domingo, 8 de noviembre de 2009

BESTia


"Una vez dejé el alcohol y las mujeres. Pero fueron los peores 20 minutos de mi vida".


George Best

lunes, 2 de noviembre de 2009

Pedagogía del oprimido

Paulo Freire
"Son los que oprimen, quienes instauran la violencia; aquellos que explotan, los que no reconocen en los otros y no los oprimidos, los explotados, los que no son reconocidos como otro por quienes los oprimen.
Quienes instauran el terror no son los débiles, no son aquellos que a él se encuentran sometidos sino los violentos, quienes, con su poder, crean la situación concreta en la que se generan los "abandonados de la vida", los desharrapados del mundo.
Quien instaura la tiranía no son los tiranizados, sino los tiranos.
Quien instaura el odio no son los odiados, sino los que odian primero.
Quien instaura la negación de los hombres no son aquellos que fueron despojados de su humanidad, sino aquellos que se la negaron, negando también la suya.
Quien instaura la fuerza no son los que enflaquecieron bajo la robustez de los fuertes, sino los fuertes que los debilitaron."

domingo, 1 de noviembre de 2009

Caja de recuerdos

Parece que estoy obligado a escribir una canción,
Aunque no quiero, aunque me escapo,
Todo me lo pide; el cuerpo y el corazón.

Una obligada parada en la estación de los recuerdos,
Una voz, una mirada, una foto que no se va,
Llamas que nunca se van a apagar.

Respiro una bocanada de su perfume otra vez,
La mirada de mi perro me enseña a donde ir,
Mientras, otros dicen que el show debe continuar.

Me refugio en donde creo existir:
El alcohol, el faso, las putas, la luna,
Todas excusas vulgares para no sentir.

En el cajón de los recuerdos,
Entre cenizas te vas a hacer canción,
No hay olvido si hay amor,
No hay venenos que no vengan del corazón.

Una forma de no sentir la realidad,
Aunque la ponzoña siempre te alcanza a besar,
Son los restos de unos labios sin mar.

Lágrimas acumuladas que se vuelven vapor,
El sabio tiempo nada lo cura, todo lo omite,
Algunos callan, otros ríen para la ocasión.

Tus sonrisas bajo historias de antaño,
Los libros, el café, la birra después,
Siempre quedamos con esa sensación de no sé qué…

Quizás haya una nueva forma de pensar,
De interpretar la vida sin excusas,
¿O acaso pretendemos la inmortalidad?

En el cajón de los recuerdos,
Entre cenizas te vas a hacer canción,
No hay olvido si hay amor,
No hay venenos que no vengan del corazón.

