
Por Hernán Ortiz
Fue aquella tarde cuando comencé a comprender mejor a mi tatarabuelo: Martín Alba. Teniente Martín Alba, quien supo batallar con valentía bajo las órdenes del capitán Julio Morosini y encontrar su muerte absurdamente en medio de un malón, durante la defensa del fuerte La Madrid en el transcurso de la “Campaña del Desierto”; valiente soldado, fiel patriota y partícipe de la famosa recuperación de los blancos de Villegas, ocasionalmente era tema de conversación en algunas reuniones familiares, pero muy a menudo se hacía presente en mi cabeza acompañado de sus historias.
Até con fuerza los cordones de mis converse, corroboré que mis pantalones se encontrasen bien apretados, me despeiné un poco más sin mirarme al espejo y le eché un último vistazo a mis padres, quienes sentados en la cocina me observaban discreta y angustiosamente; mi madre hizo un ademán de pararse pero mi padre, tomándola sutilmente de los hombros y sin mucho esfuerzo, se lo impidió.
Luego de subir y bajar tres veces las escaleras para corroborar si había cerrado bien la puerta (confieso que los nervios me jugaban una mala pasada), me detuve en el quinto o sexto escalón, tomé aire y casi corriendo salí del edificio. Solo en unos cuantos minutos, ya me encontraba arriba del transporte.
Me adelanté a una señora mayor (odio que abusando de su edad piensen que se llevan al mundo por delante), subí lentamente los tres escalones que separaban la calle del chofer y, con un aire despreocupado y quizá un poco pedante, le dije:
– HASTA EL SHOPPING DEL ABASTO.
Su pelada se volvió aún mas calva, su garganta regordeta se hinchó como el cuello de una paloma, y el color de su rostro desfiló por todos los tonos de amarillo conocidos. Todos los pasajeros callaron de golpe y giraron sus cabezas hacia mí. Hice un paneo general mirando presumidamente a los viajantes y me ubiqué en el medio del colectivo. Saqué mi celular del bolsillo y simulando escribir un mensaje de texto al son de mi absurdo movimiento de dedos, agudicé mis sentidos al máximo posible para investigar qué era lo que sucedía a mí alrededor. Rápidamente pude advertir un cierto nerviosismo en el ambiente rebotando por el interior del vehículo: “catarsisx2…catarsisx2…catarsisx2…catarsisx2” casi escuchaba retumbar en sus cabezas, incluso podía también oler el miedo que mal ocultaban al leer el legado de mi remera.
Distraído por mi contorno, desadvertí mi ubicación geográfica, arriesgando mi encuentro por un momento. Me dirigí hacia el fondo, toqué el timbre y miré desinteresadamente a mi derecha. Allí, sentada y con aquella cara de sufrida que tanto la caracterizaba, se encontraba la misma señora que intentó avasallar mi derecho a subir primero, escudándose bajo el valor moral de la “caballerosidad”. Me miró fijo a los ojos (me sorprendió su valentía) y al devolverle la mirada, bajó lentamente la suya con un aire desesperanzado y triste: su edad y la posible ingenuidad que experimentaba frente a los tiempos modernos, no fue obstáculo alguno para que pudiera comprender hacía donde me dirigía.
La avenida, como de costumbre, estaba repleta. Sin embargo, no me fue difícil encontrar a Manuel; avisté su cabellera desde la esquina y también él debe haber divisado la mía, porque casi simultáneamente nos dirigimos el uno al otro.
Disminuimos el paso hasta quedar frente a frente. Lo miré detenidamente, noté que respiraba agitado y me di cuenta que yo también lo hacía. Tan tensa era la situación y tantos pensamientos revoloteaban por nuestras mentes que hasta olvidamos saludarnos. Solo bastó un simple asentimiento con la cabeza y paralelamente nos acercamos al umbral.
Los colores azul eléctrico, rojo y violeta, entre otros, me cegaron por un momento. Cuando la luz se diluyó y el panorama fue mas claro, pude observar un grupo de al menos 50 personas, aunque a mi juzgar, parecía sólo una reflejada por mil espejos daltónicos. La gran mayoría vestía pantalones ajustados, tiradores negros colgando y, a todos, el flequillo les tapaba los ojos. Las mujeres tenían las uñas pintadas de un color bordó o rojo, y los ojos delineados de negro.
Cada dos o tres segundos interrumpían la conversación que mantenían y con un movimiento tan veloz que era casi imperceptible, aplastaban y le daban dirección a sus flequillos para algún costado, disparando a continuación una o dos veces el flash. Inmediatamente concluida la operación, retomaban sus actividades para, a los dos o tres segundos siguientes, repetir el acto anteriormente mencionado.
