Llegamos a la casa de Santiago excitados. Tocamos el timbre, esperando por su salida, mientras hablábamos sobre el boliche al que arribaríamos en pocas horas.
La medianoche se aproximaba con severa inmensidad. La luna cubría una mínima parte del oscuro paisaje violáceo del cielo, pero con su luminosidad alumbraba las calles de todo ese barrio decaído. Hacía largo tiempo que no éramos tantos: diez, conté exactamente con los dedos de mis manos. Y todos hombres.
Santiago salió humedecido de una reciente ducha. Estaba radiante, espléndido, recién afeitado, perfumado. Abrió la puerta con inseguridad, entre una risa tímida y una mueca desconfiada. Cuando lo saludé, le palmeé la nuca, y pude comprobar que tenía el cabello suave como nunca. También parecía haberse pintado los labios, por lo que todos nos burlábamos de él.
Podíamos esperar cualquier cosa de Santiago: una noche, pasado de alcohol y otras sustancias, repartió besos en la boca de todos los integrantes del grupo de amigos, sin distinguir edad, color ni, principalmente, sexo. En otra salida, más precisamente en una reunión entre amigos y amigas del secundario, surgió un tópico sobre “los hombres más lindos de la división”. Como era de esperarse, sólo las chicas del curso discutían sobre los pocos privilegiados que se destacaban en medio de esa superficial conversación. Nosotros, ajenos a la situación (pero sin perder de vista ningún comentario), escuchábamos un tanto más lejos, mientras saboreábamos dos grandes de mozzarella con jamón y morrones. Inesperadamente, Santiago se paró de su lugar, levantó la mano y, otra vez con algunas copas encima, afirmó con voz suave y aguda: “Para mí, lejos, el más fachero es Hernán”. No lo dijo con pretensiones amorosas ni mucho menos, pero quedó marcada como una de las ocurrencias más salientes (y reveladoras, por qué no) del grupo de amigos.
Ingresamos a la casa de Santiago entre golpes, gritos desaforados y chistes malísimos. Alguna que otra adolescente tocada de culo, también. Abrimos las cervezas que traíamos con nosotros y empezamos a beber algunos tragos para calmar la ansiedad. Debíamos esperar por la llegada de algunos amigos más, para luego partir hacia el boliche.
El boliche que esperaba por nosotros nos resultaba desconocido. Algunos habíamos ido en pocas y circunstanciales ocasiones, pero la mayoría no recordaba qué ni cómo era ese lugar, seguramente acosados por la continuada ingesta de alcohol que habían sufrido nuestro cuerpo y nuestro cerebro en aquellos días. Sin embargo, estábamos excitados por la información (de la que muchos desconfiábamos) que había llegado a nuestros oídos: hoy, sábado, noche de canilla libre.
Cuando ya éramos más de doce, decidimos huir de la casa de Santiago, atormentados por el humo de cigarrillo, la falta de alcohol (ya nos habíamos tomado todo), y una leve calentura corporal que en pocos minutos se transformaría en necesidad.
Fuimos a la parada del colectivo, otra vez entre gritos agudos y descargadores, incipientes peleas de barrio, chistes sexuales (de los que Santiago participaba con excelentes dramatizaciones) y tocadas de culo que se multiplicaban. No éramos un grupo de adolescentes homosexuales: preferíamos tocar nalgas duras y voluptuosas de mujeres increíbles, que seguramente aguardaban por nosotros en el desconocido boliche. Pero para eso deberíamos esperar.
Después de un viaje en colectivo que transitó entre guiños de ojos, tiradas de besos, más chistes sexuales y risas agotadoras, llegamos al boliche de la incertidumbre.
El lugar era imponente, casi medieval. Inmenso, ya que ocupaba más de media manzana. Un gran operativo se había montado en la entrada del boliche: dos patrulleros de policía estaban mal estacionados en la calle, algunos oficiales por ahí (trabajando o coimeando, quién sabe), musculosos patovicas vestidos completamente de negro, con ajustadas remeras que exageraban sus ya increíbles (e inalcanzables, para mí) músculos, handys por los que los encargados del boliche les indicaban quién ingresaba y quién no, pastillas de anabólicos que caían de sus bolsillos, y botas de gran suela que los elevaba hasta superar los dos metros. Sin embargo, tras esa fachada masculina, asomaban ciertos detalles que los delataban: alguno tenía un arito en la nariz, otro se excedía con la cantidad de gel con que se peinaba el cabello, y uno intentaba ocultar un indisimulable tatuaje de Miranda! que lucía en su hombro izquierdo, el cual quedaba al descubierto cada vez que el patovica flexionaba su brazo.