miércoles, 28 de octubre de 2009

La noble igualdad

Por Osvaldo Bayer
Recorrer la sociedad. Ver los rostros. Visitar los lugares de la lucha por la dignidad de la persona humana frente a la defensa de los intereses particulares. Una telaraña infinita de desacuerdos, intereses, protestas de los que ven pronto su bolsillo vacío y los ojos de los niños que esperan. Búsquedas. Intercambio de sonrisas de los del verdadero poder ante sus márgenes cada vez más interesantes. La palabra “ganancias”. Los filósofos que limpian sus lentes cada vez empañados.De pronto, un maestro me alcanza un sobre. Una invitación de la Escuela Media Nº 7 de Berazategui a la imposición de nombre a esa escuela. Por el voto de los docentes, de los padres, de los alumnos y de los no docentes, se bautiza a ese centro de educación con el nombre de Ernesto “Che” Guevara. Nada menos. Algo está pasando, me digo. La gente está perdiendo el miedo. No votaron nombres como antes, para no ser sospechados de nada, quedar bien y mirar hacia adelante. Los clásicos, Bartolomé Mitre o Julio Argentino Roca o Perito Moreno o por trigésima vez Domingo Faustino Sarmiento. Nos relatan que ese colegio no tenía nombre y hace quince años se hizo la votación y fue elegido también el Che como nombre. Pero las autoridades superiores no lo permitieron. Tres lustros después se insistió y, esta vez sí, el responsable del ministerio puso la firma, aceptando la voluntad popular. Bueno, estamos aprendiendo algo de lo que se llama democracia, justamente allí, donde se enseña a las generaciones venideras. Los otros dos nombres más votados fueron el de Rodolfo Walsh y el de Azucena Villaflor, la primera Madre de Plaza de Mayo asesinada por los dictadores de uniforme. Es decir, tres nombres de quienes ofrecieron su vida por una nueva sociedad y no por un mejor bolsillo propio.Y sí, algo pasa en esta aldea argentina donde están los de siempre, aquellos que no se rinden. Al día siguiente me tocó estar en Azul; allá, en medio de esas pampas increíbles de verdes y estrellas. Me esperaban en la Escuela Nº 503. Se hacía una reunión plena de público, niños, educadores, músicos. El director, Jorge Meza, explicó que el instituto de enseñanza se llama, por supuesto, Julio Argentino Roca, nombre impuesto por la dictadura militar de desaparición de personas, por resolución del ministro de Educación de 1979, general Ovidio Solari. Una escuela de educación especial, de niños con problemas de desarrollo mental. Justamente para ella el nombre de un genocida, cuyo única meta fue “Muerte y Propiedad”. Y lo más hermoso del acto fue cuando esos niños alumnos, que parecieran vivir en un mundo de sueños, interpretaron con instrumentos de percusión danzas criollas que incitaron a todos a mover sus cuerpos al compás. Y luego con los mismos sonidos imitaron a una murga carnavalera. Ahí estaba la vida, contra el nombre de un genocida impuesto por una dictadura genocida. Esos niños que viven en otra esfera, con sus bocas siempre sonrientes, le decían sí a la vida con su música y sus movimientos. Era como un arroyo de esos que rompe la montaña y se lanza al aire en saltos de espumas y gotas. La vida. Y luego se abrieron las urnas, para votar por un nuevo nombre para la escuela. Sí, estoy seguro que esos votos van a ser verdaderas semillas. Y que surja de allí un nombre de los que lucharon por algo, como escribía aquel increíble Esteban Echeverría en 1837: “Asociación, progreso, libertad, igualdad, fraternidad, términos correlativos de la gran síntesis social y humanitaria, símbolos divinos del venturoso porvenir de los pueblos de la humanidad. La libertad no puede realizarse sino por medio de la igualdad, y la igualdad sin el auxilio de la asociación o del concurso de todas las fuerzas individuales encaminadas a un objeto, indefinido: el progreso continuo. El camino para llegar a la libertad es la igualdad. La igualdad y la libertad son los principios engendradores de la democracia”.Luego, siempre en busca del ejemplo de los que no se rinden, visité la cárcel del Partido de San Martín. El pabellón de los jóvenes presos “comunes”. Me invitaron esos presos para presentarme algo que han creado ellos mismos: una biblioteca. Me hacen pasar. Ojos sonrientes llenos de vida. Me dan la mano y me empiezan a mostrar los libros que van coleccionando. Me sorprende la seriedad con que me abordan. Uno me dice, con tono convencido y esperanzado: “Queremos leer, estudiar, pensar sobre nuestros errores cometidos para con la sociedad, pero no dejarnos aplastar por el recuerdo de esos errores sino prepararnos para ayudar a la sociedad que encontraremos a