martes, 20 de octubre de 2009

La Liga siempre llama tres veces

Por Enrique Vila Matas
Pocas veces se ha hablado tanto de fútbol y, al mismo tiempo, se ha hablado tan poco. Salvo unos cuantos estudiosos como Guardiola o algunos fanáticos, ya casi nadie habla específicamente de fútbol, sino de cuestiones más bien extradeportivas. Es una fatalidad de los tiempos y sucede en las mejores familias. En el mundo de la poesía, por ejemplo, no se habla de poesía, sino de los premios Loewe, y eso a pesar de que, como decía Wallace Stevens, la poesía es el tema del poema.
El fútbol puede hacer más soportable el tedio de lo humano, quizás porque sabe poner en práctica sobre los rectángulos de juego las estrategias tácticas más entretenidas. Tal vez por eso aún resulta más difícil comprender que hoy en día interese más lo que sucede fuera de los terrenos de juego que dentro. Interesa más, por ejemplo, el filo del canalón del sonámbulo Laporta que la poderosa ciencia futbolística que despliega actualmente el Barça.
Y lo peor es que ni siquiera hemos tocado fondo en esa cháchara demencial futbolera, un parloteo que se extiende en todas las direcciones y se persona cada día con mayor insolencia tanto en carcajeantes informativos como en las retransmisiones de partidos de fútbol por televisión. No hay forma (en TVE-1, con Zubizarreta de comentarista, son la excepción) de que nos digan con una cierta sobriedad qué sucede sobre el rectángulo de juego, qué jugadores intervienen en aquel momento o, como mínimo, tal como todavía es posible en la BBC, nos dejen oír el sonido ambiente, la ilusión abstemia de estar en el campo. Hablan todo el rato de estadísticas, de goles marcados en el siglo pasado, de la programación tan cutre de su canal, del asiento de la Bernarda, hablan de todo salvo de la jugada. Y así no es extraño comprobar, partido a partido, cómo un equipo trenza una jugada interesante y se acerca a la portería contraria y los espumosos locutores siguen perorando sobre el fracaso olímpico de Madrid, hablando de cualquier cosa menos del partido, de modo que cuando llega el gol les pilla en pleno éxtasis de copa y puro y pasan a mostrar su estupor ante las extrañas consecuencias de una jugada que simplemente no han visto y que parecen pedirnos que les expliquemos.
"Ser líder a falta de 32 jornadas es una ventaja inútil", respondió Guardiola un día antes de jugar contra el Almería y ante la posibilidad de que el Madrid, al enfrentarse al Sevilla, pudiera mostrar sus puntos débiles. Apenas fue escuchado porque todo el mundo andaba en ese momento preocupándose del vértigo profesional de Laporta. El Almería se presentó con una estrategia más antigua que el cerrojo que practicara en los años cincuenta la Real Sociedad, precursor del catenaccio. Lo sorprendente fue que no cesó de recibir elogios la táctica de Hugo Sánchez. Sin embargo, vi el partido en un canal de la televisión colombiana y allí, como eran neutrales, no cesaban de advertir que el Almería no jugaba al fútbol.
En cualquier caso, fue interesante ver cómo el entrenador barcelonista contrarrestaba sobre la marcha el obsesivo cerrojo rival. Para lo bueno y para lo malo, destacó Pedro-Pedrito-Pedro, el nuevo invento de Guardiola. "El Almería nos ha tomado la medida, pero Pep hizo una lectura adecuada del partido", declaró Laporta. Y observé que, una vez más, nadie le preguntaba, por ejemplo, si admira verdaderamente a Guardiola o, en el fondo, más bien le da dentera y desearía su perdición porque lo detesta.
Los jugadores que Guardiola descubre, llegan en el Sevilla de la mano del sagaz Monchi. Los Busquets y Pedro del Sevilla se llaman este año Konko, Zokora y Perotti. Son la cantera -en este caso, extranjera- que se saca cada año de la manga el intuitivo manager sevillano. Gracias a Monchi quizás aún nos podamos divertir en este Liga. El Madrid no se molestó este año en completar su plantilla y olvidó fichar un central y un defensa izquierdo. Aunque todo el mundo lo vio en la pretemporada, se pensó que Cristiano Ronaldo, Benzema y Kaká lo arreglarían todo. Pero Kaká, por ejemplo, se arruga en los frentes más bélicos. Y a Benzema le estorba Raúl. Con todo, como ya dijo Guardiola, ser líder a estas alturas de la Liga es pura anécdota. Nos divertiremos. Parecía todo destinado para la monótona carrera de los dos grandes, pero con un poco de suerte Konko y Zokora animarán el baile y una vez más volverá a producirse ese discreto fenómeno que se repite año tras año y que en tantas ocasiones casi nos pasa inadvertido: en algún momento de su recorrido, la Liga siempre llama tres veces.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Cosas que a la gente no le interesan

Por M. A.
Si salgo con una chica a tomar una cerveza, la trato como si fuese inferior y luego la asesino, después de 517 años nadie va a recordar impunemente eso como un "encuentro", sino como un aberrante asesinato. Ahora, ¿por qué no sucede lo mismo con el "descubrimiento de América"?

