jueves, 24 de julio de 2008

Lo absurdo de un tránsito en el ocaso de Circe (ironía, desvarío y antiescritura)

Por Cristian Mas
Escribíame una amiga; las batallas ganadas por la mujer en su anhelo de libertad encontró su paradoja en sus senos o en sus nalgas voluptuosas. Algo así como que ciertos atributos físicos terminaron siendo un murallón en donde yacían estampadas muchas histerias, gritos, ojeras, arrugas, lágrimas o voces roncas demandando un rol significativo dentro de la sociedad, reclamando derechos correspondientes y sobre todo, exigiendo mitigar a esa tiranía absorbente y limitadora de la falocracia.
Me causo una gracia particular leer esto. Inmediatamente la multitud de imágenes almacenadas en mi cabeza parecieron llamadas a reunirse en bullicioso tropel. El día mismo, con sus avenidas y sus lugares en donde mejor anochecer, fue el punto de encuentro obligado. Comencé en una estación de servicio, dando vueltas impunemente y sin excusas (auto no tengo). Acabé tomando whisky, con una libreta de anotaciones en manos mientras me circundaban tetas planetarias, piernas bruñidas o nalgas de almanaque en un lenocinio cualquiera, de esos que abundan en la noche del ningún lugar.
Acabé con un sosiego entre las piernas, sintiendo como si el instante fuese derritiéndose fríamente sobre mi sexo. Nuevamente liberé a mis ojos de la mano de un pensamiento cazador impúdico. La noche pasó una vez más.
En la opacidad de mi cuarto sentí alguna que otra incomodidad obstinada en perseguirme. Soy muy dócil ante esto. Salí. Caí en lo de mi amiga, cuya energía transfiguraba mi ánimo abatido de tanto absurdo.
Ocupamos largos minutos en acalorado y seductor debate acerca de la libertad femenina en tiempos actuales y esa conquista de espacio ( según ella, yo manifesté que esa conquista solo era una capitulación machista en donde no solo se evidenciaban ciertas estrategias dominantes aún vigentes, sino, que ahora, el verdadero triunfador era el erotismo, astutamente liberado por el hombre, arrollando viejos tabúes, empleado efectivamente para los más variados fines, entre ellos comerciales, y que el dominio del hombre se transformó: de ser de puertas hacia dentro pasó a una escala pública desenfadada que muchas mujeres no ignoran, pero conocen, a su vez, ciertos beneficios en todo esto. En fin, que no fue en verdad una capitulación, sino una ficción de lo mismo. Otorgarles ciertos espacios en donde no nos molesta su presencia. En todo caso, los lugares en donde mas bien nos agrada verlas, con sus modos, su gracia, su carne…) que es constante. Denostó mis objeciones con sonrisas bien desdeñosas, de esas que suelen dibujarle un porte aristócrata y suelen elevarla entre los refinamientos del rímel, el rojo intenso labial y la vulgaridad de mi fingida continencia caballeresca. Me dijo que estaba contenta, que había, por fin, conseguido un trabajo interesante (el locutorio, otro de esos lugares sucumbiendo ante la bruma de nuestro rechazo displicente, infatigable constructor de pasados condenados al olvido), que estaba que se desbordaba. Sonreía. Impugnaba a mi pesimismo lleno de callos, acostumbrado a rumiar amargas reflexiones incrustadas como venablos en sus nalgas. Yo, aún quejándome de la longitud de mi rutina laboral, triste, casi siempre como una eternidad oceánica, vacía, carente de experiencia, enemiga de la aventura. Yo, que perdía el cuerpo durante ocho horas diarias, y que después, al recuperarlo, este me rechazaba, no me servía, se encariñaba con ese otro que lo empleaba a gusto y cédame todas sus resacas. Ella reía más fuerte, como para que yo comprendiera el ridículo que hacía con estas palabras desesperadas.
Me recordó todos los momentos en que yo lo sometía a un enajenamiento forzoso por toda mi avidez de anti- rutina, nueva experiencia, vida, quizás, diversión, por ahí. Sosiego estúpido, finalmente.
Y yo continuaba con eso de que el cuerpo cada vez nos pertenece menos. Sólo porque ella había conseguido otro trabajo y no pedía dejar de pensar que esas tetas servirían para mucho más que para alimentar a un vástago.