nuestra salida. Queremos aprender lo que no pudimos en nuestra vida anterior y sumarnos a la sociedad para ayudarla”. Los otros asienten. Me dan ganas de aplaudir con entusiasmo. Pero guardo silencio y miro al próximo como para invitarlo a hablar. Sigue el diálogo. Me muestran los libros, que van clasificando. Libros que antes jamás habían tenido en sus manos. Y ahora sí, en la cárcel.Me despido. Pienso en la sociedad, en todos sus matices, como mosaicos, todo tan increíblemente distinto, sus búsquedas. Los que ordenan, los que sueñan, los que buscan, los que impiden, reprimen, sojuzgan. Pienso en los niños de las villas miseria. Se abren el camino en las tinieblas, no todos. Algunos terminan ahí. Otros se recuperan coleccionando libros en la cárcel. Dentro de cinco, seis, diez años saldrán. ¿Cómo los recibirá la sociedad? Mientras tanto habrán viajado con esos libros por mundos que tal vez intenten fundar cuando se les abran las puertas con rejas hacia la libertad.Abro los diarios. Veo las fotos de Terrabusi. Policías a caballo con largos látigos. Los obreros y obreras arrinconados. ¿Quién ordenó el látigo? ¿Cómo se llama el policía que pegó? Pegaron a obreros que dan formas a masitas para niños. No, me digo, de pura impotencia, vuelvo a la cárcel para hablar de libros con los jóvenes bibliotecarios. ¿Dónde está la razón, dónde está la búsqueda?Acabo de oír por la radio la voz de un ejecutivo de la ex Terrabusi que se enorgullece de las ganancias que entran mensualmente en las arcas de la empresa en todo el mundo. Como para decirnos: somos los mejores y no nos vamos a dejar doblegar. Miles de millones al año. Veo su imagen en televisión. Sonríe, convencido de que allí está la verdadera vida. Que son los mejores. Ganar. Los policías, con cascos y látigos, arremeten. Veo a dos obreras correr desesperadamente. Las masitas Terrabusi de antes. ¿Quién dio la orden a la policía? Alguna vez se va a saber. Siempre ocurre así. Lo hemos visto en la historia del movimiento obrero. Aquellos que empezaron a luchar por las ocho horas de trabajo y que fueron denigrados como agitadores, saboteadores y otras palabras, sus nombres quedaron sin embargo en la historia de la lucha por la dignidad. De los represores, nada, salvo eso: que fueron nada más que represores del derecho. La firma Kraft debe saber que sólo el diálogo y la mano abierta para la solución la pueden llevar a ser considerada en el mundo del trabajo como digna. Si gana tanto, vuelque un poco más en las manos que dan forma a sus productos. En el egoísmo hay una secuela que no se puede curar: el odio.Lo mismo me ocurrió cuando fui a visitar en Quilmes a los trabajadores de la Cooperativa Textil Quilmes, quienes fueron desalojados en agosto del edificio de la ex empresa Filobel, luego Febatex y por último Filobelt. Desde ese momento, los hombres y las mujeres del trabajo acamparon en las afueras del establecimiento. Allí están: sufriendo las inclemencias del tiempo y todas las humillaciones que representan no poder trabajar en su oficio y en su cooperativa, la forma más democrática para trabajar. La empresa, en octubre de 2008, despidió a 120 operarios, dejando en planta sólo a diez. Pero a los despedidos no les abonaron las indemnizaciones. Entonces éstos, con total sentido del verdadero derecho a trabajar, ocuparon la fábrica y fundaron una cooperativa, imitando el claro ejemplo de Zanon, que demostró como cooperativa ser superior en producción y en fuente de trabajo a los antiguos empresarios. Pero el juez Vendola y el fiscal Saizar ordenaron el desalojo de la fábrica. En vez de favorecer al trabajo, favorecieron la desocupación y la malignidad empresaria, que ni siquiera cumplió con el pago de las indemnizaciones. Pero los trabajadores no se rinden. Allí están, contra viento y marea. Los representantes del pueblo de Quilmes tienen que intervenir. Se trata de una fuente de trabajo y de trabajadores que quieren mantener a sus familias. No se les puede negar ese derecho indiscutible. Primero el trabajo y después la pequeñez de discutir si el empresario que no paga sigue teniendo todos los derechos de cerrar la puerta y mandarse mudar.Allí están los obreros. La sociedad les impide trabajar y cumplir con sus ideales de una cooperativa de trabajo. Los representantes del pueblo se callan la boca. La Justicia envía a la policía como única solución. El empresario sonríe detrás de la cortina de un restaurante de lujo. La otra Argentina, no aquella del pensamiento de Mayo de 1810. Aquella que quiere seguir cantando el Himno: “Ved en trono a la noble igualdad”. La noble igualdad. Libertad, libertad, libertad.

