadores del continente se dio por diferencias políticas e ideológicas, y hasta muchos comentan que fue, en realidad, porque Bolívar negó la entrega de soldados al ejército de su tocayo. Lamento decepcionarlos, queridos amigos, pero la historia oficial cuenta con muchos profesionales del machismo que no han sabido darle a la mujer el verdadero lugar histórico que se merece. Sí, San Martín y Bolívar no volvieron a verse jamás por el amor que compartían hacia Chona.
Después de aquella noche de lujuria, los dos quedaron obnubilados ante semejante figura, y sus corazones, ennegrecidos tras duras y largas batallas, volvieron a latir al compás del ritmo del amor. Además, la siempre inseparable Remedios de Escalada se encontraba lejos y enferma. Chona, incapaz de elegir a uno de ellos y acostumbrada a despojarse de toda moralina, propuso quedarse con los dos, y así repetir eternas escenas de amor bajo el atardecer de las costas ecuatorianas.
Cuando todo parecía llegar a un acuerdo, de la mano de la mañana también llegó la sobriedad propia de la resaca. San Martín y Bolívar se miraron con infinito respeto durante unos segundos, sin siquiera balbucear una palabra. Al instante, y de forma casi imperceptible, bajaron las cabezas y cada uno comenzó a marchar hacia la dirección opuesta. Desde ese día, no se vieron nunca más. Los cerebros de los libertadores, aunque muy capaces, pecaron de occidentales.
Nota de los (i)rresponsables del Blog: el autor no goza de salud mental como para aseverar los datos expuestos en su artículo. Disculpen las molestias.
lunes, 17 de agosto de 2009
Noventa y dos años después: mucho Late y nunca un Nola
"...La industria perece por falta de mercados o de medios de comunicación, la minería está paralizada por la ausencia de todo género de garantías, la banca y el comercio han sido heridos de muerte, los campos están sin cultivo, los granos escasean, las cosechas faltan y el gobierno, que debiera buscar remedio a tanto mal, lo agrava y lo exacerba, convirtiéndose en monedero falso, en banquero fraudulento, en salteador de cajas de los particulares, en cómplice y solapador de estafadores y ladrones.miércoles, 12 de agosto de 2009
Hombre Beta
El Congreso Constituyente finalmente pudo reunirse, sin contar con la presencia porteña. Las bases de Alberdi y el modelo de Constitución de Estados Unidos, sirvieron como puntos de partida en la redacción del texto final.
Ante la resistencia porteña, Urquiza decidió bloquear el puerto de Buenos Aires, pero cometió el error de poner al frente de la escuadra al coronel norteamericano John Halsted Coe. El Marino yanqui vendió la escuadra a Buenos Aires el 20 de julio de 1853 por 5000 onzas de oro y se terminó el bloqueo…” *
- Ya desde 1853 nos cagaban estos yanquis hijos de puta. Tomamos su modelo de Constitución, y después, ¡Je! ¡Los brasileros entran a Buenos Aires de la mano de Urquiza! ¡Entrerriano cagón, traidor y antinacionalista de mierda! Para mí que este las quería todas para él, como todos estos corruptos…
* Fragmento extraído de “Biografía de Justo José de Urquiza” (1801 - 1870) de Felipe Pigna.
Mi propuesta por los pibes de Cromagnon

jueves, 30 de julio de 2009
Un día
Por Monseñor PagliaccioYendo, te vas yendo, de todo lo que se quiera acercar. Pedís una copita más que se quiere emborrachar tu humanidad.
Esta noche que no hay tumba para tu cuerpo, queres andar hasta tocar el cielo. La pensas, la soñas, queres una nueva mujer que te convierta en animal.
Tan vació te sentís. La sociedad te exige, te reclama que funciones, que gastes batería así te recargan todo los días, así aportas todos los días. El techo golpea tu cabeza, no te deja pensar y se te va llenando el bolso de responsabilidad.
La felicidad no aparece; es tan fácil de encontrar, que siempre la quieren complicar y hace mucho que esperas en esta calle fría, abrigado por tu disfraz, mirando su puerta, ya te cuesta respirar. En cuero arrancas a caminar, pero en la primera esquina la autoestima te mira mal. El miedo no te deja cruzar, los dedos no paran de señalar, de suerte encontras un traje donde te podes resguardar. Acomodas tu corbata y te perdes con los demás.