lunes, 14 de septiembre de 2009

Sorpresas

Por M. A.
Llegamos a la casa de Santiago excitados. Tocamos el timbre, esperando por su salida, mientras hablábamos sobre el boliche al que arribaríamos en pocas horas.
La medianoche se aproximaba con severa inmensidad. La luna cubría una mínima parte del oscuro paisaje violáceo del cielo, pero con su luminosidad alumbraba las calles de todo ese barrio decaído. Hacía largo tiempo que no éramos tantos: diez, conté exactamente con los dedos de mis manos. Y todos hombres.
Santiago salió humedecido de una reciente ducha. Estaba radiante, espléndido, recién afeitado, perfumado. Abrió la puerta con inseguridad, entre una risa tímida y una mueca desconfiada. Cuando lo saludé, le palmeé la nuca, y pude comprobar que tenía el cabello suave como nunca. También parecía haberse pintado los labios, por lo que todos nos burlábamos de él.
Podíamos esperar cualquier cosa de Santiago: una noche, pasado de alcohol y otras sustancias, repartió besos en la boca de todos los integrantes del grupo de amigos, sin distinguir edad, color ni, principalmente, sexo. En otra salida, más precisamente en una reunión entre amigos y amigas del secundario, surgió un tópico sobre “los hombres más lindos de la división”. Como era de esperarse, sólo las chicas del curso discutían sobre los pocos privilegiados que se destacaban en medio de esa superficial conversación. Nosotros, ajenos a la situación (pero sin perder de vista ningún comentario), escuchábamos un tanto más lejos, mientras saboreábamos dos grandes de mozzarella con jamón y morrones. Inesperadamente, Santiago se paró de su lugar, levantó la mano y, otra vez con algunas copas encima, afirmó con voz suave y aguda: “Para mí, lejos, el más fachero es Hernán”. No lo dijo con pretensiones amorosas ni mucho menos, pero quedó marcada como una de las ocurrencias más salientes (y reveladoras, por qué no) del grupo de amigos.
Ingresamos a la casa de Santiago entre golpes, gritos desaforados y chistes malísimos. Alguna que otra adolescente tocada de culo, también. Abrimos las cervezas que traíamos con nosotros y empezamos a beber algunos tragos para calmar la ansiedad. Debíamos esperar por la llegada de algunos amigos más, para luego partir hacia el boliche.
El boliche que esperaba por nosotros nos resultaba desconocido. Algunos habíamos ido en pocas y circunstanciales ocasiones, pero la mayoría no recordaba qué ni cómo era ese lugar, seguramente acosados por la continuada ingesta de alcohol que habían sufrido nuestro cuerpo y nuestro cerebro en aquellos días. Sin embargo, estábamos excitados por la información (de la que muchos desconfiábamos) que había llegado a nuestros oídos: hoy, sábado, noche de canilla libre.
Cuando ya éramos más de doce, decidimos huir de la casa de Santiago, atormentados por el humo de cigarrillo, la falta de alcohol (ya nos habíamos tomado todo), y una leve calentura corporal que en pocos minutos se transformaría en necesidad.
Fuimos a la parada del colectivo, otra vez entre gritos agudos y descargadores, incipientes peleas de barrio, chistes sexuales (de los que Santiago participaba con excelentes dramatizaciones) y tocadas de culo que se multiplicaban. No éramos un grupo de adolescentes homosexuales: preferíamos tocar nalgas duras y voluptuosas de mujeres increíbles, que seguramente aguardaban por nosotros en el desconocido boliche. Pero para eso deberíamos esperar.
Después de un viaje en colectivo que transitó entre guiños de ojos, tiradas de besos, más chistes sexuales y risas agotadoras, llegamos al boliche de la incertidumbre.
El lugar era imponente, casi medieval. Inmenso, ya que ocupaba más de media manzana. Un gran operativo se había montado en la entrada del boliche: dos patrulleros de policía estaban mal estacionados en la calle, algunos oficiales por ahí (trabajando o coimeando, quién sabe), musculosos patovicas vestidos completamente de negro, con ajustadas remeras que exageraban sus ya increíbles (e inalcanzables, para mí) músculos, handys por los que los encargados del boliche les indicaban quién ingresaba y quién no, pastillas de anabólicos que caían de sus bolsillos, y botas de gran suela que los elevaba hasta superar los dos metros. Sin embargo, tras esa fachada masculina, asomaban ciertos detalles que los delataban: alguno tenía un arito en la nariz, otro se excedía con la cantidad de gel con que se peinaba el cabello, y uno intentaba ocultar un indisimulable tatuaje de Miranda! que lucía en su hombro izquierdo, el cual quedaba al descubierto cada vez que el patovica flexionaba su brazo.
La noche prometía demasiado: yendo para la entrada del lugar ya nos habíamos cruzado con dos rubias de tremendos y redondos culos, pero que lamentablemente iban hacia otro boliche. Cuando me di vuelta una segunda vez para volver a admirar sus figuras, sentí un pellizcón, grité “¡ay!”, y descubrí quién era: Juncal me había tocado nuevamente la nalga derecha.
Seguíamos excitados, ahora más que nunca, al estar tan próximos a ese boliche que saciaría todas nuestras necesidades (naturales, sexuales, alcohólicas, fisiológicas también, drogadictas quizás).
Ya en la fila para ingresar, uno de los patovicas me miraba fulero. Como si yo le provocara algo: amor u odio, no podía descifrarlo. Pero, por conveniencia, prefería que sea amor. Así podría entrar al boliche, situación que en cada noche de salida era provocadora de nervios y angustias. Cuando llegó mi turno para el momento de la verdad, entre desconfianza e inseguridad, atiné a mirarlo y sonreí. Él, serio y con terrible cara de macho, habrá pensado que lo quise seducir:
- Documento – dijo con voz ronca.
Yo se lo entregué en mano, algo nervioso y dubitativo.
- Es viejo esto – aseguró él con desprecio.
- Si, es que el nuevo lo extravié – respondí con seguridad pero con tono entrecortado y vacilante. No quería volver a quedar afuera, no, otra vez no, en esta ocasión estaba sobrio, y tenía las zapatillas adecuadas. No había motivos para no pasar.