martes, 20 de octubre de 2009

La Liga siempre llama tres veces

Por Enrique Vila Matas
Pocas veces se ha hablado tanto de fútbol y, al mismo tiempo, se ha hablado tan poco. Salvo unos cuantos estudiosos como Guardiola o algunos fanáticos, ya casi nadie habla específicamente de fútbol, sino de cuestiones más bien extradeportivas. Es una fatalidad de los tiempos y sucede en las mejores familias. En el mundo de la poesía, por ejemplo, no se habla de poesía, sino de los premios Loewe, y eso a pesar de que, como decía Wallace Stevens, la poesía es el tema del poema.
El fútbol puede hacer más soportable el tedio de lo humano, quizás porque sabe poner en práctica sobre los rectángulos de juego las estrategias tácticas más entretenidas. Tal vez por eso aún resulta más difícil comprender que hoy en día interese más lo que sucede fuera de los terrenos de juego que dentro. Interesa más, por ejemplo, el filo del canalón del sonámbulo Laporta que la poderosa ciencia futbolística que despliega actualmente el Barça.
Y lo peor es que ni siquiera hemos tocado fondo en esa cháchara demencial futbolera, un parloteo que se extiende en todas las direcciones y se persona cada día con mayor insolencia tanto en carcajeantes informativos como en las retransmisiones de partidos de fútbol por televisión. No hay forma (en TVE-1, con Zubizarreta de comentarista, son la excepción) de que nos digan con una cierta sobriedad qué sucede sobre el rectángulo de juego, qué jugadores intervienen en aquel momento o, como mínimo, tal como todavía es posible en la BBC, nos dejen oír el sonido ambiente, la ilusión abstemia de estar en el campo. Hablan todo el rato de estadísticas, de goles marcados en el siglo pasado, de la programación tan cutre de su canal, del asiento de la Bernarda, hablan de todo salvo de la jugada. Y así no es extraño comprobar, partido a partido, cómo un equipo trenza una jugada interesante y se acerca a la portería contraria y los espumosos locutores siguen perorando sobre el fracaso olímpico de Madrid, hablando de cualquier cosa menos del partido, de modo que cuando llega el gol les pilla en pleno éxtasis de copa y puro y pasan a mostrar su estupor ante las extrañas consecuencias de una jugada que simplemente no han visto y que parecen pedirnos que les expliquemos.
"Ser líder a falta de 32 jornadas es una ventaja inútil", respondió Guardiola un día antes de jugar contra el Almería y ante la posibilidad de que el Madrid, al enfrentarse al Sevilla, pudiera mostrar sus puntos débiles. Apenas fue escuchado porque todo el mundo andaba en ese momento preocupándose del vértigo profesional de Laporta. El Almería se presentó con una estrategia más antigua que el cerrojo que practicara en los años cincuenta la Real Sociedad, precursor del catenaccio. Lo sorprendente fue que no cesó de recibir elogios la táctica de Hugo Sánchez. Sin embargo, vi el partido en un canal de la televisión colombiana y allí, como eran neutrales, no cesaban de advertir que el Almería no jugaba al fútbol.
En cualquier caso, fue interesante ver cómo el entrenador barcelonista contrarrestaba sobre la marcha el obsesivo cerrojo rival. Para lo bueno y para lo malo, destacó Pedro-Pedrito-Pedro, el nuevo invento de Guardiola. "El Almería nos ha tomado la medida, pero Pep hizo una lectura adecuada del partido", declaró Laporta. Y observé que, una vez más, nadie le preguntaba, por ejemplo, si admira verdaderamente a Guardiola o, en el fondo, más bien le da dentera y desearía su perdición porque lo detesta.
Los jugadores que Guardiola descubre, llegan en el Sevilla de la mano del sagaz Monchi. Los Busquets y Pedro del Sevilla se llaman este año Konko, Zokora y Perotti. Son la cantera -en este caso, extranjera- que se saca cada año de la manga el intuitivo manager sevillano. Gracias a Monchi quizás aún nos podamos divertir en este Liga. El Madrid no se molestó este año en completar su plantilla y olvidó fichar un central y un defensa izquierdo. Aunque todo el mundo lo vio en la pretemporada, se pensó que Cristiano Ronaldo, Benzema y Kaká lo arreglarían todo. Pero Kaká, por ejemplo, se arruga en los frentes más bélicos. Y a Benzema le estorba Raúl. Con todo, como ya dijo Guardiola, ser líder a estas alturas de la Liga es pura anécdota. Nos divertiremos. Parecía todo destinado para la monótona carrera de los dos grandes, pero con un poco de suerte Konko y Zokora animarán el baile y una vez más volverá a producirse ese discreto fenómeno que se repite año tras año y que en tantas ocasiones casi nos pasa inadvertido: en algún momento de su recorrido, la Liga siempre llama tres veces.