La noche prometía demasiado: yendo para la entrada del lugar ya nos habíamos cruzado con dos rubias de tremendos y redondos culos, pero que lamentablemente iban hacia otro boliche. Cuando me di vuelta una segunda vez para volver a admirar sus figuras, sentí un pellizcón, grité “¡ay!”, y descubrí quién era: Juncal me había tocado nuevamente la nalga derecha.
Seguíamos excitados, ahora más que nunca, al estar tan próximos a ese boliche que saciaría todas nuestras necesidades (naturales, sexuales, alcohólicas, fisiológicas también, drogadictas quizás).
Ya en la fila para ingresar, uno de los patovicas me miraba fulero. Como si yo le provocara algo: amor u odio, no podía descifrarlo. Pero, por conveniencia, prefería que sea amor. Así podría entrar al boliche, situación que en cada noche de salida era provocadora de nervios y angustias. Cuando llegó mi turno para el momento de la verdad, entre desconfianza e inseguridad, atiné a mirarlo y sonreí. Él, serio y con terrible cara de macho, habrá pensado que lo quise seducir:
- Documento – dijo con voz ronca.
Yo se lo entregué en mano, algo nervioso y dubitativo.
- Es viejo esto – aseguró él con desprecio.
- Si, es que el nuevo lo extravié – respondí con seguridad pero con tono entrecortado y vacilante. No quería volver a quedar afuera, no, otra vez no, en esta ocasión estaba sobrio, y tenía las zapatillas adecuadas. No había motivos para no pasar.
El tipo me llevaba una cabeza. La barba candado lo condenaba: era terrible garca, pensé. Observó el documento varias veces, miró la mayoría de sus páginas, examinó la foto con cara de asco, y afirmó:
- No podés pasar con esto.
Casi me largo a llorar. Mis amigos me observaban desde adentro: todos habían pasado sin problemas. Les hice una seña desde la calle, con rostro angustiado, un nudo en la garganta y los ojos lagrimosos. Ellos se acercaron. La inmensidad del patovica nos separaba. Les comenté la situación y uno de ellos se la jugó: Ezequiel, ex barman y conocedor de la noche como pocos, acercó su boca hasta uno de los oídos del represor patova y tiró un apellido: “Meta”, dijo entre susurros. El patovica cambió su cara; su barba candado parecía evaporarse. Una sensación de miedo invadió su ahora pálido rostro, sus afeitadas cejas se levantaron con sorpresa y, cambiando su grave tono de voz por uno mucho más agudo, casi de silbato, se excusó: “Perdón, perdón”, y me dejó pasar, dándome una palmada en la espalda. Yo lo observé con cara de odio, sin comprender demasiado. Él lo miró a Ezequiel, y completó entre risas nerviosas: “Mil disculpas… y no olvide mandarle un cordial saludo al señor Meta”.
Nosotros nos fuimos rápido del lugar donde estaban los patovicas (esos inescrupulosos dictadores de la actualidad, los represores del presente), entre puteadas y un leve enojo que se calmó después de que conseguimos las entradas que aseguraban nuestra dudosa información: “Noche de canilla libre”, decía con letra enorme en los tickets.
Entramos al lugar. El boliche estaba casi completo en su totalidad. Los pocos espacios libres que quedaban se encontraban vomitados o meados, por lo que la gente los esquivaba con dudosas e imprecisas gambetas.
Sin siquiera dudarlo, fuimos directamente a la barra, que encandilaba de tantas luces y colores extravagantes. Los muchachos que repartían tragos eran igual de machos que los patovicas: anabólicos por cada músculo de su cuerpo, aritos hasta en los lugares mas recónditos, más tatuajes de Miranda! o Aerosmith, pelitos parados y demás detalles.
En la barra tuve una interesante conversación con una chica y un chico californiano que esperaban por unos tragos, los que entendieron poco y nada de mi indígena inglés, pero parecían entretenidos. Sin embargo, decidí huir prontamente cuando noté que el muchacho me observaba con ojos cariñosos. Como si se tratara de una señal sobre lo que iba a ser esa noche.
Pedimos varias cervezas. Luego de beberlas, sacamos unos tragos que nos recomendó Ezequiel, conocedor de gustos alcohólicos si los hay. Al rato de ingerirlos, tomamos más cervezas, una ronda de tequila y finalizamos descorchando un champán que en pocos minutos se acabó.
Ya estábamos listos: un leve ardor sacudía nuestras gargantas, acosadas por la bebida y el cigarrillo, y nuestra conciencia iba dejando paso a los vagos efectos del alcohol.