Caminando lento, con faso en mano, vas a juntarte con amigos para olvidar esta sociedad, para remplazar la soledad. El tiempo no la para de agitar y se va a pudrir mal, ya la va a pagar ese tic-tac.
Queres estar libre de vos mismo, encontrar la simpleza. En tus suburbios tu corazón marginado sale a robar unas cuantas caricias. Cada día que pasa un error mas aparece, te despierta, te avisa que esa baldosa no se tiene que volver a pisar, que ya demasiadas lágrimas salpicaron tus zapatillas.
Nadie sabe como y cuanto hiere a los demás. Nunca te vas a enterar todo lo que hiciste mal. Fiel a vos mismo queres ser, que el sueño sea tu abrigo otra vez, no te queres preocupar de más.
Te perdes en el ruido y el alcohol. Acompañado en este barco, vas buscando tierra nueva donde no haya tiempo, donde todo sea espontáneo y sincero, donde no exista el miedo.
No queres parar. Cuando paras, la cabeza no para de preguntar y ya no queres escuchar. No tenes respuestas, solo un corazón tartamudo y una lengua que traduce mal.
¿Cuando será el día que decida despertar?
domingo, 26 de julio de 2009
El momento
Por M. P.No sé donde escapar, me tienen rodeado, lo ultimo de mi día lo recuerdo bebiendo junto al mar.
Lejanas utopías quedaron, lejanos sueños de conquistar por un momento la adolescencia que pensábamos.
Veía tirado en la arena una luz lejana, que me decía “vení, todo acá es mejor”. Sin dudas pensé que era lo mejor nadar como un pez, sentirme libre en el mar y llegar al infinito, a la increíble luz que me llamaba.
Un flash de una cámara me hizo volver a la realidad.
Era un amigo que decía: “mirá que lindo que es”.
Por un instante se me vino a la cabeza golpearlo por cortar con mi momento, en vez de dejarme sentir mi juventud.
Hoy ya no puedo imaginar esos viejos tiempos, hoy ya tengo responsabilidades, hoy ya crecí.
Pero hay algo que llevo bien dentro mío. Loco de pensar, pero ellos son el momento y mi amigo.
lunes, 20 de julio de 2009
domingo, 19 de julio de 2009
El amor occidental y privado
Por M. A. Resacas de un cristianismo ya crucificado, etiquetas de antaño que ya nadie puede despegar, costumbres que hace tiempo quedaron en offside... Vaya a saber uno qué perverso mandato nos empuja hacia el abismo del delirium tremens que significa regalar nuestras vidas a otro, ofrendarla como un chaleco antibalas en liquidación, como un trago de cianuro disfrazado de felicidad, como un cigarrillo que se estaciona en la boca de uno pero que sin embargo va matando a todos los demás.
Y siguiendo las reglas de la perfecta sociedad occidental –por comodidad, más que por simpáticas preferencias- nos arrojamos a ese precipicio. ¡Mañana seremos grandes, tendremos hermosos niños rubios, un Mercedes en el garaje del loft de Avenida Libertador o en la puerta del chalet de Pilar, y a su lado una bella mujer que nos espere vestida de negro igual que la avasallante noche para arrancarnos la corbata y todos nuestros últimos sueños!
Ya recorrí los suburbios y las ponzoñas de la soledad. Las lágrimas y los años, en vez de afirmar ciertas cosas, me arrebataron todas las certezas. Pero llegué a una conclusión: el amor es un misterio que nadie puede explicar. Es el último de los enigmas matemáticos irresueltos, la bala de plata que no encontró a su dueño, es Edipo besando a Yocasta junto a la sangre derramada de Layo, es una y mil cosas a la vez. Arrojarse al abismo de la eternidad incondicional e inquisidora, encadenarse a un único amor de por vida, es acabar por completo con todos esos misterios. ¿Y después, qué...?
domingo, 12 de julio de 2009
09:09
Espera un milagro, que alguien se detenga, que alguien entienda y el último tren se va.
Cada día jode más la sociedad, ya no hay en que pensar, ya no hay preguntas que contestar. Todos construyen sus mundos y no les importa si le tapan el sol a los demás.
Se parece en algo a mí, tan adicto a soñar. Se asemeja en algo a mí, la noche no puede dejar.
Caminando con la boca cosida me pierdo en la ciudad, con la duda tatuada en el corazón me tiro y solo pienso en no pensar.
