miércoles, 12 de agosto de 2009

Hombre Beta



Por Hernán Ortiz


“…Aprovechando la ausencia de Urquiza, que asistía en Santa Fe a la inauguración del Congreso Constituyente, el 11 de septiembre de 1853 estalló una revolución en Buenos Aires. El movimiento reclamaba la renuncia del gobierno y la nulidad del Acuerdo de San Nicolás, al tiempo que proclamó como gobernador al jefe del movimiento, Valentín Alsina. Pero casi simultáneamente, tropas federales que respondían a los intereses del Litoral sitiaron Buenos Aires exigiendo el cumplimiento del acuerdo.
El Congreso Constituyente finalmente pudo reunirse, sin contar con la presencia porteña. Las bases de Alberdi y el modelo de Constitución de Estados Unidos, sirvieron como puntos de partida en la redacción del texto final.
Ante la resistencia porteña, Urquiza decidió bloquear el puerto de Buenos Aires, pero cometió el error de poner al frente de la escuadra al coronel norteamericano John Halsted Coe. El Marino yanqui vendió la escuadra a Buenos Aires el 20 de julio de 1853 por 5000 onzas de oro y se terminó el bloqueo…” *


Me quité los anteojos –Pigna es un pelotudo, me dije a mí mismo- y los apoyé en la mesita de luz, junto a la base del velador. Había terminado el capítulo quince y no quería ni espiar el principio del dieciséis por miedo a caer en la tierna tentación constante de mi amante, por siempre eterna. Cerré los ojos y con mis dedos pulgar e índice apreté la parte superior de mi tabique, realizando con ellos un leve y agradable movimiento de arriba hacia abajo. Abrí los ojos y parpadee algunas veces: estaba somnoliento. Me disponía a acomodar la cabeza en la almohada mientras pensaba:

- Ya desde 1853 nos cagaban estos yanquis hijos de puta. Tomamos su modelo de Constitución, y después, ¡Je! ¡Los brasileros entran a Buenos Aires de la mano de Urquiza! ¡Entrerriano cagón, traidor y antinacionalista de mierda! Para mí que este las quería todas para él, como todos estos corruptos…

Bostecé. Me dormí. Al día siguiente luego de bañarme y desayunar, salí con la barba bien prolija, como corresponde; abalanzábame junto a mis hermanos (tan inocentes, románticos y neoliberales) en medio de esa gran marea negra de corbatas y maletines, en busca de héroes, genocidas y traidores editados en oros finos y flexibles. Para las noches dejaba entonces, los escasos momentos de alimentar aquellas deterioradas y joviales utopías adolescentes, tan expuestas como excitadas, tan longevas como acechadas por una parca peculiarmente rechoncha. Vergonzosamente, aquel proceso involutivo se me hacía cada vez más cómodo y familiar: mi vida comenzaba a estructurarse, como todas las demás. Mientras, Justo José de Urquiza, ensangrentado, continuaba buscando su pistola en el dormitorio del Palacio de San José.



* Fragmento extraído de “Biografía de Justo José de Urquiza” (1801 - 1870) de Felipe Pigna.

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