miércoles, 14 de octubre de 2009

Cosas que a la gente no le interesan

Por M. A.
Si salgo con una chica a tomar una cerveza, la trato como si fuese inferior y luego la asesino, después de 517 años nadie va a recordar impunemente eso como un "encuentro", sino como un aberrante asesinato. Ahora, ¿por qué no sucede lo mismo con el "descubrimiento de América"?

lunes, 14 de septiembre de 2009

Sorpresas

Por M. A.
Llegamos a la casa de Santiago excitados. Tocamos el timbre, esperando por su salida, mientras hablábamos sobre el boliche al que arribaríamos en pocas horas.
La medianoche se aproximaba con severa inmensidad. La luna cubría una mínima parte del oscuro paisaje violáceo del cielo, pero con su luminosidad alumbraba las calles de todo ese barrio decaído. Hacía largo tiempo que no éramos tantos: diez, conté exactamente con los dedos de mis manos. Y todos hombres.
Santiago salió humedecido de una reciente ducha. Estaba radiante, espléndido, recién afeitado, perfumado. Abrió la puerta con inseguridad, entre una risa tímida y una mueca desconfiada. Cuando lo saludé, le palmeé la nuca, y pude comprobar que tenía el cabello suave como nunca. También parecía haberse pintado los labios, por lo que todos nos burlábamos de él.
Podíamos esperar cualquier cosa de Santiago: una noche, pasado de alcohol y otras sustancias, repartió besos en la boca de todos los integrantes del grupo de amigos, sin distinguir edad, color ni, principalmente, sexo. En otra salida, más precisamente en una reunión entre amigos y amigas del secundario, surgió un tópico sobre “los hombres más lindos de la división”. Como era de esperarse, sólo las chicas del curso discutían sobre los pocos privilegiados que se destacaban en medio de esa superficial conversación. Nosotros, ajenos a la situación (pero sin perder de vista ningún comentario), escuchábamos un tanto más lejos, mientras saboreábamos dos grandes de mozzarella con jamón y morrones. Inesperadamente, Santiago se paró de su lugar, levantó la mano y, otra vez con algunas copas encima, afirmó con voz suave y aguda: “Para mí, lejos, el más fachero es Hernán”. No lo dijo con pretensiones amorosas ni mucho menos, pero quedó marcada como una de las ocurrencias más salientes (y reveladoras, por qué no) del grupo de amigos.
Ingresamos a la casa de Santiago entre golpes, gritos desaforados y chistes malísimos. Alguna que otra adolescente tocada de culo, también. Abrimos las cervezas que traíamos con nosotros y empezamos a beber algunos tragos para calmar la ansiedad. Debíamos esperar por la llegada de algunos amigos más, para luego partir hacia el boliche.
El boliche que esperaba por nosotros nos resultaba desconocido. Algunos habíamos ido en pocas y circunstanciales ocasiones, pero la mayoría no recordaba qué ni cómo era ese lugar, seguramente acosados por la continuada ingesta de alcohol que habían sufrido nuestro cuerpo y nuestro cerebro en aquellos días. Sin embargo, estábamos excitados por la información (de la que muchos desconfiábamos) que había llegado a nuestros oídos: hoy, sábado, noche de canilla libre.
Cuando ya éramos más de doce, decidimos huir de la casa de Santiago, atormentados por el humo de cigarrillo, la falta de alcohol (ya nos habíamos tomado todo), y una leve calentura corporal que en pocos minutos se transformaría en necesidad.
Fuimos a la parada del colectivo, otra vez entre gritos agudos y descargadores, incipientes peleas de barrio, chistes sexuales (de los que Santiago participaba con excelentes dramatizaciones) y tocadas de culo que se multiplicaban. No éramos un grupo de adolescentes homosexuales: preferíamos tocar nalgas duras y voluptuosas de mujeres increíbles, que seguramente aguardaban por nosotros en el desconocido boliche. Pero para eso deberíamos esperar.
Después de un viaje en colectivo que transitó entre guiños de ojos, tiradas de besos, más chistes sexuales y risas agotadoras, llegamos al boliche de la incertidumbre.
El lugar era imponente, casi medieval. Inmenso, ya que ocupaba más de media manzana. Un gran operativo se había montado en la entrada del boliche: dos patrulleros de policía estaban mal estacionados en la calle, algunos oficiales por ahí (trabajando o coimeando, quién sabe), musculosos patovicas vestidos completamente de negro, con ajustadas remeras que exageraban sus ya increíbles (e inalcanzables, para mí) músculos, handys por los que los encargados del boliche les indicaban quién ingresaba y quién no, pastillas de anabólicos que caían de sus bolsillos, y botas de gran suela que los elevaba hasta superar los dos metros. Sin embargo, tras esa fachada masculina, asomaban ciertos detalles que los delataban: alguno tenía un arito en la nariz, otro se excedía con la cantidad de gel con que se peinaba el cabello, y uno intentaba ocultar un indisimulable tatuaje de Miranda! que lucía en su hombro izquierdo, el cual quedaba al descubierto cada vez que el patovica flexionaba su brazo.
La noche prometía demasiado: yendo para la entrada del lugar ya nos habíamos cruzado con dos rubias de tremendos y redondos culos, pero que lamentablemente iban hacia otro boliche. Cuando me di vuelta una segunda vez para volver a admirar sus figuras, sentí un pellizcón, grité “¡ay!”, y descubrí quién era: Juncal me había tocado nuevamente la nalga derecha.
Seguíamos excitados, ahora más que nunca, al estar tan próximos a ese boliche que saciaría todas nuestras necesidades (naturales, sexuales, alcohólicas, fisiológicas también, drogadictas quizás).
Ya en la fila para ingresar, uno de los patovicas me miraba fulero. Como si yo le provocara algo: amor u odio, no podía descifrarlo. Pero, por conveniencia, prefería que sea amor. Así podría entrar al boliche, situación que en cada noche de salida era provocadora de nervios y angustias. Cuando llegó mi turno para el momento de la verdad, entre desconfianza e inseguridad, atiné a mirarlo y sonreí. Él, serio y con terrible cara de macho, habrá pensado que lo quise seducir:
- Documento – dijo con voz ronca.