Se parece en algo a mí, nunca sabe bien que decir. Se asemeja en algo en mí, siempre le es difícil sentir.
miércoles, 8 de julio de 2009
Malos tiempos para la lírica

miércoles, 24 de junio de 2009
"Para que el caso de Soledad Bargna asesinada el 22 de mayo en su departamento, donde la desidia estatal y judicial volvieron a cobrarse una víctima, y para que mañana no le toque a tu familia o amigos, los ciudadanos de la Nación Argentina, no exigimos justicia, construímos justicia".
lunes, 22 de junio de 2009
domingo, 21 de junio de 2009
Jueves
Por M. A.Quizás yo no debería estar aquí. Lejos, bien lejos, debería ir: un vino barato y un bondi que me lleven a ningún lugar. Mientras mas sé de este mundo, más me hiere. Anestesiándome, buscando salidas opuestas a lo que el mundo reclama; no queda otra, tengo que sobrevivir. Busco un acorde. Fabrico canciones como un médico fabrica calmantes. Me canso. Busco una mujer, cualquiera, que llene durante un turno al corazón. Me agota. No estoy a la venta para nadie.
Y quedo en la tempestad de la soledad, que se hace herida y fracaso infinito. Escucho murmullos de una plaga que no conozco pero que me rodea constantemente. Para el resto no soy nada. Al mundo no le importa quien soy ni que pienso. Nazco y muero constantemente. No se puede vivir de mentiras y secretos. Quisiera ser un hedonista para pensar en nuevas formas de amar y sentir.
Una revolución de palabras inunda los jueves. Los jueves son una purga infinita. En las noches de jueves no soy. En las noches de jueves encuentro un pretexto para escapar por un tiempo, tan sólo unas horas. En las noches de jueves un perro amigo me consuela y me arrebata la tristeza, no me pide explicaciones y no cuestiona lo que soy. En las noches de jueves imagino otra forma de vivir.
jueves, 18 de junio de 2009
Preguntontas
Por M. A.martes, 16 de junio de 2009

Foto: Salvador Batalla
"El carácter perfectible del ser humano hace que introduzca innovaciones que, empezando como comodidades, se convierten en necesidades. Por tal motivo termina acostumbrándose a comodidades que nunca le habían sido indispensables y cuya ausencia se le tomaría insoportable, convirtiéndose entonces en necesidades fundamentales. Para el hombre social no existe una distinción real entre necesidades necesarias y necesidades superfluas (...). En el hombre moderno, al contar con un aumento desmesurado de sus necesidades y deseos, su alma se halla llena de perturbación, insatisfacción y desdicha".
Jean Jacques Rousseau - Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres
martes, 9 de junio de 2009
Chica de barrio
Entre inseguridad y vergüenza voy rodando. Con qué poco me contentás, ella es mi libertad. Ya no interesa tener que laburar, agachar la cabeza y los mocos tener que tragar.
Así es mi vida, en subida, siempre en subida.
Pero ya nada importa; la veo, va cruzando, va cantando. Y no sonrías mas, que esa sonrisa no me deja ver todo lo que está mal.
Se mueve, todo ese cuerpo, se mueve. No se quién te cuida, pero lo hace mal. Sos tan natural, solo te pido un round.
Y me vuelvo a asfixiar, el estado la cabeza me presiona sin parar, ya no sé como aguantar esta ciudad. Pará. Pará. Pará un poquito.
Otra vez, ahí esta, hablando por celular, me quedo sin pestañar, en tranquilidad. Y te conozco, sé que te conozco, no sos una piba que quiere aparentar, no histeriqueás, salís de noche, con amigas a disfrutar, tu familia cuidás, tus sueños nunca vas a abandonar. Y ese cuerpo, como me gustaría manejar ese cuerpo; ese que te llama ni debe saber como hacerte acabar.
Lo que más me atrae, es que sos sueño. Si fueras realidad ya te hubiera baleado mal.
Como me gusta tu andar.
Todo es felicidad, la bronca ya no está, soy capaz de cualquier odisea, para que estés en paz.
La veo, a esa chica de mi barrio, y el reloj deja de funcionar, no funca mas.
No funca eeeeeeh.
viernes, 5 de junio de 2009
Ex-noches
Por M. A.No quiero ser mañana; quiero ser ese momento entre que me acuesto sobre las nubes y me quedo dormido, soñando despierto, despertar soñando.
Quisiera ser muchas cosas hermosas; podría pensar en un mundo mejor como en cualquier otra cosa banal, por puro romanticismo, con la misma delicadeza que un cirujano opera o un poeta escribe, pero no quiero sólo eso. No quiero ser caricias y carencias.