Luego de satisfacer nuestras necesidades fisiológicas, salimos del baño abrazados, entre arengas y gritos ensordecedores (que asustaban a más de uno), aullidos y bramidos de lo más fenomenales, y en busca de una sola cosa: mujeres. Las imaginábamos, las deleitábamos antes de entrar al boliche. Ahora, pretendíamos degustarlas. Era hora de ir a arrasar, era hora de la cacería, de salir con la lanza a conquistar ninfas, pueblos, ciudades.
Nos dispersamos por la inmensidad del boliche en busca de nuestro objetivo. Generalmente, los efectos del alcohol hacían que la conquista se tornara más simple, mucho menos compleja. Sin preludios, yendo al grano directamente.
Después de un lapso continuado de recorrer el lugar sin buena fortuna, comenzamos a impacientarnos. ¿Dónde estaban las mujeres? Algunos decían que era temprano, otros atinaban a las estadísticas, argumentando que en Buenos Aires hay más hombres que mujeres (lo cual era falso), y muchos otros no se interesaban y continuaban en la búsqueda, ya no sólo de chicas, sino también de más tragos y bebidas.
Comencé a desconfiar. El paisaje era monótono, llano, insoportable: en la pista había hombres y más hombres que bailaban descontroladamente. Y más y más rostros masculinos se cruzaban en cada ida al baño, o en la misma barra, o en el sector VIP.
Me quedé apoyado sobre una baranda del piso de arriba, tomando una cerveza con Mariano y Julián, mientras hacíamos chistes para no angustiarnos, contemplando ese panorama barbudo y asexual para nosotros.
De pronto, saqué de mi bolsillo la entrada del boliche. La examiné, como buscando una explicación a semejante desilusión. Recorrí cada letra, cada número, cada color que había en ese ticket. En el papel predominaban los variados tonos del arcoiris. Y pude descubrir un tanto más abajo del precio, una mínima leyenda en claro color rosa: “GAY NIGHT”.
Claro, cómo no nos habíamos dado cuenta. Desde el piso de arriba comencé a observar todo el boliche: entre la pista, el sector VIP y otros rincones, habría más de dos mil personas. A ojo, saqué un discreto cálculo: mil quinientos hombres (en su mayoría, claramente homosexuales), cuatrocientos travestis y otra mínima cantidad de mujeres (que seguramente eran lesbianas, porque ni una me había mirado en toda la noche, aunque así fuesen heterosexuales tampoco lo hubiesen hecho).
Había para todos los gustos: viejos de más de cincuenta comiéndose la boca, adolescentes como nosotros entrelazados en sillones, apretándose sus partes más íntimas, mujeres arrasando entre sí… hasta un chino homosexual tiraba facha desde la barra cercana a los baños.
Todo se volvió desesperación cuando comprendimos la situación. Nuestras expectativas habían sido aborrecidas, devastadas. Ya no había objetivo, no había a quién conquistar, ningún objeto de deseo que nos comprometiera a seguir en ese lugar. Ya carecía de sentido nuestra permanencia en el boliche.
Con Ezequiel y Julián comenzamos a buscar a todos para avisar sobre la inminente retirada, hasta al mismísimo Mariano que por arte de magia había desaparecido.
Cuando por fin nos reunimos, les informamos de la situación, aunque muchos no le dieron importancia y continuaron su absurda búsqueda, tal vez convencidos de que se toparían con alguna mujer que no fuese una lujuriosa adepta sexual a sus pares femeninos o con algún travesti que no se asimilara en demasía al cinco de cualquier equipo de fútbol.
A lo lejos, entre cabezas de hombres y grandes pelucas color fucsia y amarillo, lo vimos llegar a Mariano. Tenía la boca paspada y dos chupones en el cuello. Venía sonriendo.
- Me comí dos minas… - dijo con mirada altanera y soberbia, y continuó: – No sabés como me dejaron… ¡Mirá!
Con Ezequiel nos miramos a la cara. Una breve sonrisa llena de malicia y satisfacción nos invadió por completo.
- ¿Estás seguro que eran minas? – preguntamos casi al mismo tiempo.
- Si, boludo… ¿qué van a ser?
- ¿No notaste nada raro? – dije yo, divagando entre la perversión y la envidia.
- No – respondió en seco, con enojo y orgullo.
- Cuando puedas andá al proctólogo, te lo recomiendo… aunque sea por control - dijo Ezequiel con su habitual ironía. Mariano no entendía nada, pero estaba feliz.
Hablamos un rato más sobre las caras que se asomaban en la pista de baile, tomamos unas cervezas por mero gusto alcohólico, y decidimos huir, antes que Mariano se tope con alguna otra “mujer”.