El tipo me llevaba una cabeza. La barba candado lo condenaba: era terrible garca, pensé. Observó el documento varias veces, miró la mayoría de sus páginas, examinó la foto con cara de asco, y afirmó:
- No podés pasar con esto.
Casi me largo a llorar. Mis amigos me observaban desde adentro: todos habían pasado sin problemas. Les hice una seña desde la calle, con rostro angustiado, un nudo en la garganta y los ojos lagrimosos. Ellos se acercaron. La inmensidad del patovica nos separaba. Les comenté la situación y uno de ellos se la jugó: Ezequiel, ex barman y conocedor de la noche como pocos, acercó su boca hasta uno de los oídos del represor patova y tiró un apellido: “Meta”, dijo entre susurros. El patovica cambió su cara; su barba candado parecía evaporarse. Una sensación de miedo invadió su ahora pálido rostro, sus afeitadas cejas se levantaron con sorpresa y, cambiando su grave tono de voz por uno mucho más agudo, casi de silbato, se excusó: “Perdón, perdón”, y me dejó pasar, dándome una palmada en la espalda. Yo lo observé con cara de odio, sin comprender demasiado. Él lo miró a Ezequiel, y completó entre risas nerviosas: “Mil disculpas… y no olvide mandarle un cordial saludo al señor Meta”.
Nosotros nos fuimos rápido del lugar donde estaban los patovicas (esos inescrupulosos dictadores de la actualidad, los represores del presente), entre puteadas y un leve enojo que se calmó después de que conseguimos las entradas que aseguraban nuestra dudosa información: “Noche de canilla libre”, decía con letra enorme en los tickets.
Entramos al lugar. El boliche estaba casi completo en su totalidad. Los pocos espacios libres que quedaban se encontraban vomitados o meados, por lo que la gente los esquivaba con dudosas e imprecisas gambetas.
Sin siquiera dudarlo, fuimos directamente a la barra, que encandilaba de tantas luces y colores extravagantes. Los muchachos que repartían tragos eran igual de machos que los patovicas: anabólicos por cada músculo de su cuerpo, aritos hasta en los lugares mas recónditos, más tatuajes de Miranda! o Aerosmith, pelitos parados y demás detalles.
En la barra tuve una interesante conversación con una chica y un chico californiano que esperaban por unos tragos, los que entendieron poco y nada de mi indígena inglés, pero parecían entretenidos. Sin embargo, decidí huir prontamente cuando noté que el muchacho me observaba con ojos cariñosos. Como si se tratara de una señal sobre lo que iba a ser esa noche.
Pedimos varias cervezas. Luego de beberlas, sacamos unos tragos que nos recomendó Ezequiel, conocedor de gustos alcohólicos si los hay. Al rato de ingerirlos, tomamos más cervezas, una ronda de tequila y finalizamos descorchando un champán que en pocos minutos se acabó.
Ya estábamos listos: un leve ardor sacudía nuestras gargantas, acosadas por la bebida y el cigarrillo, y nuestra conciencia iba dejando paso a los vagos efectos del alcohol.
Luego de satisfacer nuestras necesidades fisiológicas, salimos del baño abrazados, entre arengas y gritos ensordecedores (que asustaban a más de uno), aullidos y bramidos de lo más fenomenales, y en busca de una sola cosa: mujeres. Las imaginábamos, las deleitábamos antes de entrar al boliche. Ahora, pretendíamos degustarlas. Era hora de ir a arrasar, era hora de la cacería, de salir con la lanza a conquistar ninfas, pueblos, ciudades.
Nos dispersamos por la inmensidad del boliche en busca de nuestro objetivo. Generalmente, los efectos del alcohol hacían que la conquista se tornara más simple, mucho menos compleja. Sin preludios, yendo al grano directamente.
Después de un lapso continuado de recorrer el lugar sin buena fortuna, comenzamos a impacientarnos. ¿Dónde estaban las mujeres? Algunos decían que era temprano, otros atinaban a las estadísticas, argumentando que en Buenos Aires hay más hombres que mujeres (lo cual era falso), y muchos otros no se interesaban y continuaban en la búsqueda, ya no sólo de chicas, sino también de más tragos y bebidas.
Comencé a desconfiar. El paisaje era monótono, llano, insoportable: en la pista había hombres y más hombres que bailaban descontroladamente. Y más y más rostros masculinos se cruzaban en cada ida al baño, o en la misma barra, o en el sector VIP.
Me quedé apoyado sobre una baranda del piso de arriba, tomando una cerveza con Mariano y Julián, mientras hacíamos chistes para no angustiarnos, contemplando ese panorama barbudo y asexual para nosotros.
De pronto, saqué de mi bolsillo la entrada del boliche. La examiné, como buscando una explicación a semejante desilusión. Recorrí cada letra, cada número, cada color que había en ese ticket. En el papel predominaban los variados tonos del arcoiris. Y pude descubrir un tanto más abajo del precio, una mínima leyenda en claro color rosa: “GAY NIGHT”.
Claro, cómo no nos habíamos dado cuenta. Desde el piso de arriba comencé a observar todo el boliche: entre la pista, el sector VIP y otros rincones, habría más de dos mil personas. A ojo, saqué un discreto cálculo: mil quinientos hombres (en su mayoría, claramente homosexuales), cuatrocientos travestis y otra mínima cantidad de mujeres (que seguramente eran lesbianas, porque ni una me había mirado en toda la noche, aunque así fuesen heterosexuales tampoco lo hubiesen hecho).
Había para todos los gustos: viejos de más de cincuenta comiéndose la boca, adolescentes como nosotros entrelazados en sillones, apretándose sus partes más íntimas, mujeres arrasando entre sí… hasta un chino homosexual tiraba facha desde la barra cercana a los baños.
Todo se volvió desesperación cuando comprendimos la situación. Nuestras expectativas habían sido aborrecidas, devastadas. Ya no había objetivo, no había a quién conquistar, ningún objeto de deseo que nos comprometiera a seguir en ese lugar. Ya carecía de sentido nuestra permanencia en el boliche.