¿Habrá lugar en mi mundo para la fantasía? Lo real me da miedo. Ni siquiera en cuatro acordes puedo decir lo que siento.
Quiero ser un perro de la calle; vagabundo, libre.
miércoles, 3 de junio de 2009
domingo, 31 de mayo de 2009
Sistema
Por Monseñor PagliaccioPudiendo actuar, aguanto un día más y espero, vivo esperando. La rabia sube, la impotencia sube y espera, espera… Estallar y que todo se ponga en su lugar, donde no tenga que irme a soñar, donde me pueda al espejo mirar.
No hay nadie que venga a ayudar. Y otro día igual que ayer. El tiempo se va y no hago más que seguir un día más.
Todos siguen sin pensar.
Como quisiera poder cambiar, poderlo cambiar.
sábado, 30 de mayo de 2009
Los gladiadores
Por Mariano PerottiEntre calles de barro y casas de piedra, mucho es lo que se puede vivir.
Nuestros escudos son esos, que nunca se rompen, escudos de soledad.
Crecemos de alguna manera a los golpes, y con ellos nos hacemos hombres.
Nos puede faltar algo, pero nunca vemos el vaso medio vacío, no nos dejamos ganar por la simpatía de los demás.Vivimos la vida con nuestra alegría.
Seria lindo ser normal, pero nosotros estamos marcados por algo ajeno a tu voluntad.
¿Te parece triste lo que cuento?
Respeto tu pensamiento.
Soy de esos gladiadores difíciles de olvidar.
miércoles, 27 de mayo de 2009
"Apaguen los televisores... y suicídense"
Por M. A.lunes, 25 de mayo de 2009
"La Historia me absolverá"
jueves, 21 de mayo de 2009
Memorias de un Joven Formal (plagio a Simone)

Por Hernán Ortiz (dedicado a Martín Albert)
Eran algo más de las nueve y media cuando mi padre mandó llamarme. Bajé las escaleras repasando mis apuntes.
Llegué a la cocina y él me esperaba presidiendo la mesa, solo que esta vez, ni mi madre ni mis tres hermanos estaban sentados para dar inicio al banquete.
Allí estaba: pelo abultado, sus codos clavados en la madera con sus dedos índices estacados en la punta de la nariz y sus ojos verdes, como ya era costumbre, alertas y amenazantes.
Me siguió con la mirada y con un movimiento brusco de cabeza, elevando su mentón, me indicó que me sentara en el extremo opuesto. Respiro hondo, dejó por un momento de lado aquella rectitud, me miró y pesadamente giro su torso para tomar uno de los dos platos que había sobre la mesada.
Lo puso sobre la mesa y me dijo pausadamente:
- Milanesa napolitana con papas fritas especialmente freídas por tu abuela, (expresó, mientras sonreía y sus ojos se perdían en el tiempo y los recuerdos) tu tío Alberto y yo enloquecíamos de chicos cada vez que tu abuela nos deleitaba con tan apetitoso menú.
No pude hacer más que quedarme atónito y contener la saliva que luchaba contra mis labios por salir de la boca.
- ¿La querés, no?- me dijo con arrogancia y exagerada falsa amabilidad.
Respondí que sí con la cabeza y su sonrisa, malvada, se extendió hasta casi rozarle las orejas.
- Sabes bien como es esto Martín: una pregunta, una respuesta acertada, y todos felices. Bien. Manuel Seoane debuta en diciembre de 1920 en un amistoso frente a Estudiantes ganando por cinco a uno, y en ese partido, convierte tres goles. Debuta oficialmente el 3 de abril de 1921 en la primera fecha del campeonato en un partido frente a Racing que fue suspendido al término del primer tiempo a causa de una intensa lluvia. Ahora ¿Cuál fue el último partido de Manuel Seoane? Y Martín te aclaro: quiero el nombre completo del equipo contra el que se retiró, la fecha exacta y resultado del partido; y mas vale que pienses antes de hablar, porque sino así como ves este plato arriba de la mesa, en un parpadeo lo escupo y tiro a la basura y por quinta noche consecutiva te vas a la cama sin cenar, ¿nos entendemos?
Hijo de puta, animal, desalmado. Quería enderezarme bruscamente, llorar y golpearlo. Solo atiné a responderle que sí.
- Bueno, dale entonces. Respondé si tanto hambre tenés.