De los doce que habíamos ingresado al boliche, habíamos encontrado sólo a cuatro. Entre nosotros no estaban Juncal ni Santiago. Preferí no saber qué había ocurrido con ellos, pero me atemoricé cuando escuché hablar a dos viejos sobre un “túnel” que había en la parte más oscura del boliche, en el que ocurrían actos sexuales de lo más desagradables. También preferí no seguir escuchando (quizás para no tentarme).
Cuando estábamos por llegar a la salida, sentí una palmada en el culo, acompañada de unas uñas que me pellizcaron. No miré hacia atrás, solo sonreí y continué caminando. Es que seguro era Juncal. Le encantaba tocar culos, sea quién fuera. Ése era su saludo característico. Continué caminando un poco más, y volví a sentir un pellizcón, ahora más fuerte, que me provocó dolor. Sin embargo, sonreí y me di vuelta para putearlo cariñosamente. Pero no me encontré con Juncal, sino con una figura mucho más alta (pasaba el metro noventa claramente), con grandes pechos, cara estirada, labios carnosos de mujer, pero barba afeitada de hombre. Me resultó muy conocido: claro, era un famoso travesti de la televisión, sí, era él (o ella), el que bailaba en un programa de las nueve de la noche, con vestidos cortos y ajustados tremendamente provocativos, con el que yo soñaba que jamás se le escapara algo entre sus piernas porque ésa sería la desilusión mas grande de mi vida. Aunque en televisión parecía mucho más compacto y armonioso, en televisión era perfecto. Aunque en televisión, también, me resultaba inalcanzable.
Él se acercó hasta mi oído derecho (para eso tuvo que agacharse un poco), y me dijo sin vacilar:
- Vámonos para casa.
Me asusté. Casi tanto como cuando estuve a punto de quedar afuera del boliche. Mis amigos me observaban. Ezequiel me tomó de la mano e intentaba arrastrarme para huir de esa aberrante situación. Yo quedé postrado, inútil, estático, ante la mirada de esa gigante figura que desde siempre me había resultado imposible. Ahora la tenía aquí, entre mis manos, ofreciéndome una noche probablemente inigualable.
Ezequiel continuaba tirándome del brazo, ahora con la ayuda de Julián. Los dos hacían fuerza para frenar mi anhelo, para imposibilitar el deseo del que me podría arrepentir por el resto de mi vida. Yo continué contemplando al disfrazado de mujer, que tomaba un vaso de cerveza y sonreía, esperando mi respuesta. El alcohol me hacía dudar: sobrio seguramente hubiese esbozado un rotundo no, con desprecio y repugnancia. Pero él y su estampa utópica me lo hacían pensar. Qué piernas tenía, qué buen culo. ¿Cómo no era una mujer?
Entre Ezequiel, Mariano y Julián pudieron hacerme retroceder de un fuerte tirón. El famoso seguía mirándome, riéndose, como podía reírse cuando jugaba con un niño o un bebé. Antes de que pudiera despegarme totalmente de su cercanía, él se acercó hasta mi cuerpo y metió una tarjeta con su número de teléfono en uno de mis bolsillos. Yo sonreí con nervios y desaparecí de la escena con ayuda de mis amigos. Menos mal, hubiese sido una vergüenza. Ahora no sólo serían Juncal y Santiago los tildados de afeminados: yo también figuraría en esa negra lista.
- No, en serio, gracias muchachos. Me salvaron la vida – les dije a mis amigos cuando volvíamos en el colectivo a nuestras casas, ahora mucho más tranquilos después de esa incómoda y espeluznante situación.
Al día siguiente desperté tarde. Las nueve de la noche marcaba mi reloj, puntual para la cena. Sin embargo, no tenía hambre. Me sentía extraño, inexistente. Estaba extenuado: el rigor de la noche siempre traiciona. Pero calavera no chilla, dicen.
En calzoncillos, me acerqué hasta el sillón de mi habitación, donde había dejado el pantalón de jean que había usado la noche anterior. Comencé a vaciarlo. De sus bolsillos caían llaves, el celular, la billetera, la entrada maldita del boliche, papeles varios y una tarjeta. La tarjeta, de fondo blanco y letras negras, decía: “Carlos Rodolfo Chávez – Estrella de TV”, y un tanto más abajo, en fuente cursiva y sugestiva, aseguraba: “Nina”. Di vuelta la tarjeta y encontré un número telefónico, aparentemente de celular. Rápidamente, para calmar esa angustiante sensación de vacío, tomé el teléfono y comencé a marcar. Así, pese a cualquier tipo de consecuencia, decidí llamar al travesti para invitarlo a cenar.
