jueves, 30 de julio de 2009

Un día

Por Monseñor Pagliaccio
No hay peor juez que tu conciencia y cada noche es un juicio final. Esa almohada que te daba paz, ahora no te para de pinchar.
Yendo, te vas yendo, de todo lo que se quiera acercar. Pedís una copita más que se quiere emborrachar tu humanidad.
Esta noche que no hay tumba para tu cuerpo, queres andar hasta tocar el cielo. La pensas, la soñas, queres una nueva mujer que te convierta en animal.
Tan vació te sentís. La sociedad te exige, te reclama que funciones, que gastes batería así te recargan todo los días, así aportas todos los días. El techo golpea tu cabeza, no te deja pensar y se te va llenando el bolso de responsabilidad.
La felicidad no aparece; es tan fácil de encontrar, que siempre la quieren complicar y hace mucho que esperas en esta calle fría, abrigado por tu disfraz, mirando su puerta, ya te cuesta respirar. En cuero arrancas a caminar, pero en la primera esquina la autoestima te mira mal. El miedo no te deja cruzar, los dedos no paran de señalar, de suerte encontras un traje donde te podes resguardar. Acomodas tu corbata y te perdes con los demás.
Caminando lento, con faso en mano, vas a juntarte con amigos para olvidar esta sociedad, para remplazar la soledad. El tiempo no la para de agitar y se va a pudrir mal, ya la va a pagar ese tic-tac.
Queres estar libre de vos mismo, encontrar la simpleza. En tus suburbios tu corazón marginado sale a robar unas cuantas caricias. Cada día que pasa un error mas aparece, te despierta, te avisa que esa baldosa no se tiene que volver a pisar, que ya demasiadas lágrimas salpicaron tus zapatillas.
Nadie sabe como y cuanto hiere a los demás. Nunca te vas a enterar todo lo que hiciste mal. Fiel a vos mismo queres ser, que el sueño sea tu abrigo otra vez, no te queres preocupar de más.
Te perdes en el ruido y el alcohol. Acompañado en este barco, vas buscando tierra nueva donde no haya tiempo, donde todo sea espontáneo y sincero, donde no exista el miedo.
No queres parar. Cuando paras, la cabeza no para de preguntar y ya no queres escuchar. No tenes respuestas, solo un corazón tartamudo y una lengua que traduce mal.
¿Cuando será el día que decida despertar?

domingo, 26 de julio de 2009

El momento

Por M. P.
Veo el humo negro sobre el agua, y mi cabeza justo a estallar, mi suerte esta en sus manos, la mía y la de muchos como yo.
No sé donde escapar, me tienen rodeado, lo ultimo de mi día lo recuerdo bebiendo junto al mar.
Lejanas utopías quedaron, lejanos sueños de conquistar por un momento la adolescencia que pensábamos.
Veía tirado en la arena una luz lejana, que me decía “vení, todo acá es mejor”. Sin dudas pensé que era lo mejor nadar como un pez, sentirme libre en el mar y llegar al infinito, a la increíble luz que me llamaba.
Un flash de una cámara me hizo volver a la realidad.
Era un amigo que decía: “mirá que lindo que es”.
Por un instante se me vino a la cabeza golpearlo por cortar con mi momento, en vez de dejarme sentir mi juventud.
Hoy ya no puedo imaginar esos viejos tiempos, hoy ya tengo responsabilidades, hoy ya crecí.
Pero hay algo que llevo bien dentro mío. Loco de pensar, pero ellos son el momento y mi amigo.

lunes, 20 de julio de 2009

La amistad, adictiva locura itinerante

Para los amigos que están y los que no en la foto.