Medité unos segundos. Seoane era un ídolo y conocía todo de él. Me decidí a hablar:
- Su último partido fue ante Ferro Carril Oeste en Octubre de 1933 e Independiente perdió ese partido por dos a cero.
Mi padre incrustó las paletas en su labio inferior y desvió su mirada y rostro hacia la izquierda. Pasados unos segundos gritó pausadamente:
- Martín, si te pido que me digas la fecha exacta, ¿Por qué mierda carajo me decís con esa voz de pendejo púber: en Octubre de 1933…?
La ironía y rabia de mi padre me puso la piel de gallina y tuve que esforzarme al máximo para no temblar. Si se me hubiese exigido pararme en ese mismo instante, de seguro hubiera caído redondo al suelo.
- ¿Veintiséis? - Dije con la voz quebrada.
- ¿Veintiséis?, ¿veintiséis? (mi padre intentó copiar sin éxito y con acento burlón, el tono agudo y desairado con el que me había expresado) ¿No te suena el número ocho?...
Abrió sus ojos hasta que sus cejas desaparecieron bajo su despeinada cabellera sin poder comprender lo que había escuchado; se puso de pie, posó su mano izquierda en su cintura y se llevó la derecha hacia su boca, tapándola por completo, horrorizado. Soslayada mi vista por el reflejo de la luz contra sus uñas, entrecerré mis ojos y apreté mis labios esperando la bofetada. En el momento en que se disponía a descargar su furia, mi madre lo contuvo con un abrazo desesperado y entre sollozos le pidió que se detuviera. Mi padre abrió sus manos y apoyó bruscamente los codos sobre la mesa, irguiendo su cuerpo; empujó con sus antebrazos los hombros de mi madre mientras sus ojos cerrados y cejas fruncidas descubrían aquella cara de frustración e indignación. Me retiré silenciosamente hacia mi cuarto.
Me costo trabajo dormir: el hambre y la vergüenza me acechaban. ¿Era yo hincha de Independiente? Lo odiaba, pero mi padre tenía razón. Sabía todo y no sabía nada del club de mis amores. Envidia me daba Agustín, mi hermano menor: tuve que soportar dos años de preescolar mientras que él por disposición del patriarca (quien se negaba a pagar, aunque sea lo mínimo, por la educación pública o privada considerando a Independiente doctrina de vida, templo de enseñanza, dador de cualidades y virtudes) iba todos los días en remis hasta la cancha del rojo a cubrir los entrenamientos, obligado a entregarle a vuestro padre, un parte detallado a su regreso.
Desperté al día siguiente sumido en mi vergüenza. Sabía que durante la mañana, mis compañeros de curso (concientes de mi situación) se aprovecharían de mi presente, y abusando de mi hambruna, me harían humillar frente al curso, ya sea bailando con los pantalones bajos en medio del recreo o besando al espécimen mas feo del colegio (y del mundo) a cambio de algunos bizcochos de grasa que me arrojaban al suelo a modo de recompensa.
Aquella mañana tenía examen de inglés: entregué en blanco y continué estudiando descaradamente la historia completa del club que me enamoró desde chico y hoy, representado por aquel tirano, me juzgaba y mataba de hambre.
Salí del colegio a las 13:20 mareado y con un ardor insoportable en mi estomago. Camine lo más rápido que mi cuerpo me permitía, aterrado ante la idea de quedarme a mitad de camino. Llegué a mi casa arrastrando la mochila, encaré en dirección al baño para tomar algunos sorbos de agua (mi padre me había prohibido tomar coca-cola) y al pasar por la cocina lo vi. Allí se encontraba nuevamente, como la noche anterior, con la mirada fija hacia delante; sus ojos con el pasar de los días se mostraban más desencajados, dejando al descubierto una persona inmersa en la más reñida rabia.
Al verlo, me quedé paralizado y mi vista se detuvo ante él, acurrucada en la mayor sorpresa y timidez. Unos segundos de silencio bastaron para entender que debía sentarme y afrontar otra de mis ya tantas pruebas de supervivencia.
Me miró y sin saludarme ni importarle en absoluto mi aspecto demacrado, sonrió, y con su odiable soberbia me pregunto:
- ¿Te gustan los tallarines a la boloñesa?