La medianoche se aproximaba con severa inmensidad. La luna cubría una mínima parte del oscuro paisaje violáceo del cielo, pero con su luminosidad alumbraba las calles de todo ese barrio decaído. Hacía largo tiempo que no éramos tantos: diez, conté exactamente con los dedos de mis manos. Y todos hombres.
Santiago salió humedecido de una reciente ducha. Estaba radiante, espléndido, recién afeitado, perfumado. Abrió la puerta con inseguridad, entre una risa tímida y una mueca desconfiada. Cuando lo saludé, le palmeé la nuca, y pude comprobar que tenía el cabello suave como nunca. También parecía haberse pintado los labios, por lo que todos nos burlábamos de él.
Podíamos esperar cualquier cosa de Santiago: una noche, pasado de alcohol y otras sustancias, repartió besos en la boca de todos los integrantes del grupo de amigos, sin distinguir edad, color ni, principalmente, sexo. En otra salida, más precisamente en una reunión entre amigos y amigas del secundario, surgió un tópico sobre “los hombres más lindos de la división”. Como era de esperarse, sólo las chicas del curso discutían sobre los pocos privilegiados que se destacaban en medio de esa superficial conversación. Nosotros, ajenos a la situación (pero sin perder de vista ningún comentario), escuchábamos un tanto más lejos, mientras saboreábamos dos grandes de mozzarella con jamón y morrones. Inesperadamente, Santiago se paró de su lugar, levantó la mano y, otra vez con algunas copas encima, afirmó con voz suave y aguda: “Para mí, lejos, el más fachero es Hernán”. No lo dijo con pretensiones amorosas ni mucho menos, pero quedó marcada como una de las ocurrencias más salientes (y reveladoras, por qué no) del grupo de amigos.
Ingresamos a la casa de Santiago entre golpes, gritos desaforados y chistes malísimos. Alguna que otra adolescente tocada de culo, también. Abrimos las cervezas que traíamos con nosotros y empezamos a beber algunos tragos para calmar la ansiedad. Debíamos esperar por la llegada de algunos amigos más, para luego partir hacia el boliche.
El boliche que esperaba por nosotros nos resultaba desconocido. Algunos habíamos ido en pocas y circunstanciales ocasiones, pero la mayoría no recordaba qué ni cómo era ese lugar, seguramente acosados por la continuada ingesta de alcohol que habían sufrido nuestro cuerpo y nuestro cerebro en aquellos días. Sin embargo, estábamos excitados por la información (de la que muchos desconfiábamos) que había llegado a nuestros oídos: hoy, sábado, noche de canilla libre.
Cuando ya éramos más de doce, decidimos huir de la casa de Santiago, atormentados por el humo de cigarrillo, la falta de alcohol (ya nos habíamos tomado todo), y una leve calentura corporal que en pocos minutos se transformaría en necesidad.
Fuimos a la parada del colectivo, otra vez entre gritos agudos y descargadores, incipientes peleas de barrio, chistes sexuales (de los que Santiago participaba con excelentes dramatizaciones) y tocadas de culo que se multiplicaban. No éramos un grupo de adolescentes homosexuales: preferíamos tocar nalgas duras y voluptuosas de mujeres increíbles, que seguramente aguardaban por nosotros en el desconocido boliche. Pero para eso deberíamos esperar.
Después de un viaje en colectivo que transitó entre guiños de ojos, tiradas de besos, más chistes sexuales y risas agotadoras, llegamos al boliche de la incertidumbre.
El lugar era imponente, casi medieval. Inmenso, ya que ocupaba más de media manzana. Un gran operativo se había montado en la entrada del boliche: dos patrulleros de policía estaban mal estacionados en la calle, algunos oficiales por ahí (trabajando o coimeando, quién sabe), musculosos patovicas vestidos completamente de negro, con ajustadas remeras que exageraban sus ya increíbles (e inalcanzables, para mí) músculos, handys por los que los encargados del boliche les indicaban quién ingresaba y quién no, pastillas de anabólicos que caían de sus bolsillos, y botas de gran suela que los elevaba hasta superar los dos metros. Sin embargo, tras esa fachada masculina, asomaban ciertos detalles que los delataban: alguno tenía un arito en la nariz, otro se excedía con la cantidad de gel con que se peinaba el cabello, y uno intentaba ocultar un indisimulable tatuaje de Miranda! que lucía en su hombro izquierdo, el cual quedaba al descubierto cada vez que el patovica flexionaba su brazo.