Con Ezequiel y Julián comenzamos a buscar a todos para avisar sobre la inminente retirada, hasta al mismísimo Mariano que por arte de magia había desaparecido.
Cuando por fin nos reunimos, les informamos de la situación, aunque muchos no le dieron importancia y continuaron su absurda búsqueda, tal vez convencidos de que se toparían con alguna mujer que no fuese una lujuriosa adepta sexual a sus pares femeninos o con algún travesti que no se asimilara en demasía al cinco de cualquier equipo de fútbol.
A lo lejos, entre cabezas de hombres y grandes pelucas color fucsia y amarillo, lo vimos llegar a Mariano. Tenía la boca paspada y dos chupones en el cuello. Venía sonriendo.
- Me comí dos minas… - dijo con mirada altanera y soberbia, y continuó: – No sabés como me dejaron… ¡Mirá!
Con Ezequiel nos miramos a la cara. Una breve sonrisa llena de malicia y satisfacción nos invadió por completo.
- ¿Estás seguro que eran minas? – preguntamos casi al mismo tiempo.
- Si, boludo… ¿qué van a ser?
- ¿No notaste nada raro? – dije yo, divagando entre la perversión y la envidia.
- No – respondió en seco, con enojo y orgullo.
- Cuando puedas andá al proctólogo, te lo recomiendo… aunque sea por control - dijo Ezequiel con su habitual ironía. Mariano no entendía nada, pero estaba feliz.
Hablamos un rato más sobre las caras que se asomaban en la pista de baile, tomamos unas cervezas por mero gusto alcohólico, y decidimos huir, antes que Mariano se tope con alguna otra “mujer”.
De los doce que habíamos ingresado al boliche, habíamos encontrado sólo a cuatro. Entre nosotros no estaban Juncal ni Santiago. Preferí no saber qué había ocurrido con ellos, pero me atemoricé cuando escuché hablar a dos viejos sobre un “túnel” que había en la parte más oscura del boliche, en el que ocurrían actos sexuales de lo más desagradables. También preferí no seguir escuchando (quizás para no tentarme).
Cuando estábamos por llegar a la salida, sentí una palmada en el culo, acompañada de unas uñas que me pellizcaron. No miré hacia atrás, solo sonreí y continué caminando. Es que seguro era Juncal. Le encantaba tocar culos, sea quién fuera. Ése era su saludo característico. Continué caminando un poco más, y volví a sentir un pellizcón, ahora más fuerte, que me provocó dolor. Sin embargo, sonreí y me di vuelta para putearlo cariñosamente. Pero no me encontré con Juncal, sino con una figura mucho más alta (pasaba el metro noventa claramente), con grandes pechos, cara estirada, labios carnosos de mujer, pero barba afeitada de hombre. Me resultó muy conocido: claro, era un famoso travesti de la televisión, sí, era él (o ella), el que bailaba en un programa de las nueve de la noche, con vestidos cortos y ajustados tremendamente provocativos, con el que yo soñaba que jamás se le escapara algo entre sus piernas porque ésa sería la desilusión mas grande de mi vida. Aunque en televisión parecía mucho más compacto y armonioso, en televisión era perfecto. Aunque en televisión, también, me resultaba inalcanzable.
Él se acercó hasta mi oído derecho (para eso tuvo que agacharse un poco), y me dijo sin vacilar:
- Vámonos para casa.
Me asusté. Casi tanto como cuando estuve a punto de quedar afuera del boliche. Mis amigos me observaban. Ezequiel me tomó de la mano e intentaba arrastrarme para huir de esa aberrante situación. Yo quedé postrado, inútil, estático, ante la mirada de esa gigante figura que desde siempre me había resultado imposible. Ahora la tenía aquí, entre mis manos, ofreciéndome una noche probablemente inigualable.
Ezequiel continuaba tirándome del brazo, ahora con la ayuda de Julián. Los dos hacían fuerza para frenar mi anhelo, para imposibilitar el deseo del que me podría arrepentir por el resto de mi vida. Yo continué contemplando al disfrazado de mujer, que tomaba un vaso de cerveza y sonreía, esperando mi respuesta. El alcohol me hacía dudar: sobrio seguramente hubiese esbozado un rotundo no, con desprecio y repugnancia. Pero él y su estampa utópica me lo hacían pensar. Qué piernas tenía, qué buen culo. ¿Cómo no era una mujer?
Entre Ezequiel, Mariano y Julián pudieron hacerme retroceder de un fuerte tirón. El famoso seguía mirándome, riéndose, como podía reírse cuando jugaba con un niño o un bebé. Antes de que pudiera despegarme totalmente de su cercanía, él se acercó hasta mi cuerpo y metió una tarjeta con su número de teléfono en uno de mis bolsillos. Yo sonreí con nervios y desaparecí de la escena con ayuda de mis amigos. Menos mal, hubiese sido una vergüenza. Ahora no sólo serían Juncal y Santiago los tildados de afeminados: yo también figuraría en esa negra lista.
- No, en serio, gracias muchachos. Me salvaron la vida – les dije a mis amigos cuando volvíamos en el colectivo a nuestras casas, ahora mucho más tranquilos después de esa incómoda y espeluznante situación.
Al día siguiente desperté tarde. Las nueve de la noche marcaba mi reloj, puntual para la cena. Sin embargo, no tenía hambre. Me sentía extraño, inexistente. Estaba extenuado: el rigor de la noche siempre traiciona. Pero calavera no chilla, dicen.
En calzoncillos, me acerqué hasta el sillón de mi habitación, donde había dejado el pantalón de jean que había usado la noche anterior. Comencé a vaciarlo. De sus bolsillos caían llaves, el celular, la billetera, la entrada maldita del boliche, papeles varios y una tarjeta. La tarjeta, de fondo blanco y letras negras, decía: “Carlos Rodolfo Chávez – Estrella de TV”, y un tanto más abajo, en fuente cursiva y sugestiva, aseguraba: “Nina”. Di vuelta la tarjeta y encontré un número telefónico, aparentemente de celular. Rápidamente, para calmar esa angustiante sensación de vacío, tomé el teléfono y comencé a marcar. Así, pese a cualquier tipo de consecuencia, decidí llamar al travesti para invitarlo a cenar.