Asentí con la cabeza (a esta altura y luego de casi una semana sin probar bocado, hasta me costaba abrir la boca para hablar)
Sin más preámbulos, continuó:
- Como bien sabrás, el primer presidente de nuestra gloriosa institución fue Rosendo Degiorgi en 1905, luego le siguió Arístides Langone, desde ese mismo año hasta 1909; después asumió Arturo Fernández Silva en 1910, pero, lamentablemente, no pudo terminar su mandato. Por lo tanto, Martín, ¿quién presidió el club provisoriamente desde 1910 hasta 1911?
Tratando de no balbucear, y lo más altaneramente que mis fuerzas y carácter permitían, me apresuré a responder en mi afán de mostrarme lo más seguro posible:
- Juan Mignaburu…
Mi padre estacó sorpresivamente su mirada en mí; sus ojos esta vez, demostraban aquel amor paternal al que tan desacostumbrado estaba: su sarcasmo duro poco.
- ¡Pero cagate en la tumba de Antonio Cafferata! ¡Cagate nomás! – gritó mientras torturaba con repetidos golpes a la mesa que de tantos buenos mediodías supo ser partícipe.
Acto seguido, se irguió agitando temblorosamente las manos. Sus gritos se ahogaron repentinamente en la más honda deshonra. Dió media vuelta, caminó hacia la puerta que daba al hall principal mientras simulaba arrancarse algunos de sus pocos cabellos. Frenó su embestida contra el umbral; sus defensas parecieron perecer y agachando la cabeza quedo tieso y pensativo.
- Agarra el plato – me dijo.
Me quedé inmóvil. No tuve tiempo de reacción.
- Pero antes, una duda: ¿en que año estamos?
Si antes estaba inmóvil y absorto, ahora me encontraba completamente petrificado y en un estado casi febril. Desde ningún ángulo comprendía la pregunta que me había hecho. Igualmente y como era ya costumbre, me limité a contestar:
- En el 2009, papá.
Mi padre se echo a reír de tal manera, que confieso, me dio escalofríos.
- ¡Pobre ingenuo! Bochini nació en el año cero ¿Cómo va a tener 2009 años? ¡Apenas tiene cincuenta y cinco! ¡Ja, ja, ja! Dios mío, hijo mío, simplemente dedícate a comer.
No había duda alguna de que el comportamiento de mi padre era más que sospechoso, algo planeaba y planeó, como pude comprobarlo después. Pero, ¡ay! ¡Si hubiesen visto ustedes ese plato de pastas! Seis días habían pasado ya de mi última comida y en mi estómago no había más que algunos sucios bizcochitos rebozados por la más impura bajeza.
Sin dudar un solo segundo más y haciendo caso omiso a mi desconfianza, ingerí casi medio plato de tallarines de un bocado, brindándome aquel apetitoso bodoque alimenticio, una extensa lucha llevada a cabo en mi tráquea. Ni bien pude respirar, un malestar surgió en mi frente, el sonido se distorsionaba y la figura de mi padre se multiplicó en miles…
Al retomar la conciencia, me encontraba sentado sobre el cuarto o quinto eslabón de una larga escalinata de tablones. Los eufóricos gritos de la muchedumbre, el incesante palpitar del bombo y el platillo, el olor a carne recalentada y el humo que desprendían algunos aislados fuegos de artificio, entumecían aún mas mi magullado cerebro. Todo daba vueltas, las náuseas eran repentinas e incesantes y la jaqueca, más que insoportable. Allí me encontraba, intentando asociar cualquier idea que otorgue una explicación al nuevo ámbito, cuando un niño interrumpió mi análisis contextual
- ¿Me da una coca señor?
Deposité la mirada en aquel pequeño, y sin el menor disimulo, lo observé unos momentos; nada descifré ni en algo pude pensar, solo actué maquinalmente:
- Sí, acá tenés – le respondí mientras depositaba en su mano un vaso de coca-cola fresca – Son cinco pesos – agregué.
El jovencito, me entregó el billete, tomó un sorbo de gaseosa, y con la mano ahora libre, cubrió la parte descubierta del vaso asegurando momentáneamente la protección del contenido. Rápidamente lo perdí de vista entre la multitud.
Miré el billete y lo entrelacé con los demás entre mis dedos anular e índice: las cosas no podían ser más claras. Alcé la bandeja roja con los muchos otros vasos de gaseosa, y siguiendo los pasos de aquél niño, me zambullí en medio del gentío que, ahora, mas enardecido se encontraba. Atlético de Tucumán visitaba aquél día a Racing de Córdoba; un carné de socio a nombre de Martín Cárdenas, comprobaba ahora, mi nueva simpatía por el local.