Yo se lo entregué en mano, algo nervioso y dubitativo.
- Es viejo esto – aseguró él con desprecio.
- Si, es que el nuevo lo extravié – respondí con seguridad pero con tono entrecortado y vacilante. No quería volver a quedar afuera, no, otra vez no, en esta ocasión estaba sobrio, y tenía las zapatillas adecuadas. No había motivos para no pasar.
El tipo me llevaba una cabeza. La barba candado lo condenaba: era terrible garca, pensé. Observó el documento varias veces, miró la mayoría de sus páginas, examinó la foto con cara de asco, y afirmó:
- No podés pasar con esto.
Casi me largo a llorar. Mis amigos me observaban desde adentro: todos habían pasado sin problemas. Les hice una seña desde la calle, con rostro angustiado, un nudo en la garganta y los ojos lagrimosos. Ellos se acercaron. La inmensidad del patovica nos separaba. Les comenté la situación y uno de ellos se la jugó: Ezequiel, ex barman y conocedor de la noche como pocos, acercó su boca hasta uno de los oídos del represor patova y tiró un apellido: “Meta”, dijo entre susurros. El patovica cambió su cara; su barba candado parecía evaporarse. Una sensación de miedo invadió su ahora pálido rostro, sus afeitadas cejas se levantaron con sorpresa y, cambiando su grave tono de voz por uno mucho más agudo, casi de silbato, se excusó: “Perdón, perdón”, y me dejó pasar, dándome una palmada en la espalda. Yo lo observé con cara de odio, sin comprender demasiado. Él lo miró a Ezequiel, y completó entre risas nerviosas: “Mil disculpas… y no olvide mandarle un cordial saludo al señor Meta”.
Nosotros nos fuimos rápido del lugar donde estaban los patovicas (esos inescrupulosos dictadores de la actualidad, los represores del presente), entre puteadas y un leve enojo que se calmó después de que conseguimos las entradas que aseguraban nuestra dudosa información: “Noche de canilla libre”, decía con letra enorme en los tickets.
Entramos al lugar. El boliche estaba casi completo en su totalidad. Los pocos espacios libres que quedaban se encontraban vomitados o meados, por lo que la gente los esquivaba con dudosas e imprecisas gambetas.
Sin siquiera dudarlo, fuimos directamente a la barra, que encandilaba de tantas luces y colores extravagantes. Los muchachos que repartían tragos eran igual de machos que los patovicas: anabólicos por cada músculo de su cuerpo, aritos hasta en los lugares mas recónditos, más tatuajes de Miranda! o Aerosmith, pelitos parados y demás detalles.
En la barra tuve una interesante conversación con una chica y un chico californiano que esperaban por unos tragos, los que entendieron poco y nada de mi indígena inglés, pero parecían entretenidos. Sin embargo, decidí huir prontamente cuando noté que el muchacho me observaba con ojos cariñosos. Como si se tratara de una señal sobre lo que iba a ser esa noche.
Pedimos varias cervezas. Luego de beberlas, sacamos unos tragos que nos recomendó Ezequiel, conocedor de gustos alcohólicos si los hay. Al rato de ingerirlos, tomamos más cervezas, una ronda de tequila y finalizamos descorchando un champán que en pocos minutos se acabó.
Ya estábamos listos: un leve ardor sacudía nuestras gargantas, acosadas por la bebida y el cigarrillo, y nuestra conciencia iba dejando paso a los vagos efectos del alcohol.
Luego de satisfacer nuestras necesidades fisiológicas, salimos del baño abrazados, entre arengas y gritos ensordecedores (que asustaban a más de uno), aullidos y bramidos de lo más fenomenales, y en busca de una sola cosa: mujeres. Las imaginábamos, las deleitábamos antes de entrar al boliche. Ahora, pretendíamos degustarlas. Era hora de ir a arrasar, era hora de la cacería, de salir con la lanza a conquistar ninfas, pueblos, ciudades.
Nos dispersamos por la inmensidad del boliche en busca de nuestro objetivo. Generalmente, los efectos del alcohol hacían que la conquista se tornara más simple, mucho menos compleja. Sin preludios, yendo al grano directamente.
Después de un lapso continuado de recorrer el lugar sin buena fortuna, comenzamos a impacientarnos. ¿Dónde estaban las mujeres? Algunos decían que era temprano, otros atinaban a las estadísticas, argumentando que en Buenos Aires hay más hombres que mujeres (lo cual era falso), y muchos otros no se interesaban y continuaban en la búsqueda, ya no sólo de chicas, sino también de más tragos y bebidas.
Comencé a desconfiar. El paisaje era monótono, llano, insoportable: en la pista había hombres y más hombres que bailaban descontroladamente. Y más y más rostros masculinos se cruzaban en cada ida al baño, o en la misma barra, o en el sector VIP.
Me quedé apoyado sobre una baranda del piso de arriba, tomando una cerveza con Mariano y Julián, mientras hacíamos chistes para no angustiarnos, contemplando ese panorama barbudo y asexual para nosotros.
De pronto, saqué de mi bolsillo la entrada del boliche. La examiné, como buscando una explicación a semejante desilusión. Recorrí cada letra, cada número, cada color que había en ese ticket. En el papel predominaban los variados tonos del arcoiris. Y pude descubrir un tanto más abajo del precio, una mínima leyenda en claro color rosa: “GAY NIGHT”.
Claro, cómo no nos habíamos dado cuenta. Desde el piso de arriba comencé a observar todo el boliche: entre la pista, el sector VIP y otros rincones, habría más de dos mil personas. A ojo, saqué un discreto cálculo: mil quinientos hombres (en su mayoría, claramente homosexuales), cuatrocientos travestis y otra mínima cantidad de mujeres (que seguramente eran lesbianas, porque ni una me había mirado en toda la noche, aunque así fuesen heterosexuales tampoco lo hubiesen hecho).
Había para todos los gustos: viejos de más de cincuenta comiéndose la boca, adolescentes como nosotros entrelazados en sillones, apretándose sus partes más íntimas, mujeres arrasando entre sí… hasta un chino homosexual tiraba facha desde la barra cercana a los baños.