martes, 1 de septiembre de 2009

"La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles; por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse."

Jonathan Swift

jueves, 27 de agosto de 2009

Leonidas Guerrero (Drama en cuatro actos)


A veinte años de una guerra se encuentran, en una celda, dos hombres en situaciones disímiles: uno, Leónidas Guerrero, esta acusado; el otro, el doctor José Velez, está para defenderlo: es el defensor oficial. Este –como toda la generación de ambos- ha sido testigo de esa guerra: pero el primero la ha protagonizado. Lo ha hecho tan bien, que se ha merecido una medalla que pocos tienen y el reconocimiento leal del antiguo enemigo inglés. Ahora, se juzga si sus merecimientos son otros –quizás una condena- por un hecho que, al doctor Velez, no le interesa demasiado conocer, pero que defenderá con su habitual eficiencia.Es el diálogo infructuoso entre dos culturas, dos cosmovisiones.Leónidas Guerrero es una mirada distinta del sistema de premios y castigos, del sistema judicial, de las miserias y glorias de la vida y de la guerra. Y la guerra a la que le tocó asistir a estos hombres que andan por los cuarenta años, es la guerra de los días de nuestra temprana juventud para aquellos que éramos muy jóvenes en los años ochenta.


Ficha Técnica

Elenco: Leonardo Alcarraz Lores (Leónidas Guerrero) y Ricardo Faurix (Dr. José Velez, defensor oficial).
Autor y Director: Daniel Ortiz
Genero: Drama


Teatro La Ratonera (Av. Corrientes 5552, Capital Federal)
Funciones: sábados 12, 19, 26 de septiembre, 3 y 10 de octubre, a las 22:45 hs.


-Estreno el 12 de septiembre (22:45 hs.)-


De cómo el señor Mockinpott consiguió liberarse de sus padecimientos

Misterio es el trabajo, el matrimonio,
la salud, el dinero, hasta el ponerse
los zapatos; en todo está el demonio:
en moverse y, en fin, en no moverse.