Comenzamos a estirarnos disimuladamente e intentábamos que alguno de aquellos tantos ojos se encontrara con los nuestros.
Nos vieron, sin duda que lo hicieron, pero en vez de mostrarse amenazados por nuestra presencia prefirieron ignorarnos.
A punto estaba ya de que mis tímpanos estallasen colisionados constantemente por una infinidad de “¡AH RE!” y “ES UN CAÑO”, cuando interrumpiendo bruscamente mi observación, Manuel se quebró. La indiferencia de la que éramos víctimas, era tan cruel y creíble que mi amigo, tal vez por impulso e impotencia, se decidió y dando un paso adelante gritó a la multitud:
- ¡AGUANTE CATARSISX2!… ¡VIVAN LOS BLOGS!
Todos detuvieron sus conversaciones al unísono y por primera vez desde nuestra llegada nos dirigieron la mirada. Allí estaban, serios y expectantes. Algunos que se encontraban sentados, se incorporaron. La turba comenzó a avanzar hacia nosotros. Estuve a punto de dar media vuelta y retroceder, tal vez hasta me echaría a correr, pero Manuel ya había dado un paso al frente y no podía dejarlo solo. La turba aceleró el paso, nosotros también, cada vez mas y mas rápido. El choque era inminente…
Mi tatarabuelo peleó en las áridas mesetas patagónicas, mientras que yo lo hago en la red; las balas fueron suplantadas por las teclas; aquellos harapos de tela que simulaban ser un uniforme, trocados por fibras de poliéster que exageran su color. Él entregó su vida defendiendo un fuerte, por la patria y por sus convicciones; ciento cuarenta años después, su tataranieto revive la historia avivando su pasado para que la llama de nuestra tradición no se apague y persista por varias generaciones más.
Volvimos con algunos rasguños y mechones menos, avergonzados, pero seguros de algo: YA ERAMOS HOMBRES. Al llegar a mi casa, mi padre me miraría a los ojos, sonreiría débilmente y con las pupilas brillosas me abrazaría con fuerza, despojando por completo al niño que hasta hace unas horas, supe ser.
Até con fuerza los cordones de mis converse, corroboré que mis pantalones se encontrasen bien apretados, me despeiné un poco más sin mirarme al espejo y le eché un último vistazo a mis padres, quienes sentados en la cocina me observaban discreta y angustiosamente; mi madre hizo un ademán de pararse pero mi padre, tomándola sutilmente de los hombros y sin mucho esfuerzo, se lo impidió.
Luego de subir y bajar tres veces las escaleras para corroborar si había cerrado bien la puerta (confieso que los nervios me jugaban una mala pasada), me detuve en el quinto o sexto escalón, tomé aire y casi corriendo salí del edificio. Solo en unos cuantos minutos, ya me encontraba arriba del transporte.
Me adelanté a una señora mayor (odio que abusando de su edad piensen que se llevan al mundo por delante), subí lentamente los tres escalones que separaban la calle del chofer y, con un aire despreocupado y quizá un poco pedante, le dije:
– HASTA EL SHOPPING DEL ABASTO.
Su pelada se volvió aún mas calva, su garganta regordeta se hinchó como el cuello de una paloma, y el color de su rostro desfiló por todos los tonos de amarillo conocidos. Todos los pasajeros callaron de golpe y giraron sus cabezas hacia mí. Hice un paneo general mirando presumidamente a los viajantes y me ubiqué en el medio del colectivo. Saqué mi celular del bolsillo y simulando escribir un mensaje de texto al son de mi absurdo movimiento de dedos, agudicé mis sentidos al máximo posible para investigar qué era lo que sucedía a mí alrededor. Rápidamente pude advertir un cierto nerviosismo en el ambiente rebotando por el interior del vehículo: “catarsisx2…catarsisx2…catarsisx2…catarsisx2” casi escuchaba retumbar en sus cabezas, incluso podía también oler el miedo que mal ocultaban al leer el legado de mi remera.
Distraído por mi contorno, desadvertí mi ubicación geográfica, arriesgando mi encuentro por un momento. Me dirigí hacia el fondo, toqué el timbre y miré desinteresadamente a mi derecha. Allí, sentada y con aquella cara de sufrida que tanto la caracterizaba, se encontraba la misma señora que intentó avasallar mi derecho a subir primero, escudándose bajo el valor moral de la “caballerosidad”. Me miró fijo a los ojos (me sorprendió su valentía) y al devolverle la mirada, bajó lentamente la suya con un aire desesperanzado y triste: su edad y la posible ingenuidad que experimentaba frente a los tiempos modernos, no fue obstáculo alguno para que pudiera comprender hacía donde me dirigía.