Todo se volvió desesperación cuando comprendimos la situación. Nuestras expectativas habían sido aborrecidas, devastadas. Ya no había objetivo, no había a quién conquistar, ningún objeto de deseo que nos comprometiera a seguir en ese lugar. Ya carecía de sentido nuestra permanencia en el boliche.
Con Ezequiel y Julián comenzamos a buscar a todos para avisar sobre la inminente retirada, hasta al mismísimo Mariano que por arte de magia había desaparecido.
Cuando por fin nos reunimos, les informamos de la situación, aunque muchos no le dieron importancia y continuaron su absurda búsqueda, tal vez convencidos de que se toparían con alguna mujer que no fuese una lujuriosa adepta sexual a sus pares femeninos o con algún travesti que no se asimilara en demasía al cinco de cualquier equipo de fútbol.
A lo lejos, entre cabezas de hombres y grandes pelucas color fucsia y amarillo, lo vimos llegar a Mariano. Tenía la boca paspada y dos chupones en el cuello. Venía sonriendo.
- Me comí dos minas… - dijo con mirada altanera y soberbia, y continuó: – No sabés como me dejaron… ¡Mirá!
Con Ezequiel nos miramos a la cara. Una breve sonrisa llena de malicia y satisfacción nos invadió por completo.
- ¿Estás seguro que eran minas? – preguntamos casi al mismo tiempo.
- Si, boludo… ¿qué van a ser?
- ¿No notaste nada raro? – dije yo, divagando entre la perversión y la envidia.
- No – respondió en seco, con enojo y orgullo.
- Cuando puedas andá al proctólogo, te lo recomiendo… aunque sea por control - dijo Ezequiel con su habitual ironía. Mariano no entendía nada, pero estaba feliz.
Hablamos un rato más sobre las caras que se asomaban en la pista de baile, tomamos unas cervezas por mero gusto alcohólico, y decidimos huir, antes que Mariano se tope con alguna otra “mujer”.
De los doce que habíamos ingresado al boliche, habíamos encontrado sólo a cuatro. Entre nosotros no estaban Juncal ni Santiago. Preferí no saber qué había ocurrido con ellos, pero me atemoricé cuando escuché hablar a dos viejos sobre un “túnel” que había en la parte más oscura del boliche, en el que ocurrían actos sexuales de lo más desagradables. También preferí no seguir escuchando (quizás para no tentarme).
Cuando estábamos por llegar a la salida, sentí una palmada en el culo, acompañada de unas uñas que me pellizcaron. No miré hacia atrás, solo sonreí y continué caminando. Es que seguro era Juncal. Le encantaba tocar culos, sea quién fuera. Ése era su saludo característico. Continué caminando un poco más, y volví a sentir un pellizcón, ahora más fuerte, que me provocó dolor. Sin embargo, sonreí y me di vuelta para putearlo cariñosamente. Pero no me encontré con Juncal, sino con una figura mucho más alta (pasaba el metro noventa claramente), con grandes pechos, cara estirada, labios carnosos de mujer, pero barba afeitada de hombre. Me resultó muy conocido: claro, era un famoso travesti de la televisión, sí, era él (o ella), el que bailaba en un programa de las nueve de la noche, con vestidos cortos y ajustados tremendamente provocativos, con el que yo soñaba que jamás se le escapara algo entre sus piernas porque ésa sería la desilusión mas grande de mi vida. Aunque en televisión parecía mucho más compacto y armonioso, en televisión era perfecto. Aunque en televisión, también, me resultaba inalcanzable.
Él se acercó hasta mi oído derecho (para eso tuvo que agacharse un poco), y me dijo sin vacilar:
- Vámonos para casa.
Me asusté. Casi tanto como cuando estuve a punto de quedar afuera del boliche. Mis amigos me observaban. Ezequiel me tomó de la mano e intentaba arrastrarme para huir de esa aberrante situación. Yo quedé postrado, inútil, estático, ante la mirada de esa gigante figura que desde siempre me había resultado imposible. Ahora la tenía aquí, entre mis manos, ofreciéndome una noche probablemente inigualable.
Ezequiel continuaba tirándome del brazo, ahora con la ayuda de Julián. Los dos hacían fuerza para frenar mi anhelo, para imposibilitar el deseo del que me podría arrepentir por el resto de mi vida. Yo continué contemplando al disfrazado de mujer, que tomaba un vaso de cerveza y sonreía, esperando mi respuesta. El alcohol me hacía dudar: sobrio seguramente hubiese esbozado un rotundo no, con desprecio y repugnancia. Pero él y su estampa utópica me lo hacían pensar. Qué piernas tenía, qué buen culo. ¿Cómo no era una mujer?
Entre Ezequiel, Mariano y Julián pudieron hacerme retroceder de un fuerte tirón. El famoso seguía mirándome, riéndose, como podía reírse cuando jugaba con un niño o un bebé. Antes de que pudiera despegarme totalmente de su cercanía, él se acercó hasta mi cuerpo y metió una tarjeta con su número de teléfono en uno de mis bolsillos. Yo sonreí con nervios y desaparecí de la escena con ayuda de mis amigos. Menos mal, hubiese sido una vergüenza. Ahora no sólo serían Juncal y Santiago los tildados de afeminados: yo también figuraría en esa negra lista.
- No, en serio, gracias muchachos. Me salvaron la vida – les dije a mis amigos cuando volvíamos en el colectivo a nuestras casas, ahora mucho más tranquilos después de esa incómoda y espeluznante situación.
Al día siguiente desperté tarde. Las nueve de la noche marcaba mi reloj, puntual para la cena. Sin embargo, no tenía hambre. Me sentía extraño, inexistente. Estaba extenuado: el rigor de la noche siempre traiciona. Pero calavera no chilla, dicen.
En calzoncillos, me acerqué hasta el sillón de mi habitación, donde había dejado el pantalón de jean que había usado la noche anterior. Comencé a vaciarlo. De sus bolsillos caían llaves, el celular, la billetera, la entrada maldita del boliche, papeles varios y una tarjeta. La tarjeta, de fondo blanco y letras negras, decía: “Carlos Rodolfo Chávez – Estrella de TV”, y un tanto más abajo, en fuente cursiva y sugestiva, aseguraba: “Nina”. Di vuelta la tarjeta y encontré un número telefónico, aparentemente de celular. Rápidamente, para calmar esa angustiante sensación de vacío, tomé el teléfono y comencé a marcar. Así, pese a cualquier tipo de consecuencia, decidí llamar al travesti para invitarlo a cenar.