La liberación de los padecimientos según Peter Weiss

El autor (1916 – 1982) a través de un recorrido de once breves cuadros nos presenta a modo de farsa, los sucesos inoportunos que el Sr. Mockinpott debe afrontar. Cada uno de ellos representan una institución y su funcionamiento: el sistema penitenciario y judicial, el matrimonio, el sistema laboral, el gobierno, la religión, etc. Al tratarse de una farsa, Weiss, confía el desarrollo de la historia a personajes “tipos”, es decir, aquellos que cumplen con un rol social, claramente definido, sin cuestionamiento moral sobre sus actos. Esto se encuentra estrechamente vinculado con las intenciones políticas, didácticas y estéticas del autor alemán. Debemos aclararlo, su teatro se encuentra enmarcado dentro del plano político y por fuera de los conflictos individuales. Como dramaturgo consideró expresar de manera clara su posición crítica frente a la realidad. Una realidad que va a funcionar como motor de toda su expresión.A diferencia de otras de sus producciones, “De cómo el Sr. Mockinpott consiguió liberarse de sus padecimientos”, no posee un sistema escénico de gran complejidad, los elementos esceno-plásticos aquí utilizados son fácilmente manipulables por los propios actores. El acento se encuentra puesto - y es aquí donde radica para nosotros uno de los mayores puntos de conexión con nuestro recorrido teatral – en el cuerpo. La poética se nutre por los permanentes cruces con el cine mudo, el circo y el mundo del clown.

Ficha técnico artística

Autoría: Peter Weiss
Actuan: Darío Bonheur, Anibal Brito, Tomás Buccella, Leando Cóccaro, Carola Frank, Marcelo Gamarra, Ana Laura Jose, Julian Lastra, Manuel Murillo, Norby Ramirez
Vestuario: Daniel Godoy
Escenografía: Leandro Cóccaro, Daniel Godoy, Gustavo Gabriel Sosa
Maquillaje: Belén Anseloni
Diseño de Luces: Daniel Godoy, Manuel Rincon
Música: Leando Bisogno
Diseño Gráfico: Anibal Brito, Leandro Cóccaro
Asistencia General: Franco Toscano
Puesta en Escena: Daniel Godoy
Dirección: Daniel Godoy

Teatro Liberarte
Av. Corrientes 1555 Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4375-2341
Web: http://www.liberarteteatro.com.ar
Entrada: $ 30,00 - Domingo - 21:00 hs - Hasta el 25/10/2009

martes, 18 de agosto de 2009

El verdadero desencuentro entre San Martín y Bolívar

Por Manuel Alfieri
El General Don José de San Martín llegaba desde el sur victorioso, tras ser nombrado con un cargo que realmente no deseaba, el de Protector del Perú, pero sin embargo se encontraba abatido, cansado y hambriento. Hacía pocos años había padecido de varias enfermedades, entre ellas tuberculosis. En su cuerpo pesaban las batallas, la lucha por una libertad soñada y las carencias de un largo camino desprovisto de lujos pero no por eso vulgar. Sin embargo, y pese a todo tipo de privilegio que podía presentarse tras su andar -ya sea por simple fanatismo o grosero cholulaje revisteril-, el General siempre había mantenido la decisión de repartir las escasas provisiones entre los hombres de su ejército libertador en partes iguales. Allí, en aquella época y en algunos de aquellos hombres, la vida tenía un significado, un conjunto de principios, un fundamento más pesado que las vigas de cualquier lujoso rascacielos: no importaba morir; siempre y cuando se hubiese muerto luchando por algo.
Simón Bolívar, unos años más joven, quizás más entero pero no lejos del sacrificio realizado por San Martín, arribaba desde el norte. El encuentro fue fugaz, efímero como la felicidad o los breves efectos de algún psicotrópico. Era verano de 1822, y en una ciudad caribeña como Guayaquil era fácil dejar de lado los tedios de la lucha libertadora por un rato, sobre todo cuando por la tarde atestada de calor aparecían en escena unas hermosas pobladoras originarias a refrescar sus cuerpos en lo azul de la costa, y los primeros tragos comenzaban a endulzar las bocas de aquellos dos gigantescos hombres.