La noche prometía demasiado: yendo para la entrada del lugar ya nos habíamos cruzado con dos rubias de tremendos y redondos culos, pero que lamentablemente iban hacia otro boliche. Cuando me di vuelta una segunda vez para volver a admirar sus figuras, sentí un pellizcón, grité “¡ay!”, y descubrí quién era: Juncal me había tocado nuevamente la nalga derecha.
Seguíamos excitados, ahora más que nunca, al estar tan próximos a ese boliche que saciaría todas nuestras necesidades (naturales, sexuales, alcohólicas, fisiológicas también, drogadictas quizás).
Ya en la fila para ingresar, uno de los patovicas me miraba fulero. Como si yo le provocara algo: amor u odio, no podía descifrarlo. Pero, por conveniencia, prefería que sea amor. Así podría entrar al boliche, situación que en cada noche de salida era provocadora de nervios y angustias. Cuando llegó mi turno para el momento de la verdad, entre desconfianza e inseguridad, atiné a mirarlo y sonreí. Él, serio y con terrible cara de macho, habrá pensado que lo quise seducir:
- Documento – dijo con voz ronca.
Yo se lo entregué en mano, algo nervioso y dubitativo.
- Es viejo esto – aseguró él con desprecio.
- Si, es que el nuevo lo extravié – respondí con seguridad pero con tono entrecortado y vacilante. No quería volver a quedar afuera, no, otra vez no, en esta ocasión estaba sobrio, y tenía las zapatillas adecuadas. No había motivos para no pasar.
El tipo me llevaba una cabeza. La barba candado lo condenaba: era terrible garca, pensé. Observó el documento varias veces, miró la mayoría de sus páginas, examinó la foto con cara de asco, y afirmó:
- No podés pasar con esto.
Casi me largo a llorar. Mis amigos me observaban desde adentro: todos habían pasado sin problemas. Les hice una seña desde la calle, con rostro angustiado, un nudo en la garganta y los ojos lagrimosos. Ellos se acercaron. La inmensidad del patovica nos separaba. Les comenté la situación y uno de ellos se la jugó: Ezequiel, ex barman y conocedor de la noche como pocos, acercó su boca hasta uno de los oídos del represor patova y tiró un apellido: “Meta”, dijo entre susurros. El patovica cambió su cara; su barba candado parecía evaporarse. Una sensación de miedo invadió su ahora pálido rostro, sus afeitadas cejas se levantaron con sorpresa y, cambiando su grave tono de voz por uno mucho más agudo, casi de silbato, se excusó: “Perdón, perdón”, y me dejó pasar, dándome una palmada en la espalda. Yo lo observé con cara de odio, sin comprender demasiado. Él lo miró a Ezequiel, y completó entre risas nerviosas: “Mil disculpas… y no olvide mandarle un cordial saludo al señor Meta”.
Nosotros nos fuimos rápido del lugar donde estaban los patovicas (esos inescrupulosos dictadores de la actualidad, los represores del presente), entre puteadas y un leve enojo que se calmó después de que conseguimos las entradas que aseguraban nuestra dudosa información: “Noche de canilla libre”, decía con letra enorme en los tickets.
Entramos al lugar. El boliche estaba casi completo en su totalidad. Los pocos espacios libres que quedaban se encontraban vomitados o meados, por lo que la gente los esquivaba con dudosas e imprecisas gambetas.
Sin siquiera dudarlo, fuimos directamente a la barra, que encandilaba de tantas luces y colores extravagantes. Los muchachos que repartían tragos eran igual de machos que los patovicas: anabólicos por cada músculo de su cuerpo, aritos hasta en los lugares mas recónditos, más tatuajes de Miranda! o Aerosmith, pelitos parados y demás detalles.
En la barra tuve una interesante conversación con una chica y un chico californiano que esperaban por unos tragos, los que entendieron poco y nada de mi indígena inglés, pero parecían entretenidos. Sin embargo, decidí huir prontamente cuando noté que el muchacho me observaba con ojos cariñosos. Como si se tratara de una señal sobre lo que iba a ser esa noche.
Pedimos varias cervezas. Luego de beberlas, sacamos unos tragos que nos recomendó Ezequiel, conocedor de gustos alcohólicos si los hay. Al rato de ingerirlos, tomamos más cervezas, una ronda de tequila y finalizamos descorchando un champán que en pocos minutos se acabó.
Ya estábamos listos: un leve ardor sacudía nuestras gargantas, acosadas por la bebida y el cigarrillo, y nuestra conciencia iba dejando paso a los vagos efectos del alcohol.