Me fui, con el vacío cargado en mi plúmbea mochila. Con el sexo frustrado y la cabeza como dividida entre sinfonías atonales o discursos en mil lenguas simultáneas. La besé cerca de sus labios y le dije que en la próxima visita ya no hablaríamos. Me trató de machista. La traté de ingenua.
Quizás la quería. Quizás. Quizás andaba necesitando un alter-ego. Quizás. Fue ella la que empezó con esto de que las tetas o las nalgas eran objetos sensibles de sus cuerpos dispuestos a ser dominados. Fui yo quien extendió el tema más de lo debido.
Era yo el que le tenía ganas. Y le tenía ganas porque era un buen cuerpo, uno bueno de verdad.
Últimamente ando con sensaciones raras también: hay ladrillos que me miran, sillones que musitan palabras inextricables, plantas que me hacen gestos y siento que en cualquier momento contraigo matrimonio con un perchero. No me atrevo a restar importancia a los artefactos u objetos disponibles. A los inalcanzables los contemplo en su pedestal, creyéndolos distantes, solo disponibles en el momento en que sucede a la caída.
Creo estar obsesivo. A la mañana siguiente escribí en mi cuaderno unas palabras de Walter Benjamín referidas a lo mismo; “La liberación sexual de las mujeres bajo el capitalismo ha tenido ha tenido el efecto pesadillesco de “dejarlas libres” para convertirse en objetos sexuales (no en sujetos). Debe admitirse que las mujeres han colaborado activamente en este proceso. Si los hombres en la época burguesa tardía han sometido su capacidad de acción a las fuerzas ciegas de la suerte, entonces las mujeres, al igual que las prostitutas, han usado su capacidad de acción contra ellas mismas: hacen de sí mismas objetos…”. Todo dicho.
En el encuentro siguiente yo tenía encima algunas copas de más, lo cual raras veces me impide decir cosas coherentes (es común que estando sobrio se sea incoherente). Le pregunté si no se sentía observada en demasía. Dijo que no, así, de manera tan lacónica y desganada. Había en su cara unas facciones raras que nunca le había notado. La falta de maquillaje la ponía reveladora, como una veterana forjada en el trato con los truhanes más inmundos, con una dureza propia de lugares reos…
Mantenía en secreto su tan interesante nuevo trabajo. Soportó con recelo mis indagaciones tenaces, dispuestas a exasperar hasta a una estatua.
Fue esa noche en la que con toda imprudencia le dije que esperaba que alguien algún día la considerara como individuo. Me preguntó qué significaba ella para mí. Me enredé en un balbuceo temeroso excusándome en mi pesimismo. Solo dije que para el mundo disperso, nosotros somos objetos, indiferenciados, carentes de pensamientos, solo considerados por nuestra utilidad en algo, como un artefacto… Me hizo callar con un cachetazo a mitad de camino entre la ofuscación y la simpatía. Fue peor…. ahora creo que se compadeció de mi absurdo.
De nuevo me refugié en un antro plagado de melancólicos y putas amistosas interesadas en mi imagen retraída (qué consuelo pensar así de ingenuamente). Tuve sexo con una indiferencia absoluta. Sentí ganas de escribir durante todo el resto de la noche. Sentí ganas de retratarme en un laberinto de cosas, desesperado, queriendo existir, pero también divorciarme de la existencia. Nunca me subordiné del todo a la idea de la unidad entre el individuo anhelante y el mundo. Sin embargo, quizás tratando de distanciarme de esta alienación que a todos afecta con una intensidad variable y que, al ser parte de la existencia misma de uno, es decir, de uno como parte de una realidad que acaba realizándolo éticamente, he buscado una realidad más allá de la realidad en diversas cosas. Necesariamente, lo concreto me hace tomar partido aunque luche por esas nimiedades que a mí me resultan intrascendentes. He buscado una inmensidad en lo profundo de lo pequeño.
Pero seguía con ese problema. La falocracia vigente y el velo que cubría la mirada de muchas mujeres. La libertad femenina o el advenimiento celebrado del objeto erótico.