San Martín: - A la mierda, esto está fuerte, eh... ¿Qué carajo es?
Bolívar: - Un poco de ron con limón y hielo… ¡No sea marica, Don José! ¡En Cuba lo toman como si fuese leche!
S. M: - Si, me sabe a leche de esclavo, la puta que los parió. ¿Es de escabiar mucho usted, Simón?
B: - Y… después de tanto sufrimiento es bueno relajarse un poco, ¿no?... Pero, como siempre le digo a mis muchachos, no hay que joder con la bebida cuando se está en medio de una campaña.
S. M: - Eso seguro, yo tenía a un par de negros choborras en el Ejército de los Andes que los tuve que sacar a patadas en el culo. Casi lo rajo al negro Cabral, ese le daba duro, pero cebaba buenos mates y gracias a eso se quedó para después salvarme la vida… Disculpe, ¿Fuma, Simón?
B: - Oh, por favor, viene bien a esta hora. Uhh… Son buenos, ¿de donde los sacó?
S. M: - Me los regaló O`Higgins, en Chile. Los conservé para un momento como este. Usted sabe, como dije alguna vez, que podremos andar en pelotas y sin dinero, pero nunca nos faltará la carne y el tabaco. Cambiando de tema, Simón, mire lo que son las negras en el mar eh, ¡qué culos! ¡qué maravilla, Simón!
B: - Ni me lo diga, Don José, ni me lo diga…
S. M: - Usted tiene fama, eh.
B: - ¿De qué? ¡No me diga que entre los soldados se anda diciendo que soy maricón!
S. M: - No, Simón, por favor, ¡todo lo contrario!... Se dice que usted, bueno, ya sabe… cómo decirle… ¡bueno, que usted es terrible putañero!
B: - Je, je, ¡un brindis por eso!... Ah, menos mal, Don José, me había asustado… Pobre Belgrano, a ese sí que le hicieron fama de puto, y eso que se garchó a medio Virreinato del Río de La Plata…
S. M: - ¡Y fumaba como un hijo de puta! Si fue él quien quiso incentivar la producción de cáñamo, y no le dieron pelota… Claro, sabían que se la quería fumar toda. ¡Qué atorrante, eh!
B: - Don José, ¿esa negra viene para acá?
S. M: - Mierda, parece que si... Y está en pelotas. Mire qué tetas, por favor. Negras, redondas, ya me imagino mamándolas como Saavedra le chupó el culo a los españoles.
B: - Vamos, Don José, sáquelo…
S. M: - ¿Que saque qué?
B: - Usted ya sabe General, ¿o no es el “Santo de la Espada”?, je, je…
S. M: - Simón, ¿no le parece un tanto inapropiado?
B: - Mire, Don José, mi viejo me enseñó algo que nunca olvidaré. Cuando tenía 13 años me llevó a un prostíbulo de mis tierras y me dijo al oído: “ante la duda, pelar poronga”. Siempre le hice caso, y de ahí mi fama, ¿vio?...
S. M: - Shh, ahí viene, Simón, ahí viene…

Cuenta la historia que después de una ronda infinita de ron, tabaco y otras sustancias, la negra, llamada Chona, convenció a los dos generales para invitarlos a una fiesta por la noche. Allí mismo, emponzoñada por esas dos figuras enormes que eran San Martín y Bolívar, la nativa decidió llevarlos a una cueva cercana a la costa, y un jolgorio de pasión sexual y efervescente adrenalina se desató durante toda la madrugada hasta que los primeros amagues del sol se hicieron gambeta y chocaron contra las pupilas dilatadas de los tres hedonistas.
Algunos serios historiadores dicen que el desencuentro entre los dos grandes libertadores del continente se dio por diferencias políticas e ideológicas, y hasta muchos comentan que fue, en realidad, porque Bolívar negó la entrega de soldados al ejército de su tocayo. Lamento decepcionarlos, queridos amigos, pero la historia oficial cuenta con muchos profesionales del machismo que no han sabido darle a la mujer el verdadero lugar histórico que se merece. Sí, San Martín y Bolívar no volvieron a verse jamás por el amor que compartían hacia Chona.
Después de aquella noche de lujuria, los dos quedaron obnubilados ante semejante figura, y sus corazones, ennegrecidos tras duras y largas batallas, volvieron a latir al compás del ritmo del amor. Además, la siempre inseparable Remedios de Escalada se encontraba lejos y enferma. Chona, incapaz de elegir a uno de ellos y acostumbrada a despojarse de toda moralina, propuso quedarse con los dos, y así repetir eternas escenas de amor bajo el atardecer de las costas ecuatorianas.
Cuando todo parecía llegar a un acuerdo, de la mano de la mañana también llegó la sobriedad propia de la resaca. San Martín y Bolívar se miraron con infinito respeto durante unos segundos, sin siquiera balbucear una palabra. Al instante, y de forma casi imperceptible, bajaron las cabezas y cada uno comenzó a marchar hacia la dirección opuesta. Desde ese día, no se vieron nunca más. Los cerebros de los libertadores, aunque muy capaces, pecaron de occidentales.


Nota de los (i)rresponsables del Blog: el autor no goza de salud mental como para aseverar los datos expuestos en su artículo. Disculpen las molestias.

lunes, 17 de agosto de 2009

Noventa y dos años después: mucho Late y nunca un Nola

"...La industria perece por falta de mercados o de medios de comunicación, la minería está paralizada por la ausencia de todo género de garantías, la banca y el comercio han sido heridos de muerte, los campos están sin cultivo, los granos escasean, las cosechas faltan y el gobierno, que debiera buscar remedio a tanto mal, lo agrava y lo exacerba, convirtiéndose en monedero falso, en banquero fraudulento, en salteador de cajas de los particulares, en cómplice y solapador de estafadores y ladrones.

Mientras tanto, el hombre humilde, que ve subir todos los días los precios de los artículos de primera necesidad, que no tiene ahorro ni moneda metálica, a quien le falta el trabajo y a quien rechaza el comercio, el desprestigiado papel con que se les pagan sus jornales, se asoma al porvenir con desesperación y se pregunta con duda torturante, ¿qué llevará hoy a su pobre hogar, que dará de comer a sus hijos el día de mañana? ¡Y lo terrible, lo escandaloso, lo nunca visto es que todo esto es la obra de quienes se titulan gobernantes!.."



* Fragmento extraído de "Manifiesto al Pueblo Mexicano", desde el Cuartel General en Tlaltizapán, Morelos, el 20 de enero de 1917.