Luego de satisfacer nuestras necesidades fisiológicas, salimos del baño abrazados, entre arengas y gritos ensordecedores (que asustaban a más de uno), aullidos y bramidos de lo más fenomenales, y en busca de una sola cosa: mujeres. Las imaginábamos, las deleitábamos antes de entrar al boliche. Ahora, pretendíamos degustarlas. Era hora de ir a arrasar, era hora de la cacería, de salir con la lanza a conquistar ninfas, pueblos, ciudades.
Nos dispersamos por la inmensidad del boliche en busca de nuestro objetivo. Generalmente, los efectos del alcohol hacían que la conquista se tornara más simple, mucho menos compleja. Sin preludios, yendo al grano directamente.
Después de un lapso continuado de recorrer el lugar sin buena fortuna, comenzamos a impacientarnos. ¿Dónde estaban las mujeres? Algunos decían que era temprano, otros atinaban a las estadísticas, argumentando que en Buenos Aires hay más hombres que mujeres (lo cual era falso), y muchos otros no se interesaban y continuaban en la búsqueda, ya no sólo de chicas, sino también de más tragos y bebidas.
Comencé a desconfiar. El paisaje era monótono, llano, insoportable: en la pista había hombres y más hombres que bailaban descontroladamente. Y más y más rostros masculinos se cruzaban en cada ida al baño, o en la misma barra, o en el sector VIP.
Me quedé apoyado sobre una baranda del piso de arriba, tomando una cerveza con Mariano y Julián, mientras hacíamos chistes para no angustiarnos, contemplando ese panorama barbudo y asexual para nosotros.
De pronto, saqué de mi bolsillo la entrada del boliche. La examiné, como buscando una explicación a semejante desilusión. Recorrí cada letra, cada número, cada color que había en ese ticket. En el papel predominaban los variados tonos del arcoiris. Y pude descubrir un tanto más abajo del precio, una mínima leyenda en claro color rosa: “GAY NIGHT”.
Claro, cómo no nos habíamos dado cuenta. Desde el piso de arriba comencé a observar todo el boliche: entre la pista, el sector VIP y otros rincones, habría más de dos mil personas. A ojo, saqué un discreto cálculo: mil quinientos hombres (en su mayoría, claramente homosexuales), cuatrocientos travestis y otra mínima cantidad de mujeres (que seguramente eran lesbianas, porque ni una me había mirado en toda la noche, aunque así fuesen heterosexuales tampoco lo hubiesen hecho).
Había para todos los gustos: viejos de más de cincuenta comiéndose la boca, adolescentes como nosotros entrelazados en sillones, apretándose sus partes más íntimas, mujeres arrasando entre sí… hasta un chino homosexual tiraba facha desde la barra cercana a los baños.
Todo se volvió desesperación cuando comprendimos la situación. Nuestras expectativas habían sido aborrecidas, devastadas. Ya no había objetivo, no había a quién conquistar, ningún objeto de deseo que nos comprometiera a seguir en ese lugar. Ya carecía de sentido nuestra permanencia en el boliche.
Con Ezequiel y Julián comenzamos a buscar a todos para avisar sobre la inminente retirada, hasta al mismísimo Mariano que por arte de magia había desaparecido.
Cuando por fin nos reunimos, les informamos de la situación, aunque muchos no le dieron importancia y continuaron su absurda búsqueda, tal vez convencidos de que se toparían con alguna mujer que no fuese una lujuriosa adepta sexual a sus pares femeninos o con algún travesti que no se asimilara en demasía al cinco de cualquier equipo de fútbol.
A lo lejos, entre cabezas de hombres y grandes pelucas color fucsia y amarillo, lo vimos llegar a Mariano. Tenía la boca paspada y dos chupones en el cuello. Venía sonriendo.
- Me comí dos minas… - dijo con mirada altanera y soberbia, y continuó: – No sabés como me dejaron… ¡Mirá!
Con Ezequiel nos miramos a la cara. Una breve sonrisa llena de malicia y satisfacción nos invadió por completo.
- ¿Estás seguro que eran minas? – preguntamos casi al mismo tiempo.
- Si, boludo… ¿qué van a ser?
- ¿No notaste nada raro? – dije yo, divagando entre la perversión y la envidia.
- No – respondió en seco, con enojo y orgullo.
- Cuando puedas andá al proctólogo, te lo recomiendo… aunque sea por control - dijo Ezequiel con su habitual ironía. Mariano no entendía nada, pero estaba feliz.
Hablamos un rato más sobre las caras que se asomaban en la pista de baile, tomamos unas cervezas por mero gusto alcohólico, y decidimos huir, antes que Mariano se tope con alguna otra “mujer”.