domingo, 19 de julio de 2009

El amor occidental y privado

Por M. A.
Las cadenas del amor son tan fuertes como las de la propiedad privada. Decir “eso es mío, mío, mío y de nadie más” es igual a decir “ella es mía, mía, mía y de nadie más”. Mi amor, mi osito, mi gordo, mi gorda, mi vida... tanta ilusoria exclusividad me hace doler la cabeza, como esa fatal mezcla entre un malbec barato y un porro paraguayo en medio del anochecer, cuando los gatos pardos comienzan a cruzarse en las terrazas de los edificios. Pero, claro, calavera no chilla: algunas mezclas hacen bien.
Resacas de un cristianismo ya crucificado, etiquetas de antaño que ya nadie puede despegar, costumbres que hace tiempo quedaron en offside... Vaya a saber uno qué perverso mandato nos empuja hacia el abismo del delirium tremens que significa regalar nuestras vidas a otro, ofrendarla como un chaleco antibalas en liquidación, como un trago de cianuro disfrazado de felicidad, como un cigarrillo que se estaciona en la boca de uno pero que sin embargo va matando a todos los demás.
Y siguiendo las reglas de la perfecta sociedad occidental –por comodidad, más que por simpáticas preferencias- nos arrojamos a ese precipicio. ¡Mañana seremos grandes, tendremos hermosos niños rubios, un Mercedes en el garaje del loft de Avenida Libertador o en la puerta del chalet de Pilar, y a su lado una bella mujer que nos espere vestida de negro igual que la avasallante noche para arrancarnos la corbata y todos nuestros últimos sueños!

Ya recorrí los suburbios y las ponzoñas de la soledad. Las lágrimas y los años, en vez de afirmar ciertas cosas, me arrebataron todas las certezas. Pero llegué a una conclusión: el amor es un misterio que nadie puede explicar. Es el último de los enigmas matemáticos irresueltos, la bala de plata que no encontró a su dueño, es Edipo besando a Yocasta junto a la sangre derramada de Layo, es una y mil cosas a la vez. Arrojarse al abismo de la eternidad incondicional e inquisidora, encadenarse a un único amor de por vida, es acabar por completo con todos esos misterios. ¿Y después, qué...?

domingo, 12 de julio de 2009

09:09

Por Monseñor Pagliaccio
Se parece en algo a mí, nunca sabe bien que decir. Se asemeja en algo a mí, siempre le es difícil sentir.
Espera un milagro, que alguien se detenga, que alguien entienda y el último tren se va.
Cada día jode más la sociedad, ya no hay en que pensar, ya no hay preguntas que contestar. Todos construyen sus mundos y no les importa si le tapan el sol a los demás.
Se parece en algo a mí, tan adicto a soñar. Se asemeja en algo a mí, la noche no puede dejar.
Caminando con la boca cosida me pierdo en la ciudad, con la duda tatuada en el corazón me tiro y solo pienso en no pensar.
Se parece en algo a mí, nunca sabe bien que decir. Se asemeja en algo en mí, siempre le es difícil sentir.

miércoles, 8 de julio de 2009

Malos tiempos para la lírica

Por A. Calamaro
Ángel Cappa, auténtico caballero andante, embajador de las mejores cualidades del argentino de ley, volvió (siempre está volviendo, como Pichuco) para dirigir el Globo; un Huracán que hace más de treinta años no conocía la gloria, pero sí los pasillos del sufrimiento; después de no demasiados domingos el rumor se extendió por las veredas, los cafetines y los taxis: Huracán estaba jugando muy bien, volvía el fútbol lindo y estaba ganando partidos.Huracán se convirtió en una verdadera ilusión, más allá del ámbito balompédico, frente a los contratos millonarios del fútbol europeo, frente a la gripe pandémica, frente a las elecciones diestras, frente a los molinos de viento, este pequeño gran equipo quería revivir sus años gloriosos, aquellos primeros setenta con Menotti y su ballet; para los que lo queremos, era la reválida de la filosofía de Ángel Cappa, hombre de fútbol y de militancia, de tertulia polenta, de bigote finito; la percha y las convicciones de Ángel.


Ésta no sería Argentina con finales felices, es el mundo del revés y lo cantaba clarito María Elena; la historia también tiene lugar para los quijotes, para las penas mexicanas ahogadas en tequila, para los que nadaron el mar y se ahogaron a dos metros de la orilla, para las finales perdidas injustamente, para los tangos tristes. El fútbol no sería lo que es sin su componente lírico y humano, sin aquellos que van a mojarse en invierno; la música no sería lo que es sin su componente lírico, sin aquellos que van a mojarse en invierno; la música es de aquellos que la quieren escuchar y de nadie más, y supongo que el fútbol también.


No recuerdo una tertulia sin Cappa, Angelito le ponía letra y música a la charla, yo nunca le devolví una pelota buena en el truco; una vez se separaron los caminos, pero “no hay olvido cuando existen la amistad y el respeto”; Ángel fue a dirigir, yo me fui de viaje submarino, y después de veinte mil leguas nos estamos escribiendo para prometernos chamuyo del bueno y ningún partido de truco.