La avenida, como de costumbre, estaba repleta. Sin embargo, no me fue difícil encontrar a Manuel; avisté su cabellera desde la esquina y también él debe haber divisado la mía, porque casi simultáneamente nos dirigimos el uno al otro.
Disminuimos el paso hasta quedar frente a frente. Lo miré detenidamente, noté que respiraba agitado y me di cuenta que yo también lo hacía. Tan tensa era la situación y tantos pensamientos revoloteaban por nuestras mentes que hasta olvidamos saludarnos. Solo bastó un simple asentimiento con la cabeza y paralelamente nos acercamos al umbral.
Los colores azul eléctrico, rojo y violeta, entre otros, me cegaron por un momento. Cuando la luz se diluyó y el panorama fue mas claro, pude observar un grupo de al menos 50 personas, aunque a mi juzgar, parecía sólo una reflejada por mil espejos daltónicos. La gran mayoría vestía pantalones ajustados, tiradores negros colgando y, a todos, el flequillo les tapaba los ojos. Las mujeres tenían las uñas pintadas de un color bordó o rojo, y los ojos delineados de negro.
Cada dos o tres segundos interrumpían la conversación que mantenían y con un movimiento tan veloz que era casi imperceptible, aplastaban y le daban dirección a sus flequillos para algún costado, disparando a continuación una o dos veces el flash. Inmediatamente concluida la operación, retomaban sus actividades para, a los dos o tres segundos siguientes, repetir el acto anteriormente mencionado.
Comenzamos a estirarnos disimuladamente e intentábamos que alguno de aquellos tantos ojos se encontrara con los nuestros.
Nos vieron, sin duda que lo hicieron, pero en vez de mostrarse amenazados por nuestra presencia prefirieron ignorarnos.
A punto estaba ya de que mis tímpanos estallasen colisionados constantemente por una infinidad de “¡AH RE!” y “ES UN CAÑO”, cuando interrumpiendo bruscamente mi observación, Manuel se quebró. La indiferencia de la que éramos víctimas, era tan cruel y creíble que mi amigo, tal vez por impulso e impotencia, se decidió y dando un paso adelante gritó a la multitud:
- ¡AGUANTE CATARSISX2!… ¡VIVAN LOS BLOGS!
Todos detuvieron sus conversaciones al unísono y por primera vez desde nuestra llegada nos dirigieron la mirada. Allí estaban, serios y expectantes. Algunos que se encontraban sentados, se incorporaron. La turba comenzó a avanzar hacia nosotros. Estuve a punto de dar media vuelta y retroceder, tal vez hasta me echaría a correr, pero Manuel ya había dado un paso al frente y no podía dejarlo solo. La turba aceleró el paso, nosotros también, cada vez mas y mas rápido. El choque era inminente…
Mi tatarabuelo peleó en las áridas mesetas patagónicas, mientras que yo lo hago en la red; las balas fueron suplantadas por las teclas; aquellos harapos de tela que simulaban ser un uniforme, trocados por fibras de poliéster que exageran su color. Él entregó su vida defendiendo un fuerte, por la patria y por sus convicciones; ciento cuarenta años después, su tataranieto revive la historia avivando su pasado para que la llama de nuestra tradición no se apague y persista por varias generaciones más.
Volvimos con algunos rasguños y mechones menos, avergonzados, pero seguros de algo: YA ERAMOS HOMBRES. Al llegar a mi casa, mi padre me miraría a los ojos, sonreiría débilmente y con las pupilas brillosas me abrazaría con fuerza, despojando por completo al niño que hasta hace unas horas, supe ser.
2 comentarios:
Me lei todo, y la verdad que genero en mi algo que dicen generan esas personas que saben escribir , o mejor dicho saben llegarle a la gente. A cada parrafo que leia me interesaba mas...Nunca habia leido algo que hayas escrito asi que me alegro de que esta idea del blog me de esa oportunidad. Los felicito por la iniciativa, yo soy de los que creen que todo lo que pensamos y sentimos puede ( o deberia ) interesarle a alguien en este mundo asi que los felicito por animarse...y me seguire pasando por aca cada vez que pueda....
Un beso grande!!!!!!!!!!!!!!!
Nan: Sabes que te quiero un montonazo!
SUERTE!!!!
IRE
pibeeeee
me gusto ese cuento de los flogers jajajaa. yo los veo siempre en el abasto ¬¬, me voy por qedar encandilada.
segui con los cuentitos qe me hacen reir ^^.
te adoro pepo, sabes?
te dejo qe no me estoy sintiendo bien de nuevo.
nos estamos viendoo
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