De los doce que habíamos ingresado al boliche, habíamos encontrado sólo a cuatro. Entre nosotros no estaban Juncal ni Santiago. Preferí no saber qué había ocurrido con ellos, pero me atemoricé cuando escuché hablar a dos viejos sobre un “túnel” que había en la parte más oscura del boliche, en el que ocurrían actos sexuales de lo más desagradables. También preferí no seguir escuchando (quizás para no tentarme).
Cuando estábamos por llegar a la salida, sentí una palmada en el culo, acompañada de unas uñas que me pellizcaron. No miré hacia atrás, solo sonreí y continué caminando. Es que seguro era Juncal. Le encantaba tocar culos, sea quién fuera. Ése era su saludo característico. Continué caminando un poco más, y volví a sentir un pellizcón, ahora más fuerte, que me provocó dolor. Sin embargo, sonreí y me di vuelta para putearlo cariñosamente. Pero no me encontré con Juncal, sino con una figura mucho más alta (pasaba el metro noventa claramente), con grandes pechos, cara estirada, labios carnosos de mujer, pero barba afeitada de hombre. Me resultó muy conocido: claro, era un famoso travesti de la televisión, sí, era él (o ella), el que bailaba en un programa de las nueve de la noche, con vestidos cortos y ajustados tremendamente provocativos, con el que yo soñaba que jamás se le escapara algo entre sus piernas porque ésa sería la desilusión mas grande de mi vida. Aunque en televisión parecía mucho más compacto y armonioso, en televisión era perfecto. Aunque en televisión, también, me resultaba inalcanzable.
Él se acercó hasta mi oído derecho (para eso tuvo que agacharse un poco), y me dijo sin vacilar:
- Vámonos para casa.
Me asusté. Casi tanto como cuando estuve a punto de quedar afuera del boliche. Mis amigos me observaban. Ezequiel me tomó de la mano e intentaba arrastrarme para huir de esa aberrante situación. Yo quedé postrado, inútil, estático, ante la mirada de esa gigante figura que desde siempre me había resultado imposible. Ahora la tenía aquí, entre mis manos, ofreciéndome una noche probablemente inigualable.
Ezequiel continuaba tirándome del brazo, ahora con la ayuda de Julián. Los dos hacían fuerza para frenar mi anhelo, para imposibilitar el deseo del que me podría arrepentir por el resto de mi vida. Yo continué contemplando al disfrazado de mujer, que tomaba un vaso de cerveza y sonreía, esperando mi respuesta. El alcohol me hacía dudar: sobrio seguramente hubiese esbozado un rotundo no, con desprecio y repugnancia. Pero él y su estampa utópica me lo hacían pensar. Qué piernas tenía, qué buen culo. ¿Cómo no era una mujer?
Entre Ezequiel, Mariano y Julián pudieron hacerme retroceder de un fuerte tirón. El famoso seguía mirándome, riéndose, como podía reírse cuando jugaba con un niño o un bebé. Antes de que pudiera despegarme totalmente de su cercanía, él se acercó hasta mi cuerpo y metió una tarjeta con su número de teléfono en uno de mis bolsillos. Yo sonreí con nervios y desaparecí de la escena con ayuda de mis amigos. Menos mal, hubiese sido una vergüenza. Ahora no sólo serían Juncal y Santiago los tildados de afeminados: yo también figuraría en esa negra lista.
- No, en serio, gracias muchachos. Me salvaron la vida – les dije a mis amigos cuando volvíamos en el colectivo a nuestras casas, ahora mucho más tranquilos después de esa incómoda y espeluznante situación.
Al día siguiente desperté tarde. Las nueve de la noche marcaba mi reloj, puntual para la cena. Sin embargo, no tenía hambre. Me sentía extraño, inexistente. Estaba extenuado: el rigor de la noche siempre traiciona. Pero calavera no chilla, dicen.
En calzoncillos, me acerqué hasta el sillón de mi habitación, donde había dejado el pantalón de jean que había usado la noche anterior. Comencé a vaciarlo. De sus bolsillos caían llaves, el celular, la billetera, la entrada maldita del boliche, papeles varios y una tarjeta. La tarjeta, de fondo blanco y letras negras, decía: “Carlos Rodolfo Chávez – Estrella de TV”, y un tanto más abajo, en fuente cursiva y sugestiva, aseguraba: “Nina”. Di vuelta la tarjeta y encontré un número telefónico, aparentemente de celular. Rápidamente, para calmar esa angustiante sensación de vacío, tomé el teléfono y comencé a marcar. Así, pese a cualquier tipo de consecuencia, decidí llamar al travesti para invitarlo a cenar.
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