Por Manuel Alfieri
El General Don José de San Martín llegaba desde el sur victorioso, tras ser nombrado con un cargo que realmente no deseaba, el de Protector del Perú, pero sin embargo se encontraba abatido, cansado y hambriento. Hacía pocos años había padecido de varias enfermedades, entre ellas tuberculosis. En su cuerpo pesaban las batallas, la lucha por una libertad soñada y las carencias de un largo camino desprovisto de lujos pero no por eso vulgar. Sin embargo, y pese a todo tipo de privilegio que podía presentarse tras su andar -ya sea por simple fanatismo o grosero cholulaje revisteril-, el General siempre había mantenido la decisión de repartir las escasas provisiones entre los hombres de su ejército libertador en partes iguales. Allí, en aquella época y en algunos de aquellos hombres, la vida tenía un significado, un conjunto de principios, un fundamento más pesado que las vigas de cualquier lujoso rascacielos: no importaba morir; siempre y cuando se hubiese muerto luchando por algo.
Simón Bolívar, unos años más joven, quizás más entero pero no lejos del sacrificio realizado por San Martín, arribaba desde el norte. El encuentro fue fugaz, efímero como la felicidad o los breves efectos de algún psicotrópico. Era verano de 1822, y en una ciudad caribeña como Guayaquil era fácil dejar de lado los tedios de la lucha libertadora por un rato, sobre todo cuando por la tarde atestada de calor aparecían en escena unas hermosas pobladoras originarias a refrescar sus cuerpos en lo azul de la costa, y los primeros tragos comenzaban a endulzar las bocas de aquellos dos gigantescos hombres.
San Martín: - A la mierda, esto está fuerte, eh... ¿Qué carajo es?
Bolívar: - Un poco de ron con limón y hielo… ¡No sea marica, Don José! ¡En Cuba lo toman como si fuese leche!
S. M: - Si, me sabe a leche de esclavo, la puta que los parió. ¿Es de escabiar mucho usted, Simón?
B: - Y… después de tanto sufrimiento es bueno relajarse un poco, ¿no?... Pero, como siempre le digo a mis muchachos, no hay que joder con la bebida cuando se está en medio de una campaña.
S. M: - Eso seguro, yo tenía a un par de negros choborras en el Ejército de los Andes que los tuve que sacar a patadas en el culo. Casi lo rajo al negro Cabral, ese le daba duro, pero cebaba buenos mates y gracias a eso se quedó para después salvarme la vida… Disculpe, ¿Fuma, Simón?
B: - Oh, por favor, viene bien a esta hora. Uhh… Son buenos, ¿de donde los sacó?
S. M: - Me los regaló O`Higgins, en Chile. Los conservé para un momento como este. Usted sabe, como dije alguna vez, que podremos andar en pelotas y sin dinero, pero nunca nos faltará la carne y el tabaco. Cambiando de tema, Simón, mire lo que son las negras en el mar eh, ¡qué culos! ¡qué maravilla, Simón!
B: - Ni me lo diga, Don José, ni me lo diga…
S. M: - Usted tiene fama, eh.
B: - ¿De qué? ¡No me diga que entre los soldados se anda diciendo que soy maricón!
S. M: - No, Simón, por favor, ¡todo lo contrario!... Se dice que usted, bueno, ya sabe… cómo decirle… ¡bueno, que usted es terrible putañero!
B: - Je, je, ¡un brindis por eso!... Ah, menos mal, Don José, me había asustado… Pobre Belgrano, a ese sí que le hicieron fama de puto, y eso que se garchó a medio Virreinato del Río de La Plata…
S. M: - ¡Y fumaba como un hijo de puta! Si fue él quien quiso incentivar la producción de cáñamo, y no le dieron pelota… Claro, sabían que se la quería fumar toda. ¡Qué atorrante, eh!
B: - Don José, ¿esa negra viene para acá?
S. M: - Mierda, parece que si... Y está en pelotas. Mire qué tetas, por favor. Negras, redondas, ya me imagino mamándolas como Saavedra le chupó el culo a los españoles.
B: - Vamos, Don José, sáquelo…
S. M: - ¿Que saque qué?
B: - Usted ya sabe General, ¿o no es el “Santo de la Espada”?, je, je…
S. M: - Simón, ¿no le parece un tanto inapropiado?
B: - Mire, Don José, mi viejo me enseñó algo que nunca olvidaré. Cuando tenía 13 años me llevó a un prostíbulo de mis tierras y me dijo al oído: “ante la duda, pelar poronga”. Siempre le hice caso, y de ahí mi fama, ¿vio?...
S. M: - Shh, ahí viene, Simón, ahí viene…
Cuenta la historia que después de una ronda infinita de ron, tabaco y otras sustancias, la negra, llamada Chona, convenció a los dos generales para invitarlos a una fiesta por la noche. Allí mismo, emponzoñada por esas dos figuras enormes que eran San Martín y Bolívar, la nativa decidió llevarlos a una cueva cercana a la costa, y un jolgorio de pasión sexual y efervescente adrenalina se desató durante toda la madrugada hasta que los primeros amagues del sol se hicieron gambeta y chocaron contra las pupilas dilatadas de los tres hedonistas.
Algunos serios historiadores dicen que el desencuentro entre los dos grandes libertadores del continente se dio por diferencias políticas e ideológicas, y hasta muchos comentan que fue, en realidad, porque Bolívar negó la entrega de soldados al ejército de su tocayo. Lamento decepcionarlos, queridos amigos, pero la historia oficial cuenta con muchos profesionales del machismo que no han sabido darle a la mujer el verdadero lugar histórico que se merece. Sí, San Martín y Bolívar no volvieron a verse jamás por el amor que compartían hacia Chona.
Después de aquella noche de lujuria, los dos quedaron obnubilados ante semejante figura, y sus corazones, ennegrecidos tras duras y largas batallas, volvieron a latir al compás del ritmo del amor. Además, la siempre inseparable Remedios de Escalada se encontraba lejos y enferma. Chona, incapaz de elegir a uno de ellos y acostumbrada a despojarse de toda moralina, propuso quedarse con los dos, y así repetir eternas escenas de amor bajo el atardecer de las costas ecuatorianas.
Cuando todo parecía llegar a un acuerdo, de la mano de la mañana también llegó la sobriedad propia de la resaca. San Martín y Bolívar se miraron con infinito respeto durante unos segundos, sin siquiera balbucear una palabra. Al instante, y de forma casi imperceptible, bajaron las cabezas y cada uno comenzó a marchar hacia la dirección opuesta. Desde ese día, no se vieron nunca más. Los cerebros de los libertadores, aunque muy capaces, pecaron de occidentales.
Nota de los (i)rresponsables del Blog: el autor no goza de salud mental como para aseverar los datos expuestos en su artículo. Disculpen las molestias.