REFORMA, LIBERTAD, JUSTICIA Y LEY.
Emiliano Zapata

miércoles, 12 de agosto de 2009

Hombre Beta



Por Hernán Ortiz


“…Aprovechando la ausencia de Urquiza, que asistía en Santa Fe a la inauguración del Congreso Constituyente, el 11 de septiembre de 1853 estalló una revolución en Buenos Aires. El movimiento reclamaba la renuncia del gobierno y la nulidad del Acuerdo de San Nicolás, al tiempo que proclamó como gobernador al jefe del movimiento, Valentín Alsina. Pero casi simultáneamente, tropas federales que respondían a los intereses del Litoral sitiaron Buenos Aires exigiendo el cumplimiento del acuerdo.
El Congreso Constituyente finalmente pudo reunirse, sin contar con la presencia porteña. Las bases de Alberdi y el modelo de Constitución de Estados Unidos, sirvieron como puntos de partida en la redacción del texto final.
Ante la resistencia porteña, Urquiza decidió bloquear el puerto de Buenos Aires, pero cometió el error de poner al frente de la escuadra al coronel norteamericano John Halsted Coe. El Marino yanqui vendió la escuadra a Buenos Aires el 20 de julio de 1853 por 5000 onzas de oro y se terminó el bloqueo…” *


Me quité los anteojos –Pigna es un pelotudo, me dije a mí mismo- y los apoyé en la mesita de luz, junto a la base del velador. Había terminado el capítulo quince y no quería ni espiar el principio del dieciséis por miedo a caer en la tierna tentación constante de mi amante, por siempre eterna. Cerré los ojos y con mis dedos pulgar e índice apreté la parte superior de mi tabique, realizando con ellos un leve y agradable movimiento de arriba hacia abajo. Abrí los ojos y parpadee algunas veces: estaba somnoliento. Me disponía a acomodar la cabeza en la almohada mientras pensaba:

- Ya desde 1853 nos cagaban estos yanquis hijos de puta. Tomamos su modelo de Constitución, y después, ¡Je! ¡Los brasileros entran a Buenos Aires de la mano de Urquiza! ¡Entrerriano cagón, traidor y antinacionalista de mierda! Para mí que este las quería todas para él, como todos estos corruptos…

Bostecé. Me dormí. Al día siguiente luego de bañarme y desayunar, salí con la barba bien prolija, como corresponde; abalanzábame junto a mis hermanos (tan inocentes, románticos y neoliberales) en medio de esa gran marea negra de corbatas y maletines, en busca de héroes, genocidas y traidores editados en oros finos y flexibles. Para las noches dejaba entonces, los escasos momentos de alimentar aquellas deterioradas y joviales utopías adolescentes, tan expuestas como excitadas, tan longevas como acechadas por una parca peculiarmente rechoncha. Vergonzosamente, aquel proceso involutivo se me hacía cada vez más cómodo y familiar: mi vida comenzaba a estructurarse, como todas las demás. Mientras, Justo José de Urquiza, ensangrentado, continuaba buscando su pistola en el dormitorio del Palacio de San José.



* Fragmento extraído de “Biografía de Justo José de Urquiza” (1801 - 1870) de Felipe Pigna.

Mi propuesta por los pibes de Cromagnon



Por Julieta Abramovicz


Paz, amor y rock. Así me titularon en el egreso de 7° grado a la secundaria con una banda de papel crepé. La cuestión es que dicho titulo quedó en mi corazón el cual rompieron el nefasto treinta de diciembre, y seguirá así hasta no curarlo de raíz. A fines de junio y principios de julio 2009 según los psiquiatras tuve un "brote psicótico", según mi psicóloga una crisis. Ustedes compañeros llámenle como quieran, pero yo tuve una visión de paz, amor y rock, después de pasar tres días en el único parque que Ibarra no enrejó del todo: Parque Lezama.

Y ahí me encontraron súper anárquica y enojada con el mundo. De aquí mi propuesta luego de pasar por el neuropsiquiátrico Torcuato de Alvear y luego a una clínica privada "Dharma", dos semanas adentro me tuvieron y ahora estoy medicada pero volviendo a la propuesta: yo propongo hacer asamblea de arte en el anfiteatro del parque, para demostrar que no somos cromagnones y que si queremos asamblea la tenemos, y si queremos pintar pintamos, si queremos rock lo hacemos, si queremos murgas las llamamos. En definitiva (esto es cosa un poco mía por seguir el calendario maya) propongo hacer en algún lugar del parque un fuego sagrado y bien cuidado que libere a nuestros pollitos, hermanos, amigos y sobre todo hijos, junto con el arte y diversión que es lo que ellos buscan y todos nosotros buscamos, me parece.

Fiesta libre, arte y libertad de expresión sin rejas, ni puertas, ni cochinos techos de media sombra sino que fiesta y petición de unidad entre hermanos sin mas techo que el cielo de estrellas que es de los pibes y parque para festejar por siempre su liberación...Por eso repito.


Paz, amor y rock.


PD: tenemos anfiteatro, tenemos parque, corazón, sabiduría y mucho por expresar, entonces ¿Que esperamos para la verdadera demostración de paz, amor y rock?