El triunfo del erotismo materializado, comerciable, destinado a un único consumidor potencial que se conduce guiado por su falo hambriento. Carajo. Debo estar muy solo.
Debo estar muy ansioso de cambio, de transformaciones sonoras, de revoluciones o tan solo de aventuras.
No. Estoy hartamente aburrido. Pienso, luego existo. Existo, luego siento. Siento. Veo. Reniego. El tiempo pasa sin pertenecernos.
Me visitaron una noche. Visita inesperada y agradable. Visita dispuesta al vaho licorero y al humo que hacía columnas inútiles en la distancia de nuestras bocas. Me quiso. La deseé. Por momentos intentamos justificar el tiempo perdido resumiendo años de paseo por la mediocridad del tedium vitae. Me tuvo entre sus manos. Me redujo entre sus piernas. Oh, han pasado tantos años, dear Caro, como andás. Mejor que vos, dice con su exhalación caliente.
En estos meses he aceptado el noviazgo, sí, como si cambiara esa música que suena olvidada allá lejos o como si volviera a usar mi vieja remera de Led Zeppelin. Cosas, cosas, cosas de las que uno no puede desprenderse. El tiempo pasa sin pertenecernos. Las amistades se evaporan en un transito de vacío y muerte. La ciudad está llena de mujeres, chicas, viejas, nenas. EROTISMO. Camino con los ojos prendidos a la lujuria. Sí, Caro, vos también, solo que tu susceptibilidad es mas fuerte y yo ironizo con el rostro pálido como una luna.
Van meses con una obsesión mitigada. Los falos se entrechocan por la vereda, mirando al cielo, devorando carteles, gritando, observando. Las chicas más lindas de la calle sonríen con un rubor tentador. Las viejas tienen pantorrillas que asquean a los grilletes más severos, miran, murmuran, se entregan a una dependencia, se refugian en esa vetusta y crítica cosa llamada matrimonio. Para ellas el pasado es el tiempo verdadero, mientras la lujuria anida irrisoriamente en sus demacradas vaginas, dolorosa, expresándose en envidias desesperadas que se hacen en reprobaciones.
Las mujeres van ganando la calle. Hemos ganado. Brindemos, señores.
Mi novia dice que me ama allí donde se le pregunte (porque se le pregunta, debe ser muy difícil amarme). Me olvido de ciertas cosas. También por eso la quiero, pero ella no sabe que la semana que viene me caso con un perchero que aún no poseo. Penetramos la ciudad tranquilamente, riéndonos de cosas de las que solo nosotros nos reímos. Quizás ella me entiende. Ella sabe que mi absurdo renunció hace mucho, que la decepción es algo que ya no me pertenece porque vivo como si nada me viviera. Ni siquiera ella.
En cuanto a mi amiga, pasea por el tiempo, como yo tal vez, pensando que las casualidades son posibles, esparciendo su voz de teta que me llega como un eco. Ella que sabe que es un cuerpo y es feliz con esa condición simple cuando es obsecuente. Se ríe en la distancia de ese yo indómito, rebelde y decepcionado que solo pretendía recuperarse a sí mismo.
Soy un desocupado alimentándome de baldosas y caricias. No soy feliz, pero vivo en el día, en la noche, en un pequeño cuarto, en los lupanares del Bajo con olores cervezales. La ciudad es lo mismo de siempre; una elegancia abigarrada. Puros meandros vulgares y pretenciosos. Esa es la ciudad de mi existencia. Camino. Erosiono imágenes capturadas. Escribo como quien se desinfecta una herida.
Voy. Espérenme. No corran. Total no quedó nada.
Que aquel mulato siga tocando Round Mignight con su trompeta hecha de lágrimas secas. Que esa melodía sepa que ahora comparto mi soledad, para que vea que no soy ningún egoísta. Desde ya la invito a mi boda.
Sí, Caro, me casaré con el perchero para que veas que te quiero.
La libertad de la mujer es lo mismo que la superabundancia de mi libertad. Se lo digo a mi amiga en el puesto de diario de la estación Primera Junta. Ella que sabe que soy más diáfano cuando no me da el sol, que me agrada el escándalo del subte y su explosión de hormigas. Ella sabe como es mi libertad, sí. Sonríe desafiante en la tapa de la revista Paparazzi.
Está muy hermosa ¡La puta madre! No vendrá a mi boda. De todos modos le escribo.