martes, 1 de septiembre de 2009

"La ambición suele llevar a las personas a ejecutar los menesteres más viles; por eso, para trepar, se adopta la misma postura que para arrastrarse."

Jonathan Swift

jueves, 27 de agosto de 2009

Leonidas Guerrero (Drama en cuatro actos)


A veinte años de una guerra se encuentran, en una celda, dos hombres en situaciones disímiles: uno, Leónidas Guerrero, esta acusado; el otro, el doctor José Velez, está para defenderlo: es el defensor oficial. Este –como toda la generación de ambos- ha sido testigo de esa guerra: pero el primero la ha protagonizado. Lo ha hecho tan bien, que se ha merecido una medalla que pocos tienen y el reconocimiento leal del antiguo enemigo inglés. Ahora, se juzga si sus merecimientos son otros –quizás una condena- por un hecho que, al doctor Velez, no le interesa demasiado conocer, pero que defenderá con su habitual eficiencia.Es el diálogo infructuoso entre dos culturas, dos cosmovisiones.Leónidas Guerrero es una mirada distinta del sistema de premios y castigos, del sistema judicial, de las miserias y glorias de la vida y de la guerra. Y la guerra a la que le tocó asistir a estos hombres que andan por los cuarenta años, es la guerra de los días de nuestra temprana juventud para aquellos que éramos muy jóvenes en los años ochenta.


Ficha Técnica

Elenco: Leonardo Alcarraz Lores (Leónidas Guerrero) y Ricardo Faurix (Dr. José Velez, defensor oficial).
Autor y Director: Daniel Ortiz
Genero: Drama


Teatro La Ratonera (Av. Corrientes 5552, Capital Federal)
Funciones: sábados 12, 19, 26 de septiembre, 3 y 10 de octubre, a las 22:45 hs.


-Estreno el 12 de septiembre (22:45 hs.)-


De cómo el señor Mockinpott consiguió liberarse de sus padecimientos

Misterio es el trabajo, el matrimonio,
la salud, el dinero, hasta el ponerse
los zapatos; en todo está el demonio:
en moverse y, en fin, en no moverse.


La liberación de los padecimientos según Peter Weiss

El autor (1916 – 1982) a través de un recorrido de once breves cuadros nos presenta a modo de farsa, los sucesos inoportunos que el Sr. Mockinpott debe afrontar. Cada uno de ellos representan una institución y su funcionamiento: el sistema penitenciario y judicial, el matrimonio, el sistema laboral, el gobierno, la religión, etc. Al tratarse de una farsa, Weiss, confía el desarrollo de la historia a personajes “tipos”, es decir, aquellos que cumplen con un rol social, claramente definido, sin cuestionamiento moral sobre sus actos. Esto se encuentra estrechamente vinculado con las intenciones políticas, didácticas y estéticas del autor alemán. Debemos aclararlo, su teatro se encuentra enmarcado dentro del plano político y por fuera de los conflictos individuales. Como dramaturgo consideró expresar de manera clara su posición crítica frente a la realidad. Una realidad que va a funcionar como motor de toda su expresión.A diferencia de otras de sus producciones, “De cómo el Sr. Mockinpott consiguió liberarse de sus padecimientos”, no posee un sistema escénico de gran complejidad, los elementos esceno-plásticos aquí utilizados son fácilmente manipulables por los propios actores. El acento se encuentra puesto - y es aquí donde radica para nosotros uno de los mayores puntos de conexión con nuestro recorrido teatral – en el cuerpo. La poética se nutre por los permanentes cruces con el cine mudo, el circo y el mundo del clown.

Ficha técnico artística

Autoría: Peter Weiss
Actuan: Darío Bonheur, Anibal Brito, Tomás Buccella, Leando Cóccaro, Carola Frank, Marcelo Gamarra, Ana Laura Jose, Julian Lastra, Manuel Murillo, Norby Ramirez
Vestuario: Daniel Godoy
Escenografía: Leandro Cóccaro, Daniel Godoy, Gustavo Gabriel Sosa
Maquillaje: Belén Anseloni
Diseño de Luces: Daniel Godoy, Manuel Rincon
Música: Leando Bisogno
Diseño Gráfico: Anibal Brito, Leandro Cóccaro
Asistencia General: Franco Toscano
Puesta en Escena: Daniel Godoy
Dirección: Daniel Godoy

Teatro Liberarte
Av. Corrientes 1555 Capital Federal - Buenos Aires - Argentina
Teléfonos: 4375-2341
Web: http://www.liberarteteatro.com.ar
Entrada: $ 30,00 - Domingo - 21:00 hs - Hasta el 25/10/2009