domingo, 19 de julio de 2009

El amor occidental y privado

Por M. A.
Las cadenas del amor son tan fuertes como las de la propiedad privada. Decir “eso es mío, mío, mío y de nadie más” es igual a decir “ella es mía, mía, mía y de nadie más”. Mi amor, mi osito, mi gordo, mi gorda, mi vida... tanta ilusoria exclusividad me hace doler la cabeza, como esa fatal mezcla entre un malbec barato y un porro paraguayo en medio del anochecer, cuando los gatos pardos comienzan a cruzarse en las terrazas de los edificios. Pero, claro, calavera no chilla: algunas mezclas hacen bien.
Resacas de un cristianismo ya crucificado, etiquetas de antaño que ya nadie puede despegar, costumbres que hace tiempo quedaron en offside... Vaya a saber uno qué perverso mandato nos empuja hacia el abismo del delirium tremens que significa regalar nuestras vidas a otro, ofrendarla como un chaleco antibalas en liquidación, como un trago de cianuro disfrazado de felicidad, como un cigarrillo que se estaciona en la boca de uno pero que sin embargo va matando a todos los demás.
Y siguiendo las reglas de la perfecta sociedad occidental –por comodidad, más que por simpáticas preferencias- nos arrojamos a ese precipicio. ¡Mañana seremos grandes, tendremos hermosos niños rubios, un Mercedes en el garaje del loft de Avenida Libertador o en la puerta del chalet de Pilar, y a su lado una bella mujer que nos espere vestida de negro igual que la avasallante noche para arrancarnos la corbata y todos nuestros últimos sueños!

Ya recorrí los suburbios y las ponzoñas de la soledad. Las lágrimas y los años, en vez de afirmar ciertas cosas, me arrebataron todas las certezas. Pero llegué a una conclusión: el amor es un misterio que nadie puede explicar. Es el último de los enigmas matemáticos irresueltos, la bala de plata que no encontró a su dueño, es Edipo besando a Yocasta junto a la sangre derramada de Layo, es una y mil cosas a la vez. Arrojarse al abismo de la eternidad incondicional e inquisidora, encadenarse a un único amor de por vida, es acabar por completo con todos esos misterios. ¿Y después, qué...?

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