lunes, 21 de julio de 2008

¿Le habrá pasado a Pepe Monje?


Por Hernán Ortiz
Fue aquella tarde cuando comencé a comprender mejor a mi tatarabuelo: Martín Alba. Teniente Martín Alba, quien supo batallar con valentía bajo las órdenes del capitán Julio Morosini y encontrar su muerte absurdamente en medio de un malón, durante la defensa del fuerte La Madrid en el transcurso de la “Campaña del Desierto”; valiente soldado, fiel patriota y partícipe de la famosa recuperación de los blancos de Villegas, ocasionalmente era tema de conversación en algunas reuniones familiares, pero muy a menudo se hacía presente en mi cabeza acompañado de sus historias.
Até con fuerza los cordones de mis converse, corroboré que mis pantalones se encontrasen bien apretados, me despeiné un poco más sin mirarme al espejo y le eché un último vistazo a mis padres, quienes sentados en la cocina me observaban discreta y angustiosamente; mi madre hizo un ademán de pararse pero mi padre, tomándola sutilmente de los hombros y sin mucho esfuerzo, se lo impidió.
Luego de subir y bajar tres veces las escaleras para corroborar si había cerrado bien la puerta (confieso que los nervios me jugaban una mala pasada), me detuve en el quinto o sexto escalón, tomé aire y casi corriendo salí del edificio. Solo en unos cuantos minutos, ya me encontraba arriba del transporte.
Me adelanté a una señora mayor (odio que abusando de su edad piensen que se llevan al mundo por delante), subí lentamente los tres escalones que separaban la calle del chofer y, con un aire despreocupado y quizá un poco pedante, le dije:

– HASTA EL SHOPPING DEL ABASTO.

Su pelada se volvió aún mas calva, su garganta regordeta se hinchó como el cuello de una paloma, y el color de su rostro desfiló por todos los tonos de amarillo conocidos. Todos los pasajeros callaron de golpe y giraron sus cabezas hacia mí. Hice un paneo general mirando presumidamente a los viajantes y me ubiqué en el medio del colectivo. Saqué mi celular del bolsillo y simulando escribir un mensaje de texto al son de mi absurdo movimiento de dedos, agudicé mis sentidos al máximo posible para investigar qué era lo que sucedía a mí alrededor. Rápidamente pude advertir un cierto nerviosismo en el ambiente rebotando por el interior del vehículo: “catarsisx2…catarsisx2…catarsisx2…catarsisx2” casi escuchaba retumbar en sus cabezas, incluso podía también oler el miedo que mal ocultaban al leer el legado de mi remera.
Distraído por mi contorno, desadvertí mi ubicación geográfica, arriesgando mi encuentro por un momento. Me dirigí hacia el fondo, toqué el timbre y miré desinteresadamente a mi derecha. Allí, sentada y con aquella cara de sufrida que tanto la caracterizaba, se encontraba la misma señora que intentó avasallar mi derecho a subir primero, escudándose bajo el valor moral de la “caballerosidad”. Me miró fijo a los ojos (me sorprendió su valentía) y al devolverle la mirada, bajó lentamente la suya con un aire desesperanzado y triste: su edad y la posible ingenuidad que experimentaba frente a los tiempos modernos, no fue obstáculo alguno para que pudiera comprender hacía donde me dirigía.
La avenida, como de costumbre, estaba repleta. Sin embargo, no me fue difícil encontrar a Manuel; avisté su cabellera desde la esquina y también él debe haber divisado la mía, porque casi simultáneamente nos dirigimos el uno al otro.
Disminuimos el paso hasta quedar frente a frente. Lo miré detenidamente, noté que respiraba agitado y me di cuenta que yo también lo hacía. Tan tensa era la situación y tantos pensamientos revoloteaban por nuestras mentes que hasta olvidamos saludarnos. Solo bastó un simple asentimiento con la cabeza y paralelamente nos acercamos al umbral.
Los colores azul eléctrico, rojo y violeta, entre otros, me cegaron por un momento. Cuando la luz se diluyó y el panorama fue mas claro, pude observar un grupo de al menos 50 personas, aunque a mi juzgar, parecía sólo una reflejada por mil espejos daltónicos. La gran mayoría vestía pantalones ajustados, tiradores negros colgando y, a todos, el flequillo les tapaba los ojos. Las mujeres tenían las uñas pintadas de un color bordó o rojo, y los ojos delineados de negro.
Cada dos o tres segundos interrumpían la conversación que mantenían y con un movimiento tan veloz que era casi imperceptible, aplastaban y le daban dirección a sus flequillos para algún costado, disparando a continuación una o dos veces el flash. Inmediatamente concluida la operación, retomaban sus actividades para, a los dos o tres segundos siguientes, repetir el acto anteriormente mencionado.
Comenzamos a estirarnos disimuladamente e intentábamos que alguno de aquellos tantos ojos se encontrara con los nuestros.
Nos vieron, sin duda que lo hicieron, pero en vez de mostrarse amenazados por nuestra presencia prefirieron ignorarnos.
A punto estaba ya de que mis tímpanos estallasen colisionados constantemente por una infinidad de “¡AH RE!” y “ES UN CAÑO”, cuando interrumpiendo bruscamente mi observación, Manuel se quebró. La indiferencia de la que éramos víctimas, era tan cruel y creíble que mi amigo, tal vez por impulso e impotencia, se decidió y dando un paso adelante gritó a la multitud:

- ¡AGUANTE CATARSISX2!… ¡VIVAN LOS BLOGS!

Todos detuvieron sus conversaciones al unísono y por primera vez desde nuestra llegada nos dirigieron la mirada. Allí estaban, serios y expectantes. Algunos que se encontraban sentados, se incorporaron. La turba comenzó a avanzar hacia nosotros. Estuve a punto de dar media vuelta y retroceder, tal vez hasta me echaría a correr, pero Manuel ya había dado un paso al frente y no podía dejarlo solo. La turba aceleró el paso, nosotros también, cada vez mas y mas rápido. El choque era inminente…

Mi tatarabuelo peleó en las áridas mesetas patagónicas, mientras que yo lo hago en la red; las balas fueron suplantadas por las teclas; aquellos harapos de tela que simulaban ser un uniforme, trocados por fibras de poliéster que exageran su color. Él entregó su vida defendiendo un fuerte, por la patria y por sus convicciones; ciento cuarenta años después, su tataranieto revive la historia avivando su pasado para que la llama de nuestra tradición no se apague y persista por varias generaciones más.
Volvimos con algunos rasguños y mechones menos, avergonzados, pero seguros de algo: YA ERAMOS HOMBRES. Al llegar a mi casa, mi padre me miraría a los ojos, sonreiría débilmente y con las pupilas brillosas me abrazaría con fuerza, despojando por completo al niño que hasta hace unas horas, supe ser.